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Nº
415
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22/5/2000
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DE
GONZÁLEZ FERRARI Y RTVE
Luis G. El nuevo director general de RTVE, Javier González
Ferrari, ha empezado su mandato mintiendo. "Vengo a acabar con
la deuda de esta casa", anunció en su toma de posesión del cargo,
el pasado martes, 16 de mayo. Y es que no será él -en el supuesto de
que, en efecto, se lograra liquidar la deuda de 549.000 millones de
pesetas-‑ quien consiga semejante proeza. González Ferrari no
ha sido nombrado mandamás de¡ ente para gestionar económicamente RTVE,
sino para continuar manipulando RNE y TVE en favor del Gobierno del
Partido Popular. Lo hizo brillantemente como director de RNE, primero,
y como director de los Informativos de TVE, después. En este segundo
cometido sustituyó a Sáenz de Buruaga ‑fichado por Antena 3 TV
para seguir haciendo lo mismo, pero desde una tele formalmente privada‑,
y conviene puntualizar que González Ferrari, en este sentido, ha igualado,
o incluso superado, a su antecesor. La deuda de RTVE es histórica. Arrancó el año
1990, todavía durante la etapa socialista. El Gobierno de Felipe González
había legalizado las televisiones privadas -Antena 3, Tele 5 y Canal
Plus-, pero no previó, o no quiso prever, el impacto negativo, desde
el punto de vista financiero, que el nuevo mapa audiovisual iba a tener
sobre RTVE, a la cual se le había retirado tiempo atrás las subvenciones
públicas a cargo de los presupuestos generales del Estado. Fue ésta
una machada perfectamente estúpida, contraria, además, a los usos y
costumbres tradicionales de la mayoría de países europeos. Las subvenciones
fueron transformadas en autorización para el endeudamiento. En seis
años, el entonces director general, García Candau, llegó a acumular
249.663 millones de deuda. Desde la oposición, fundamentalmente la encabezada
por Aznar y sus colegas, se arremetió, con la demagogia habitual de
la derecha, contra los números rojos ‑más bien inevitables, atendidas
las circunstancias‑ de RTVE. El PP prometió sanear las cuentas del ente.
No cumplió tal promesa: en sólo tres años multiplicó sin pausa la deuda
que se cifra, para cuando termine el ejercicio del año 2000, en 660.000
millones. 0 sea, que el Gobierno conservador no tuvo rubor alguno en
ir mucho más allá, respecto al gasto, que el Ejecutivo socialista. En
su encomiable empeño por dinamitar el despilfarro del PSOE -de acuerdo
con la terminología al uso del PP-, Aznar nombró a tres directores generales:
Mónica Ridruejo, Fernando López-Amor y Pío Cabanillas. López‑Amor
fue quien derrochó más, hasta niveles que, ciertamente, no resistirían
una auditoría rigurosa o una investigación parlamentaria que pudiera
trabajar en condiciones adecuadas. Pío Cabanillas, en cambio, no dejó
de llenarse la boca, en su época de director general, alardeando de
ahorrador y atinado gestor público. Redujo muy parcialmente los números
rojos de RTVE, pero gracias a diversos regalos enviados a él desde La
Moncloa, como 80.000 millones procedentes de la privatización de Retevisión,
9.953 debidos a la venta del 17% de las acciones del ente en Vía Digital,
46.000 por la devolución del IVA y 7.000 por la venta de los derechos
de la liga de Campeones. En
todo caso, y a partir de ahora, la gestión de Prado del Rey y sus múltiples
territorios distribuidos por la geografía nacional corresponderá a la
SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales), que es el órgano
del Gobierno encargado de dirigir el proceso privatizador de las empresas
públicas. Preside la SEPI Pedro Ferreras, un hombre, por cierto,
de Josep Piqué. Ferreras, pues, será el verdadero gestor de RTVE, y
no González Ferrari, aunque él no lo quiera reconocer y sea capaz -en
consonancia con su acrisolada vocación de falsificador de la realidad-
de decir lo que dijo en su toma de posesión. ¿Cómo
intentará el milagro económico Ferreras? De manera sencilla y fácil:
poniendo a la venta la segunda cadena, si no la primera. Tiempo
al tiempo. El PP peconizaba ya en su programa de 1996 la privatización
de parte de RTVE. No la llevó a la práctica, porque, para ello, no contaba
con los apoyos parlamentarios necesarios. Pero esta legislatura es diferente.
Su mayoría absoluta le permite desprenderse, al menos, de la segunda
cadena. Así, en paralelo, podrá dejar esta cadena en manos amigas, según
es la contumaz costumbre de José María Aznar. El PP, de tal guisa, no
perderá pastel mediático ‑que lo tiene inmenso, por otra parte‑
y, cuando abandone el Gobierno, lo retendrá sin mayores agobios. Y,
para más inri, se pavoneará de equilibrar las cuentas del ente. Jugada
maestra, desde luego. González
Ferrari ha sido nombrado directamente por Aznar, a pesar del criterio
negativo, respecto a esa designación, de Pío Cabanillas. Cabanillas
ya quiso prescindir de sus servicios ' cuando fue director general.
Pero siempre chocó con la voluntad del presidente del Gobierno, protector
del entonces director de los Informativos y altamente satisfecho con
su labor distorsionadora en los telediarios y otros espacios de TVE.
Ha podido más, sin duda, el punto de vista de Aznar que el de su ministro
portavoz. Aznar apuesta sobre seguro. Sabe bien que le es imprescindible
el control férreo de los medios de comunicación, si desea continuar
proyectando su imagen virtual de centrista, moderado, honesto, gran
líder del mundo mundial, eficaz y justiciero. Su objetivo básico no
ha sido otro, desde bastante antes de ganar los comicios de 1996, que
manejar prensa, radio y televisión a tope. Incrementó su influencia
mediática, hasta extremos más que inquietantes, desde el mismo instante
que pisó el palacio de la Moncloa en su calidad de presidente. Llegó
a poner contra las cuerdas, utilizando todos los instrumentos sin escrúpulo
alguno, al Grupo Prisa, y asaltó Antena 3 TV, como es sabido. A RTVE
la convirtió en un juguete de sus filias y fobias. Amedrentó a los privados
y sojuzgó a los públicos. Su modelo, al respecto, es el de Fujimori
en Perú o el de Putin en Rusia. Sus grandes referentes desde que tuvo
uso de razón: su abuelo, Manuel Aznar ‑admirado por el Caudillo‑,
y Manuel Fraga Iribame, el implacable censor de los años sesenta. Dijo Aznar, hipócritamente, que nombraría independientes en RTVE. A Mónica
Ridruejo la ha hecho eurodíputada. López‑Amor era diputado y,
tras sus escándalos de todo género en RTVE, le ha devuelto el escaño
parlamentario. A Pío Cabanillas lo ha nombrado ministro portavoz y,
por ende, Gran Hermano de Prado del Rey y alrededores.
Y a González Ferrari lo ha ascendido en el escalafón
del ente como recompensa por el servilismo demostrado y como garantía
de que seguirá velando por los intereses del PP. Y todo esto lo hace
sin apenas ruido ni protestas. Aquí ha desaparecido la contestación.
Los periódicos no afines al Gobierno se limitan a narrar y administran
las críticas con suma prudencia. los medios gubernamentales, por supuesto,
ejercen más bien el triste oficio de palanganeros del Emperador. El
PSOE sigue en paradero desconocido. IU se disputa las migajas de su
peor crisis. Los nacionalistas o pactan con el PP o se dedican a sus
ensoñaciones soberanistas. Dios nos coja confesados. |