Nº 427
11/9/2000

Del diario "Abc", de Lluís Companys

Luis G. Del CAÑUELO

El Abc se ha modernizado y, con José Antonio Zarzalejos de director, procura proyectar otra imagen, menos crispada y extremista que la que caracterizó el prolongado mandato de Luis María Anson al frente del diario monárquico. Ha sido una operación cosmética diseñada desde La Moncloa, en sintonía con el interminable recorrido hacia el centro que viene propugnando José María Aznar, y con el cual ha tratado de lavar la cara a la derecha española de toda la vida.

Al respecto, conviene recordar que el sucesor primero de Anson, Francisco Jiménez Alemán, cayó por instrucciones directas de Aznar, según ha reconocido ante los micrófonos de la cadena Ser el mismo afectado. Pero debe puntualizarse que su defenestración no se produjo a causa de que hubiera desbordado al PP por la derecha, sino por haber cometido el delito gravísimo de publicar, poco antes de las elecciones municipales, autonómicas y europeas de junio del año pasado, una entrevista de Victoria Prego con Felipe González. Así es, pues, como entiende el centrismo este precoz falangista del colegio madrileño de El Pilar y –desde finales de los años setenta– militante fervoroso de la AP de Fraga Iribarne, llegado en 1996 a la presidencia del Gobierno de España.

Se trata –no hay que engañarse– de un cambio estrictamente aparencial, porque el rotativo mencionado retorna ideológicamente, y con harta frecuencia, a sus orígenes y no olvida su gloriosa época del Dragon Rapide, en los albores de la sublevación militar del 17/18 de julio de 1936. Por ejemplo, en la sección Análisis del 3 de septiembre, Pío Moa recuperaba el rostro más siniestro de la prensa del franquismo a la hora de emitir un juicio –supuestamente histórico– sobre la figura de Lluís Companys. El Abc dedicaba dos densas páginas a Companys, tras el homenaje, ensuciado por HB, del que había sido objeto en la localidad de Irún, el 30 de agosto, con motivo del 60 aniversario de su entrega al régimen del Caudillo, en el puente de Santiago sobre el río Bidasoa, bajo la atenta mirada del director general del Gobierno faccioso, José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, quien había participado activamente en las gestiones para la captura, en la Francia de Pétain, del presidente de la Generalitat catalana.

¿A qué espera el tal Moa, o su colega de periódico César Alonso de los Ríos, autor de la biografía maldita del primer alcalde democrático después de la dictadura, Enrique Tierno Galván, para bucear en la vida de Finat y Escrivá de Romaní, quien de 1952 a 1965 fuera alcalde de Madrid? El conde de Mayalde, como gustaba que lo denominara, fue un monárquico reaccionario, diputado de la CEDA durante la II República, muy amigo de José Antonio Primo de Rivera, miembro de la primera Junta Política instaurada por Franco, director general de Seguridad –como ha quedado reflejado líneas arriba– en una de las etapas más sangrientas de la represión, frenético conspirador contra el legítimo Gobierno republicano, enlace entre José Antonio y el general Mola, embajador en el Berlín nazi, procurador en Cortes, alcalde de la villa y corte y, desde luego, defensor de la monarquía juanista/juancarlista siempre que mantuviera los principios del Movimiento Nacional. Siendo alcalde de Madrid enviaba cartas a prohombres del régimen protestante por las campañas falangistas contra los Borbones. Este aristócrata fascista fue el verdugo de Companys.

Pío Moa niega en su artículo la condición de demócrata a Companys, tiene la desfachatez de asociarlo a la violencia, lo convierte en cómplice de la CNT-FAI y atribuye a estas organizaciones el fracaso de la II República. Este ignaro cronista silencia las condiciones paupérrimas en las que se encontraban los obreros y los campesinos en la España de la Monarquía alfonsina y, muy singularmente, en la próspera Barcelona de los años veinte, cuando la burguesía emergente llenaba sus bolsillos gracias a la especulación y a los dineros derivados de la I Guerra Mundial, mientras explotaba a sus asalariados y dilapidaba los millones de modo escandaloso. Con sólo haber leído La verdad sobre el caso Savolta –o haber visto la película–, de Eduardo Mendoza, escrita años antes de La ciudad de los prodigios, el tal Moa habría ahorrado quizás su infame lección en torno a un pasado relativamente reciente.

