Nº 425
Agosto/2000

Del Madrid y del Barça, de TV3

Luis G: DEL CAÑUELO

Leía el 24 de julio el diario La Vanguardia. Me detuve con fruición en las páginas deportivas porque me interesaba conocer el desenlace de las elecciones del F.C. Barcelona. Como he confesado en más de una ocasión, y desde estas mismas páginas, soy madridista de siempre. Desde mi niñez, mi adolescencia y, ya durante la II República, mi juventud. La época republicana no fue precisamente aciaga, más bien lo contrario, para el equipo blanco. También quiero dejar bien claro que, respecto al Barcelona, mis sensaciones o sentimientos son de índole contradictoria. Aún recuerdo cómo mi padre, tipógrafo como Pablo Iglesias –a quien él trató personalmente y de quien se sentía orgulloso discípulo, siendo como él era militante de la UGT y del PSOE–, acostumbraba a comentar con sus amigos la triple final de Santander, cuyo postrer partido celebróse el 29 de junio de 1928. Decía mi padre: “¡Qué grande es el Barça, mal que nos pese! Yo que soy madrileño y madridista de pura cepa lo reconozco sin ningún rubor. Ya nos gustaría a los del Madrid tener de guardameta a un tipo como Platko”. Esa final, en efecto, consumió tres encuentros y nada menos que cuatro prórrogas. El escenario fue Santander. Se enfrentaron la Real Sociedad y el Barcelona. Los azulgranas derrotaron, al fin, a los donostiarras por tres goles a uno. El húngaro Platko fue el héroe de aquella épica final. Rafael Alberti, el portentoso Alberti –espectador privilegiado de tan colosal espectáculo– escribió un hermoso poema de encendida loa en honor del portero barcelonista.

Pocos años más tarde, proclamada la República, yo procuraba asistir con frecuencia a los partidos del Madrid en Chamartín. O iba con mi padre o iba con mis amigos. Nos hizo especialmente felices, a partir de la temporada 1932/33, Pepe Samitier, glorioso jugador del Barça, al que la junta directiva culé de entonces puso de patitas en la calle aduciendo estúpidamente que, a sus 30 años, ya era muy mayor. Santiago Bernabéu, a la sazón secretario del club merengue, se apresuró a contratarlo. Acertó de pleno. Como ahora lo ha hecho Florentino Pérez con Luis Figo o, en su momento, Ramón Mendoza con Laudrup o, antes, el propio Bernabéu, siendo presidente, con Justo Tejada o Evaristo. La verdad es que el Madrid, por lo general –y me disculparán mis lectores culés–, siempre ha estado más despierto que el F. C. Barcelona a la hora de los fichajes. Ya sé que sobre el polémico contrato de Alfredo Di Stéfano penderá siempre el fantasma del favoritismo de Franco hacia el club de la capital de España. Yo en los años cincuenta, cuando se sustentó el caso Di Stéfano, me encontraba, para mi desgracia, en el exilio, de un país a otro, de aquí para allá, buscándome el sustento como podía y tratando de contribuir, con mi pluma, a la caída de la dictadura. No seguí de cerca tal suceso, y no descarto, desde luego, que el régimen apostara más por el Madrid que por el Barcelona. Pero el Barça no era tampoco entonces, y como es lógico, el Barcelona encabezado por el presidente Josep Suñol, asesinado por las tropas sublevadas contra la República. A Suñol, aun breve y tangencialmente, tuve el honor de conocerle.

A Josep Suñol –pariente muy lejano de mi entrañable camarada Rafael Feliu Suñol, cuya actual colaboración sobre temas catalanes me resulta, a los efectos de EL SIGLO, tan valiosa como imprescindible– le saludé efusivamente, y departí con él un buen rato, el día 21 de junio de 1936. Esa jornada, el viejo estadio de Mestalla, en la capital del Turia, fue escenario de dos acontecimientos memorables. Por la mañana hubo un mitin multitudinario del Frente Popular, que gobernaba España desde los comicios de febrero de 1936. Por la tarde se jugó la final de la Copa entre el Madrid y el Barça. Yo estuve allí y participé con entusiasmo en ambos actos. Yo era azañista, republicano fervoroso, simpatizante de las izquierdas. Ejercía ya de periodista. Josep Suñol, presidente del F. C. Barcelona, era a su vez director del diario La Rambla y diputado de Esquerra Republicana. Por encima de los respectivos amores hacia el Madrid o hacia el Barça, otras cosas más trascendentes nos unían.

