Nº 512 - 10 de junio de 2002
 

DEL TERREMOTO VASCO

José María Aznar tiene el propósito de ponerle letra a la Marcha Real, que es el Himno Nacional de España gracias a la rebelión militar, a la guerra civil, a las casi cuatro décadas de dictadura y, por fin, a las limitaciones de la transición democrática. Nos tuvimos que quedar, en cuanto a estructuras y símbolos, con la dinastía borbónica, la bandera rojigualda –aunque sin el aguilucho– y la mencionada Marcha Real, aparte de una sobredosis de amnesia colectiva para no calentar los ánimos de los vencedores del 39, pobrecitos.

De modo que apenas se pudo saber que, habiendo sido en su casi globalidad la Iglesia católica uno de los pilares del franquismo, hubo, no obstante, significativas expresiones entre los católicos que se mostraron favorables, y leales, a los postulados básicos de la II República. Es verdad que la mayoría de los católicos, de los sacerdotes, de las monjas y, por supuesto, de los jerarcas cerraron filas con el llamado Movimiento Nacional, quedando así establecido en España un casposo régimen de carácter nacionalcatólico. Sin embargo, no es menos cierto que, por ejemplo y de modo notorio, una parte sobresaliente del clero vasco apoyó a la República y, desde luego, al Gobierno autónomo de Euskadi, presidido entonces por José Antonio Aguirre Lezcube. El Estatuto del País Vasco fue aprobado por el Congreso el 1 de octubre de 1936, comenzada ya la guerra.

Aguirre era un católico practicante, de los de misa y comunión diarias. En su juventud, fue presidente de las Juventudes Católicas Bilbaínas. Ideológicamente –como les ocurría y aún ocurre a muchos otros nacionalistas, incluido el propio Xabier Arzalluz– procedía del carlismo. Los avatares de la guerra obligaron a que el Gobierno vasco tuviera que fijar residencia en Barcelona, como lo hiciera asimismo el Gobierno de la República y el mismo presidente de la misma, Manuel Azaña. Coincidieron en la capital catalana los tres Gobiernos citados, lo que añadió algunos conflictos colaterales a las relaciones entre ellos.

Durante ese tiempo, mis deberes como periodista y como combatiente me llevaron a la Ciudad Condal. Viví de cerca, durante varias semanas, la llegada de Aguirre y de los suyos. Su estancia contribuyó a que Lluis Companys y  sus consellers restablecieran el culto católico, lo cual se llevó a cabo con cautela y con ciertas restricciones. Fue ésta, sin embargo, una circunstancia altamente ilustrativa de hasta qué extremo el nacionalismo vasco, por lo general, era confesionalmente católico, por si los ignorantes de entonces –como los de ahora– no lo supieran.

Conviene, por otra parte, evocar la actitud no gregaria en relación a la llamada Cruzada de Liberación Nacional que adoptaron dos prelados de la época. El otro día leí que hacía mención a este dato el periodista Josep Pernau en El Periódico de Catalunya: “Revestidos de pontifical, los obispos españoles de 1936 dijeron amén a la sublevación militar, que calificaron de cruzada. Todos menos dos, monseñor Múgica, el obispo de Vitoria, y el doctor Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona. Por su independencia de criterio, se les consideró renegados: tenían que ser necesariamente incómodos”. Lo fueron. Tuvieron que exiliarse y ambos murieron lejos de España, según creo recordar.

 En idéntico orden de cosas, no debe silenciarse el hecho de que numerosos presbíteros vascos sufrieran persecución y conocieran la dura vida penitenciaria durante los horrendos años de la posguerra. Franco protegía, con supuesta generosidad y fervor cristiano, a su Iglesia, mientras no toleraba posiciones discrepantes o críticas o mínimamente hostiles entre los sectores díscolos de esa misma Iglesia. En el penal de Carmona, donde fue confinado el admirable catedrático socialista don Julián Besteiro, estaban también varios sacerdotes vascos. Besteiro murió allí, rodeado de sus compañeros de celda curas, aunque él hubiera sido siempre un agnóstico o un ateo consecuente, respetuoso, eso sí, con las creencias de cada cual.

Pues bien, recomiendo a Aznar que –al menos para Euskadi– se ahorre el trámite de buscarle letra al Himno Nacional y adapte, en cambio, la versión apócrifa del himno republicano o de Riego con estas o parecidas variantes: “Si los curas y monjas supieran / la paliza que les vamos a dar / subirían al coro cantando Españá, Españá, Españá!”. Respondería de esta guisa la letra al colosal linchamiento que Aznar y su partido –jaleados por la prensa afín– vienen propinando a los tres obispos vascos a causa de la pastoral de éstos sobre la ley de partidos. O sea, sobre la ilegalización de Batasuna.

