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Nº
482 - 5 de noviembre de 2001
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Del 'príncipe' y sus panegiristas José María Aznar pretende pasar a la historia actual como si fuera un príncipe del Renacimiento gobernando la España del siglo XX/XXI. Está instalado en el milenio y, a menudo, se cree en el Olimpo. Desprecia a los inferiores, incluidos sus ministros. Él ama el ejercicio físico y las artes. Lee poesía árabe en el Congreso y se reúne en Moncloa, cada semana, después del Consejo de Ministros, con literatos y poetas de cámara. Habla con frecuencia con los dioses de la tierra, y le encanta la naturalidad con la que el Emperador George Bush II, tan campechano, le trata los pies sobre la mesa del despacho mientras habla con él por teléfono. Su antecesor, el césar Clinton, también le dispensa una relación de confianza, le toca el zapato de forma simpática, sonrientes ambos y relajados. Hasta con Jospín, que es un virrey de plebeyos que todavía creen en la Revolución francesa, la fotografía reciente los mostraba casi acaramelados, como si fuesen novios, y es que últimamente Tony, el británico, está raro, muy engreído él en su papel de portavoz del Zar americano. Entró entre gaiteros los mismos que celebran los triunfos sucesivos de Manuel Fraga como Gran Cacique de Galicia, con Camilo José Cela cogiéndole paternalmente del brazo, en la Fundación de Iria Flavia, en A Coruña. Se trata de inaugurar, día 24 de octubre, la denominada Aula Nicasio Pajares. Le acompañaban don Manuel y la ministra de Educación y Cultura, Pilar del Castillo. Como puede leerse en alguna crónica de reminiscencias añejas, aquellas que hace bastantes décadas se llamaban de sociedad tan cursis como de inequívoco tufo reaccionario, entre los asistentes figuraban el presidente del Consello de Cultura, el escritor Carlos Casares, así como numerosas personalidades políticas y culturales. Y, por supuesto, su esposa, Marina Castaño, a quien conoció años atrás en Padrón, y que fue la encargada de ir presentando a José María Aznar a un selecto grupo de invitados. El príncipe renacentista elogió al premio Nobel, como no podía ser de otro modo. Cela ha prestado a este príncipe numerosos e importantes servicios. Se prestó, por ejemplo, a dar esplendor y mayor gloria a la AEPI aceptando la presidencia de honor de esta asociación, más conocida como sindicato del crimen, presentada a bombo y platillo en la Marbella ya entonces de Jesús Gil y Gil. El antiguo censor de los primeros tiempos del franquismo, que se ofreció incluso a ejercer el oficio de delator, según consta documentalmente, no tuvo inconveniente en reforzar al grupo de periodistas y escritores dedicados con saña a combatir al socialismo con todos los medios a su alcance, e ir extendiendo así la alfombra que había de conducir al sucesor que no era otro que el príncipe Aznar hasta el trono. Se sintió obligado, pues, el príncipe a salir en defensa del Nobel. Eran días aciagos en los que Camilo José, marqués de Iria Flavia, recibía fuertes y más que justificadas críticas por plagiarse a sí mismo. Él practica, en este sentido, el onanismo. Fraga Iribarne plagió un libro entero en los años sesenta a Fernández de la Mora, según denunciara recientemente la SER a través de El Búho, ese personaje que, con tenacidad y brillantez, encarna Rafael Manzano. El suceso, aparte de para la cadena radiofónica citada y alguna que otra resonancia, pasó inadvertido, a pesar de que el copión estaba en el candelero con motivo de las elecciones. Venció la censura a la transparencia. Por otra parte, a Fernández de la Mora, el autor de El crepúsculo de las ideologías libro que tuvo la desfachatez de regalar a Salvador Allende en un viaje oficial a Santiago de Chile le debe gustar que, como escritor, le pongan los cuernos. Años después él mismo formó parte de aquellos Siete magníficos, todos ellos ex ministros del dictador origen de Alianza Popular, demostración, made in Fraga, de cuál es el talante real del actual PP, el partido que perpetuamente aparece disfrazado de caperucita centrista. El príncipe restó importancia a las críticas suscitadas cuando se supo el autoplagio de Cela. Al fin y al cabo, y como se está comprobando con profusión, a los intelectuales