Lo vi en Mestalla, aquel día de junio, por primera y última vez. Menos de dos meses después, el 12 de agosto de 1936, era fusilado por las tropas sediciosas en la sierra de Guadarrama, donde su automóvil, que circulaba hacia Madrid, fue interceptado y detenido por los franquistas.

Aquel 21 de junio, Suñol sufrió viendo la derrota de su Barça. Yo me alegré, en cambio, cuando el árbitro señaló el fin de la emocionante contienda. Salvó al Madrid el divino Zamora, el mejor cancerbero de la historia de fútbol español. Llegó a jugar Zamora en el Español de Barcelona, en el Barça. Y, ¡ay!, en el Madrid. No me olvidaré mientras viva. Faltaban segundos para acabar el match. Las gradas de Mestalla, repletas de público, sintetizaban la apoteosis de la fiesta balompédica. El jugador Reich, tras que su compañero Ventolrá regateara a gran Quincoces, cedió el cuero a Escolá. El delantero azulgrana se plantó solo ante Zamora. En el marcador, 2-1 a favor de los blancos. Lanzó Escolá un disparo potentísimo y colocado. Pero entonces Ricardo Zamora, con reflejos felinos, se lanzó como un rayo y de fabulosa zamorana impidió que el esférico se adentrara en su puerta. Así se proclamó el Madrid campeón de la Copa del año 1936.

Pues bien, y después de tantas circunvalaciones históricas, consecuencia de múltiples recuerdos que se almacenan en mi cerebro, retorno a las elecciones del Barça. He de manifestar que, leyendo La Vanguardia, llamó mi atención un recuadro titulado La noche negra de TV3. Comenzaba así: “La televisión institucional de la Generalitat, TV3, sufrió ayer una derrota sin paliativos a la hora informar de la larga noche electoral que llevó a Joan Gaspart a la presidencia del F. C. Barcelona”. Enumeraba ese periódico curiosas circunstancias: 1.- Mientras las radios ya estaban entrevistando a Gaspart, virtual vencedor, en el plató de TV3 se desarrollaba un coloquio con tres partidarios de Bassat frente a uno solo de Gaspart. 2.- “Los datos sobre la evolución de los resultados electorales –aseguraba el mencionado rotativo– fueron siempre por detrás de lo que en condiciones normales hubiera sido previsible”. Incluso se produjo un fallo estrepitoso: TV3 llegó a otorgar a Bassat el número de votos correspondiente a Gaspart.

TV3 ha continuado en estas últimas elecciones del Barça su habitual línea de conducta, sectaria y basada en la manipulación. Desde siempre, desde sus orígenes, tanto TV3 como Catalunya Radio se han empleado a fondo contra José Luis Núñez. El sueño de Pujol –muy bien expuesto en EL SIGLO por Jordi García Soler, con la abundancia de datos que caracteriza a este colega catalán– ha consistido, en el ámbito del Barça, primero en destruir a Núñez y luego en apoderarse del club. Gaspart no es Núñez. Pero sí es su sucesor o heredero. Por Bassat había apostado el conglomerado de intereses o núcleo duro de Convergència Democrática, acompañado por su selecto cortejo de intelectuales y escritores de izquierdas patrióticamente correctos.

TV3, por lo demás, ha recibido severas críticas del PSC a causa de haber concedido más espacio informativo a los comicios azulgranas que el congreso del PSOE. Telefoneo a mi entrañable amigo, antes citado, Rafael Feliu Suñol y le pregunto por la situación. Me responde entre cáustico e irónico: “He aquí los frutos sabrosos de la política pactista del PSC en cuanto a los medios públicos. Los socialistas, este último año, han dicho amén a casi todas las iniciativas de Pujol. Y eso tras de haber cosechado Maragall más votos en las urnas que Pujol. ¿De qué se quejan ahora?”.                                           

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