He tenido oportunidad en EL SIGLO, a lo largo de casi diez años ya de colaboración semanal, de exponer mi pensamiento acerca de ETA y de Batasuna y acerca del PNV y de EA, en este caso, ¡atención!, respecto a sus relaciones explícitas o implícitas –mejor o peor intencionadas– con el nauseabundo universo del abertzalismo asesino. No me corregirán, pues, mis pacientes y sufridos lectores, si proclamo hoy, una vez más, que rechazo sin paliativos la violencia como instrumento de lucha política. La violencia, precisamente, fue empleada por la derecha cavernícola contra la II República. Tal fue su única legitimación: la de las armas, no la de los votos. ¿Cómo voy yo a aprobar que el crimen organizado, y respaldado por un coro de fanáticos, sea el cauce mediante el cual se pretenda alcanzar la independencia de Euskadi?

No puedo, por consiguiente, estar de acuerdo con un texto como el de los prelados vascos, demasiado comprensivo hacia los que matan y, sobre todo, hacia aquellos que los arropan políticamente o más todavía. Aparte de que la pastoral me parece una nueva intromisión, insoportable, de la Iglesia –vertiente vasca– en la vida política. ¿Por qué los obispos han de pronunciarse sobre una ley que en nada roza la moral, las buenas costumbres, la situación de los más desfavorecidos o los ámbitos más específicos de la religión católica –sí tiene que ver, por cierto, y mucho, con el quinto mandamiento: “!No matarás!”–, ejerciendo otra vez los monseñores el oficio de políticos, como en tantas ocasiones ha sucedido a lo largo de la historia, para desgracia de la sociedad laica y, desde mi punto de vista, de la propia Iglesia que fundara Jesucristo? Las referencias históricas que he hecho no buscan justificación a estos obispos de ahora, sino simplemente explicaciones a determinadas actitudes.

Sin embargo, tampoco me parece de recibo la respuesta bochornosa del Gobierno. Y no sólo del Gobierno, sino también del PSOE, aunque de forma menos brutal, un punto más matizada. Convertir todo esto en una especie de exhibición de furia española me provoca malestar. Me preocupa más aún cuando un político, al que tanto yo valoro, como Rodríguez Ibarra se suma a semejante oleada, pidiendo el cese de los obispos firmantes y, además, que actúe el fiscal general del Estado contra ellos.

 Pero, hombre, Juan Carlos, no se pase usted también, como si fuera Arenas, Hernando o cualquiera de los demagogos habituales de la derecha. Replique a los obispos con argumentos, no con insultos, y no reclame que la justicia entre en cuestiones de opinión, por favor. No resucite, ni en broma, la Inquisición, ni siquiera contra estos tres obispos. La Inquisición no pertenece, por fortuna, a la tradición de las izquierdas. Está en la tradición contraria: la tradición de la derecha y la de los obispos, vascos y no vascos.

 La hoguera vasca requiere agua, no petróleo, sosiego y reflexión, no improperios. Los jerarcas católicos de Euskadi hablan sólo para su auditorio, que no es todo el auditorio vasco o que vive en el País Vasco. Lo mismo que el obispo castrense, ¡manda huevos!, Estepa, que tiene como misión salvar las almas de los militares. Aquí cada monseñor le baila el agua a sus clientes más próximos. Nada nuevo bajo el sol. Todo poder trata de incluir en su nómina a los hechiceros de la tribu. Sin hechiceros o brujos, o capellanes, el poder se devalúa y acaba prisionero del primero que pase por la calle y desee apropiárselo.

Tranquilícense los exorcistas. Y, en primer lugar, si es que puede –casi nunca lo consigue, aunque sus aduladores lo describan como “el hombre tranquilo”–, tranquilícese José María Aznar, que es el presidente del Gobierno. Euskadi arde. Rosa Gabirondo, concejala independiente próxima al PNV, fue agredida por su hermano y por su hijo en el Ayuntamiento de Gaztelu. El hermano y el hijo son militantes de Batasuna.

Gaztelu es una localidad guipuzcoana de unos 150 habitantes. Estremece el suceso, porque demuestra la enorme profundidad de la fractura social existente allí. El guerracivilismo impregna la división, cada vez más insondable, entre nacionalistas y no nacionalistas. Y entre católicos nacionalistas y católicos no nacionalistas. Y, además, entre peneuvistas y batasunos, conforme certifica el episodio descrito, aunque muchos prefieran no advertirlo bajo ningún concepto, optando por la sal gruesa y el totum revolutum, Arzalluz y Otegi metidos en el mismo saco.

Euskadi para unos no es España. Para otros, sí. Lo sea o no lo sea, que nadie se llame a engaño. El terremoto vasco sacudirá al conjunto de España. De hecho, hace años que nos viene sacudiendo a todos en múltiples aspectos de la vida cotidiana. Y no se va arreglar ni con gritos de histeria, ni con afrentas verbales y, menos aún, con muertes, bombas e intimidaciones permanentes. Hubo ocasiones pretéritas en las que, al menos, se estableció la concordia entre el PNV y el PSOE. Así aconteció también en los casi tres primeros años de la legislatura anterior entre el PNV y el PP. ¿Es tan complicado, tan imposible, volverlo a intentar actualmente en lugar de que unos y otros se lancen el Santo Cristo respectivo a la cabeza?

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