En enero de 1921, sólo en un día y medio se registraron 21 asesinatos en las calles de la Ciudad Condal. Fue nombrado gobernador civil de Barcelona el general Severiano Martínez Anido, que era el gobernador militar de la provincia. Era Anido un energúmeno sin escrúpulos, una especie de Pinochet de los felices veinte. El historiador Jesús Pabón –escasamente progresista, por otra parte– reveló un texto que describe bien el género de política de Martínez Anido: “Yo solucioné los conflictos sociales en Barcelona, sin hacer uso de la policía y de la Guardia Civil. Lo que hizo fue que se levantara el espíritu ciudadano, haciendo que desapareciera la cobardía, y recomendando a los obreros libres que por cada uno de los suyos deberían matar a 10 sindicalistas”. Los “obreros libres” eran, simplemente, pistoleros a sueldo de Fomento del Trabajo Nacional, la gran patronal catalana. Las actividades de tales matones contaban, desde luego, con el paraguas protector del Gobierno Civil. Ciento cuarenta y dos obreros fueron asesinados el año 1921. Lo fueron también 30 patronos o directivos, así como 56 policías. Aunque Anido lo negara, utilizó la ley de fugas con enorme profusión, liquidando así por la espalda a detenidos o presos tenidos por peligrosos.

El aludido texto de Moa hubiera podido ver la luz en publicaciones como El Español, ¿Qué Pasa?, Fuerza Nueva, El Alcázar, Época o cualquiera de los periódicos del Movimiento. El autor elude el hecho de que tanto el sindicalista moderado Salvador Seguí como Lluís Companys fueron encarcelados y trasladados a la prisión de Mahón por orden de Martínez Anido. Lluís Companys y el también abogado Francisco Layret se dedicaban a defender judicialmente a sindicalistas y trabajadores. El indocumentado Moa ni siquiera hace referencia al episodio del asesinato de Layret, el 30 de noviembre de ese año infausto, mientras realizaba gestiones para obtener la libertad provisional de su colega Companys. Tenía yo entonces apenas 10 años, pero aún me cuerdo, como si fuera ahora mismo, cómo mi padre, militante socialista y de la UGT, comentaba con sus amigos, visiblemente indignados, el crimen del que había sido víctima Layret. La escena transcurría en un café cercano a la Puerta del Sol, muy próximo al domicilio de mi familia.

Pero no satisfecho el Abc de Zarzalejos con el escrito de Pío Moa, al día siguiente volvía la difamación contra Companys a cargo de Juan Manuel de Prada, para algunos críticos joven promesa de las letras hispanas, cuyas tesis acostumbran a bascular entre la vacuidad conceptual y un vago posmodernismo aznarista. De Prada insulta al presidente que fue fusilado por el fascismo: “Nuestro deber es exasperarnos y proclamar en voz alta que Companys no fue ese mártir de la democracia que con cinismo y avilantez han intentado vendernos”. Y no desaprovecha la ocasión para lanzar mierda asimismo contra los políticos republicanos de izquierdas, citando explícitamente a Prieto. Lo que habrá agradado en La Moncloa: don Inda escribió hacia mitad de los años cincuenta, y desde el exilio, un magnífico artículo desenmascarando a Manuel Aznar, abuelo del actual presidente, un felón y un tránsfuga al servicio del general Franco.

Y el 6 de septiembre César Alonso de los Ríos hacía sonar en Abc la misma o parecida música, aunque con otra letra.             

Hemeroteca Inicio