del PP en círculos directos o indirectos les va el plagio más que a un tonto un lápiz. El cuadro de honor de los plagiadores detectados empieza a ser considerable. El príncipe, en consecuencia, advirtió que es una tradición española la permanente tradición de acabar con las grandes figuras. De entre lo mejor que tenemos, Camilo es, probablemente, lo mejor, sentenció José María Aznar en su alocución presidencial. Pero está tan arraigado de plagio que sus aduladores elogian habitualmente al marqués de Iria Flavia también lo hizo el príncipe ese día por la frase plasmada en el blasón de su título nobiliario: El que resiste, gana. Ignoran, o prefieren olvidar, que esta frase no es de Camilo José Cela, sino que la empleó profusamente, como supremo argumento para no rendirse a las tropas facciosas del general Franco, don Juan Negrín, último presidente del Gobierno en territorio español, durante la II República. Repetía Negrín:Resistir es vencer. No lo consiguió, pero a punto estuvo de lograr su sueño. Si la II República hubiera aguantado, o hubiera podido aguantar un poco más, se hubiera encontrado con otro escenario internacional bien distinto, porque, como sucedió, pocos meses después del siniestro 1 de abril de 1939, Hitler invadía Austria provocando el inicio de la II Guerra Mundial. Con el final de la guerra, en 1945, y aunque esta pregunta nunca tendrá ya respuesta: ¿habría sido Franco absuelto por EE UU o habría sido finalmente barrido como lo fuera Mussolini, pongamos por caso? Camilo José Cela vivió la Guerra Civil. Yo soy mayor que él, pero el Nobel no era un niñato cuando la contienda fratricida. Oyó numerosas veces la admonición del doctor Negrín. Le importó, al parecer, una higa. Hizo suya la frase. Se muestra orgulloso de ella. Lo recuerdan con veneración sus apologistas y los papanatas. Abundan, se multiplican, crecen en el frondoso jardín de la derecha gobernante. Ha recobrado su pleno sentido ser panegirista cortesano, como los define históricamente el profesor Elliot. ¡Qué concierto de violines son los escritos narrando la epopeya deportiva del príncipe por los jardines de la Moncloa, al alba del 25 de octubre, horas más tarde de los honores otorgados al premio Nobel plagiador! ¡Qué sonrojo! ¡Cuanta estulticia transformada en incienso! Asumiendo el papel de coprotagonista de Carros de fuego, el príncipe se lanzó a correr junto a Abel Antón y Martín Fiz, a tres días de la retirada de estos campeones del mundo. Le encanta al príncipe rodearse de famosos. Trata a ex futbolistas de élite, en su mayoría del Real Madrid, juega al pádel con alguno de ellos, al tenis con la Sánchez Vicario o con Santana o con quien sea, siempre que no sea vulgar su apellido. Tiene un preparador físico que fue jugador de balonmano del Atlético de Madrid en los sesenta y setenta, Bernardo Lombao. Ahora anda también con el golf y presume de preparadores de máxima categoría. Habita en las nubes del oropel y del servilismo. Ordena y manda en su partido, haciendo y deshaciendo a su antojo. En medio de los episodios de corrupción que le envuelven, se protege del acoso gracias al cinturón mediático del audiovisual, aparte del escrito acaso más díscolo, que él controla. Le siguen sonriendo las encuestas. El PSOE ladra a veces ni siquiera ladra y apenas muerde. Perdona tanto en el área contraria que terminará, salvo enérgicas correcciones de rumbo, pagando muy cara la política de pactar por encima de la oposición rigurosa y frontal que sus votantes y simpatizantes le exigen. El príncipe del Renacimiento y la princesa Ana sempiterno perejil de cualquier salsa son felices y comen perdices. Les satisface a ambos tener, como Felipe IV, a gentes como Andrés de Almansa y Mendoza, gacetillero profesional de la corte, según el mencionado Elliot. Este gacetillero llegó a escribir que siglo de oro es para España el reinado del Rey, nuestro señor, Felipe IV, prometiendo tan felices principios y prósperos fines. Los gacetilleros de Aznar cobran millones en RTVE, en Antena 3, en Onda Cero o en la COPE. Están encantados, los gacetilleros a sueldo, con el reinado del príncipe, paradigma admirable tanto del deporte como de las letras refinadas y hermosas, incluidas entre ellas las correspondientes al género no menor denominado plagio. l |