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Nº
548 - 24 de marzo de 2003
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Hace unas semanas, el diario ABC se adentró editorialmente en la polémica suscitada en Francia sobre Le Monde. Como probablemente ya sepan mis amables y pacientes lectores de EL SIGLO, dos periodistas galos, Pierre Péan y Philippe Cohen, han escrito un libro titulado La cara oculta de Le Monde. El libro aludido se ha convertido en un formidable escándalo. Sus autores ponen a caer de un burro al tradicionalmente venerado Le Monde, un producto mediático insólito, consecuencia directa de la liberación de Francia en la II Guerra Mundial, impulsado por el general De Gaulle con el concurso de Hubert Beuve-Méry, un periodista que soñaba con un periódico independiente y que fue el fundador de este rotativo. Puso en marcha una sociedad de redactores-propietarios del diario, fórmula sin precedentes en la prensa mundial. El paso del tiempo obligó a introducir modificaciones en el capital de Le Monde. Así se llegó a la participación de los lectores en la sociedad editora del más prestigioso de los periódicos franceses y hasta europeos. Fue entonces cuando André Fontaine se hizo cargo de la dirección. Problemas financieros, incluso muy graves, han acompañado con frecuencia el singular recorrido de Le Monde. Quien ha sido más audaz a la hora de abrirse a otras empresas es el actual director general y hombre fuerte de ese periódico, Jean-Marie Colombani. Sus apuestas de contenidos como, por ejemplo, potenciar los deportes y, básicamente, el fútbol, transformándolos en elementos sobresalientes de la información, crearon fricciones y recelos entre los lectores más clásicos de tan sesudo vespertino. La sociedad de redactores, por otra parte, continúa reteniendo la mayoría de las acciones, pero Colombani ha dado pasos importantes, y discutibles, en el camino hacia una cierta heterodoxia en relación al estricto espíritu fundacional de Beuve-Méry, ya fallecido, y de sus colegas de los años 40. Colombani pretende constituir un holding mediático y en esa dirección ha encaminado sus pasos sin desdeñar compañeros de viaje económicos más cercanos, desde luego, a la llamada lógica del mercado que al romanticismo de la sociedad de redactores. Pero también conviene subrayar que ni Le Monde parece haber perdido un ápice de su calidad ni de su autonomía profesional ni de su línea de carácter progresista no sujeta a disciplina de partido. Y desde la óptica del saneamiento ha de resaltarse que, por ahora, no ha faltado el éxito de modo que han sido superados los antiguos contratiempos económicos, continúa subiendo la tirada y el periódico da la impresión que se encuentra más robusto que nunca. ¿Por qué han escrito Péan y Cohen el libro de la polémica? ¿Es verdad cuanto dicen? ¿Les mueve el resentimiento, la venganza o la ansiedad por triunfar plantando cara a uno de los iconos intocables del progresismo periodístico? Yo sería un arrogante si me atreviera a responder a tales interrogantes. Sería, sobre todo, un necio. No he tenido aún la oportunidad de leer el libro y desconozco con detalle los entresijos de semejante aventura. Mi instinto de viejo periodista, que tuve el honor de conocer a Beuve-Méry, aunque no en profundidad, durante una parte de mi exilio en Francia, me lleva a ponerme al lado de Le Monde en esta desagradable contienda. Seguro que Le Monde ha acumulado a lo largo de sus casi 60 años de historia errores mayúsculos. Uno de ellos precisamente era reconocido sin disimulo hace pocos días asumiendo que se había equivocado en una información económica por el afán de la primicia. La vida no es una película en blanco y negro, de buenos y malos, de ejes del mal y ejes del bien, como pretenden los simplificadores de la realidad, que son tipos peligrosos siempre, como se contempla de nuevo ahora con Bush y sus ayudantes. Por tanto, no hay que descartar a priori sombras y dudas sospechosas en determinados comportamientos de los actuales responsables máximos del rotativo. Sin embargo, condenar a Le Monde al averno no es sólo una canallada, sino que entraña la voluntad perversa de destruir un modelo que, con sus defectos, es infinitamente superior al de la simple dependencia de quien dispone del dinero necesario para controlar un medio de comunicación. La libertad de expresión no debe confundirse con la