Nº 538 - 13 de enero de 2003
 


Del ilustrado César de la reacción

César Alonso de los Ríos cerró el año 2002, el martes 31 de diciembre, por otra parte como el resto de los mortales, publicando en el ABC su diario anatema contra la izquierda. Desde un tiempo prudencial anterior a la victoria electoral del PP, este hombre se dedica a demonizar cotidianamente el pensamiento progresista, febril actividad que lleva a cabo con la fe ardorosa de todo converso. Escribe César Alonso de los Ríos como si hubiera comenzado a ejercer el periodismo en la década de los noventa del siglo pasado. Aun así, dándome cuenta de pronto y recuperando la memoria completa de tal década, confieso que soy demasiado benevolente con la cronología del personaje. Tan fervoroso ideólogo del conservadurismo prestó todavía valiosos servicios profesionales al Gobierno socialista con motivo, por ejemplo, de la Expo de Sevilla, celebrada el año 1992. Militaba entonces en el PSOE, partido en el que debió de darse de alta aproximadamente, ¡curiosa casualidad!, hacia 1982. Procedía del PCE, donde fue considerado, con absoluto merecimiento, un histórico y venerado periodista, ejemplo de izquierdismo consecuente para las jóvenes promociones de profesionales de la información. Su justa fama de santón progresista se remonta a finales de los años 60 y, sobre todo, 70, cuando llegó a dirigir el semanario afín al PCE titulado La Calle. Con el Gobierno presidido por Felipe González, César Alonso de los Ríos desempeñó funciones de asesor o consejero áulico de Javier Solana, en su etapa de ministro de Cultura.

Traigo a colación otra vez estos someros datos de la biografía de César Alonso de los Ríos porque me parece lamentable que haya sido instalado ahora en la hornacina como icono intelectual de la derecha gobernante sin que haya habido ninguna justificación suya al respecto. Naturalmente que todo el mundo está en su derecho de cambiar de criterios. Pero resulta sintomático, como mínimo, que este doctrinario, que acostumbra a teorizar argumentando siempre con soltura y contundencia, haya ido modificando sus enfoques adecuándolos al carro de cada vencedor. En los setenta, el marxismo, el comunismo o el eurocomunismo parecían llamados a hegemonizar la cultura occidental y, según y cómo, incluso el poder político. En los ochenta, el socialismo irrumpe con fuerza en la aún incipiente España democrática. A mediados de los noventa ya se olfateaba, sin gran esfuerzo, desde luego, que la derecha podía vencer en las urnas.

Pues bien, el mencionado 31 de diciembre, César Alonso de los Ríos denunciaba que el PSOE “entre la catástrofe del Prestige y la guerra contra Irak va a tener hecha la campaña electoral”. ¡Qué cosas llega a decir, a propósito de ambas circunstancias, este ilustrado de la reacción! Así afirma lo siguiente: “Las guerras son antipopulares por definición, y esta posible contra Irak tendrá un gran desgaste electoral para el Gobierno del PP, tanto como será una ocasión muy favorecedora para la oposición que, a juzgar por los comentarios que van saliendo, llegará a aprovecharse de ella de una forma impúdica”. Tras resaltar el compromiso guerrero de Tony Blair y el que le adjudica a Schröder, afirma: “Occidente entero estará en esta empresa bélica con las salvedades de los verdes capitaneados por Cohn-Bendit, los antiguos militantes de Lotta Continua, las Brigadas Rojas y otros herederos de Stalin, los trotskos y los antiglobalización, es decir, las excrecencias de las revoluciones fracasadas del siglo XX. Todos los grandes partidos democráticos de Europa habrán asumido esta guerra “preventiva” como algo propio. Todos... menos el PSOE. En España el debate político se polarizará entre el partido del Gobierno y la oposición porque el PSOE querrá aprovechar esta otra marea –con fuel de fondo también– para dar una perspectiva a sus huestes y animar de nuevo a los miles de militantes que quedaron descabalgados del poder en 1996 y que ahora tienen la ocasión de volver a él, con buena conciencia además. Lo curioso del caso español es que la oposición a la guerra en Oriente Medio se hará desde una fuerza del stablishment, no desde los márgenes de éste, como sucede en Francia o en Italia”.