libertad del propietario, como sucede a menudo. Por lo demás, no deja de ser curioso, al menos, que este atentado contra Le Monde, que es un referente, mira por dónde, de eso que el siniestro Ronald Ramsfeld califica despectivamente como la Vieja Europa, se haya producido por estas fechas. La Administración Bush intenta, asistida por Aznar y Blair, derruir el orden mundial surgido de la II Guerra Mundial. Le Monde constituye uno de sus pilares más admirables de ese orden. ¿Qué decía ABC sobre Le Monde? Sobrevolaba sin mojarse demasiado. Pero aprovechaba la ocasión para divulgar un serie de principios perfectamente suscribibles desde mi modesta opinión. Sostenía el editorialista lo siguiente: Más allá del caso que plantea La cara oculta de Le Monde, lo que no dejaría de ser un caso concreto, es importante, al hilo del debate que se está produciendo en Francia, una seria reflexión sobre la precisión de que el discurso de los periodistas y los medios que habitualmente se arraiga en la defensa de los valores de la convivencia, sea coherente con los comportamientos personales y profesionales. Y es igualmente preciso que los periodistas especialmente en el ámbito directivo sean conscientes de su responsabilidad, se distancien de su instalación en los poderes públicos, no mimeticen sus hábitos con los propios de las clases dirigentes y, en definitiva, asuman que su función no tiene otra legitimidad ni otra representación que la que le otorga el recto ejercicio de su profesión. ¿Se puede estar en desacuerdo con tales preceptos? No, en absoluto. Ni tampoco con estos otros: El caso de Le Monde, responda o no a hechos ciertos, o sea, como aducen sus responsables, una concatenación de calumnias lanzadas con propósitos inconfesables, pone sobre la mesa la necesidad de una plena transparencia a la que tienen derecho los lectores, la clase política, las instancias económicas y culturales y remite directamente a la vulnerabilidad del ejercicio de la profesión periodística entendida en su acepción y sentido más elevado, porque la coherencia, el emparejamiento entre el decir y exigir y el hacer y ser consecuente con lo que se defiende, tiene que ver con exigencias éticas y deontológicas, tanto individuales como colectivas (...) Pero en la mima medida en que se reclama en los diarios a los poderosos una serie de virtudes para su respetabilidad, la sociedad ilustrada que cree en la democracia con Prensa, no puede perdonar, ni debe hacerlo, que el denunciante, el perro guardián de las libertades, la conciencia crítica colectiva se enfangue en la doblez de decir una cosa y hacer otra. Días después, ABC se hacía eco de la conferencia pronunciada por su colaborador cotidiano Manuel Martín Ferrand en la Universidad Pontificia de Salamanca con motivo del centenario del periódico, al que lleva vinculado 40 años. Martín Ferrand denunció la promiscuidad alarmante entre el poder y los periodistas. Hoy, añadió, la frontera entre la propaganda y la información se ha diluido y los medios se encuentran en ocasiones en situaciones críticas. Es decir, que Martín Ferrand procuró hacer también un discurso moral sobre el periodismo, del que él es un exponente de reconocido talento. Lo que no le impide, sin embargo, protagonizar un episodio judicial escasamente ejemplar. Este hecho ha sido publicado, con escaso relieve, en algunos periódicos, mientras ABC lo silenciaba. El País lo publicó así: Los ex directivos de Antena 3 Radio Manuel Martín Ferrand y Javier Gimeno de Priede han sido condenados por un delito contra la Hacienda Pública y otro de falsedad en documento mercantil. El Juzgado de lo penal número 19 de Madrid ha impuesto a ambos una pena de seis meses (que no tendrán que cumplir) y una multa de 244.728 euros. Los imputados acordaron en 1990 la compra de facturas falsas por un importe de un millón de euros en concepto de IVA para justificar gastos que carecían de soporte documental. Pidieron facturas a (...), que figuraban como administradores de siete empresas sin actividad real. La investigación judicial se inició tras un informe de Hacienda de la Fiscalía de Madrid y la sentencia ha sido dictada con la conformidad de los acusados, el fiscal y la abogacía del Estado (...) Cuando ocurrieron los hechos, Martín Ferrand era director general de aquella emisora y Gimeno de Priede ocupaba el cargo de director general adjunto. Sin comentarios. |