Este César Alonso de los Ríos, ciertamente, es el que entusiasma no sólo al PP, sino a la extrema derecha. En Razón Española, un tal J.L. Núñez glosaba con embeleso el libro de De los Ríos, La izquierda y la nación, editado por Planeta en 1999. Razón Española es una publicación promovida por el ex ministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora, fallecido recientemente, autor que fue de El crepúsculo de las ideologías, que es teoría muy grata a José María Aznar. “Después de su desmitificadora biografía de E. Tierno Galván, el autor denuncia en esta serie de ensayos la ausencia de una conciencia nacional en los partidos políticos españoles de la llamada izquierda. Y a este hecho se debe, a su juicio, la actual amenaza de desintegración de España. (...) El volumen concluye con un análisis del debate sobre la enseñanza de las humanidades entre 1997 y 1999, promovido por el intento nacionalizador de la ministra Aguirre, episodio que el autor califica como “uno de los más reveladores de la fragmentación de la conciencia nacional y del desfondamiento de la izquierda”. En esa ocasión, los socialistas se pusieron del lado separatista, y lo mismo hicieron cuando se discutió la ley catalana de expulsión de la lengua española de las escuelas. El resultado de estos debates justifica el pesimismo del autor acerca de la unidad nacional de España. Es reconfortante que el autor se enfrente con el acelerado proceso desnacionalizador que padece nuestro país (...)”.

Regresemos al artículo de fin de año. Sigamos con la cuestión de Irak: “Para los socialistas españoles y sus analistas, los responsables del conflicto no serán los reales, esto es, los partidos democráticos del mundo comprometidos con la guerra, sino tan sólo los republicanos norteamericanos y los ‘populares’ españoles. Harán todo lo posible para que el ‘mal’ aparezca ante la opinión pública encarnado exclusivamente en Bush y en Aznar (o quizá también en Silvio Berlusconi puesto que éste pone en el asunto la pizca de picante mafioso). Este desmarque que hacen los socialistas de Bush y Aznar respecto a otros líderes, escandaloso por su arbitrariedad, es el truco que les permite levantar el maniqueo de la derecha belicista. Y es esta operación simplificadora y fraudulenta la que me veo obligado a denunciar por su enorme gravedad. Porque cuando los planteamientos políticos se basan en la mala fe es que nos hemos instalado en la perversión moral y en la aplicación metódica de la mentira, en la manipulación. Esto es gravísimo porque supone desterrar de la vida pública la honradez intelectual. Es una falsificación del maquiavelismo por cuanto supone sustituir la razón de Estado por los intereses de un grupo que arrastra como ideología la adaptación amoral a la realidad”.

El último párrafo del comentario de De los Ríos es, en apariencia, sobre el Prestige. Tampoco tiene desperdicio: “Algún día habrá que diseccionar el terrorismo mediático en el tratamiento de la catástrofe del Prestige al igual que habrá que estudiar cómo ha podido conquistar la voluntad de los ciudadanos un pacifismo espurio. Quizá sea ya tarde. Quizá para entonces los métodos impúdicos y deshonestos se hayan impuesto de tal modo en la política española que la democracia se habrá convertido en su caricatura. En tal caso quiero reiterar lo que señalé en el artículo anterior: la derecha será responsable de haber dejado el proceso en manos de esta izquierda y sus colaboradores ‘intelectuales”. Algo parecido dijo este profeta del Apocalipsis democrático el día de Todos los Santos, 1 de noviembre de 2002, en El Puerto de Santa María, en Cádiz, dentro de un ciclo sobre periodismo organizado por El Mundo de Andalucía. Arremetió entonces César Alonso de los Ríos contra la fusión digital, en línea total con Pedro J., y, por supuesto, contra el Grupo Prisa. “Que tiende, aseveró el ex comunista, a confundir sus intereses con los de toda la sociedad (...) En esta concepción (...) totalitaria no podía quedar fuera la política (...) En este caso, la opción política, el PSOE, queda absorbido por el sistema comunicacional, que se define a través de él (...) ¿Cómo no estar contra este tipo de periodismo y de periodista, partidarios de tal confusión y tal vaciamiento del sistema partidario. (...)? Las luchas mediáticas ya no tienen que ver con las pugnas tradicionales por conseguir mayores cotas de mercado, estamos ante la conquista del sistema democrático, es decir, de su negación: si esto no se corrige, estamos a las puertas de un nuevo totalitarismo”.

ABC conmemora este año su primer centenario. Contraviniendo en exceso la realidad abrumadoramente mayoritaria de este rotativo, escorado desde su fundación hacia posiciones de derecha pura y dura, sus responsables actuales parecen esforzarse en subrayar el perfil moderado, tolerante y centrista que se atribuyen. Pueden aportar, en este sentido, ejemplos objetivos, aunque tímidos o aislados. Contrasta esta loable actitud con las extremadas posiciones de gentes como César Alonso de los Ríos, cuya obsesión contra la izquierda es enfermiza, y propia de tiempos pretéritos.

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