Internacional
Nº 672
28/11/2005
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EL ANÁBASIS AMERICANO


.¿No son los actos testimonios más dignos de fe que las palabras?
                                                                                       
Jenofonte
                                                                                                       
                                                                  


Pues parece que por fin el gobierno de Washington ha decidido darle la razón al clásico autor de El Anábasis, o retirada de los 10.000, pasando de las palabras a los hechos con remolones anuncios de pronta retirada de parte de sus tropas en Iraq.

Mucho han tardado las autoridades norteamericanas en empezar a ceder a las presiones tanto externas como internas pero al final no les ha quedado más remedio. Tanto la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, como el de Defensa, Donald Rumsfeld, han desvelado, con mayor o menor claridad, que un apreciable contingente abandonará el país ocupado en los primeros días de 2006.

Se trata al parecer de retirar tres de las 18 brigadas presentes en el país en las primeras semanas de 2006 aunque una de ellas permanecerá en las cercanías, en Kuwait, para caso de necesidad. Pero la retirada gradualde la que se habla ya abiertamente no significa que el proceso acabará en salida de todas las tropas, pues sólo afectará a unos 50.000 hombres de los 150.000 ahora allí desplegados.
Es muy dudoso que tal cosa satisfaga a quienes, en creciente número, condenan la invasión y exigen la retirada de las tropas, tanto en el Congreso norteamericano como en diversos ambientes del propio país y del exterior. Hasta la cantante Madonna se ha sumado a quienes reclaman la retirada de unas tropas que han perdido ya más de 2.000 hombres y cuentan por decenas de miles los heridos.

Sin embargo, el gobierno de George W. Bush ha emprendido el camino de la salida con pies de plomo, pues tanto Rice como Rumsfeld han dejado claro que la retirada de tropas sólo se realizará en la medida en que las elecciones de diciembre ofrezcan un gobierno iraquí sólido, se suprima la insurgencia y se disipe la amenaza de una guerra civil que amenaza a la vuelta de la esquina. Mucho pedir parece, pero menos una piedra.

Continúan, entre tanto, los atentados rroristas cotidianos y también las exigenc de retirada, no sólo de todas las fuerzas líticas iraquíes reunidas en El Cairo en ciente conferencia, sino de diversas y dispares fuerzas en todo el mundo, desde medios británicos hasta informativos como la cadena árabe de televisión Al Jazira, que reclama una investigación sobre la denuncia de que el presidente Bush pensó hace un año en bombardear su sede en Qatar aunque el premier Blair logró disuadirle. Las exigencias de la emisora se fundamentan, además en los bombardeos sufridos por sus redacciones en Iraq, en los que murió uno de sus redactores.

A todo esto, como no podía ser de otra m nera, la popularidad y aceptación del presidente Bush en su país sigue disminuyendo día a día. El último sondeo serio de opinión las cifras sólo en un 34%, mientras siguen creciendo por doquiera los enanos no sólo del circo de la Casa Blanca, sino incluso de otro ámbitos como el judicial. En este terreno, resulta particularmente serio el llamado caso Padilla, un ciudadano norteamericano que lleva tres años encarcelado en Carolina del Sur, que no en Guantánamo, sin defensa legal ni juicio por estar considerdo "enemigo combatiente", figura ideada en la lucha antiterrorista. Ahora se accede, por fin, a su procesamiento legal.

Todo ello dibuja un panorama de crisis te minal que vuelve a poner en el escaparate la advertencia de algunos analistas de qu Bush puede tener que abandonar la Casa Blanca antes de finalizar su segundo mar dato. Su situación parece tan delicada qu se afirma incluso que ha dejado de habla se con su padre, el ex presidente. Si tal fuera, querría ello decir que no sólo ha perdido la confianza y respeto paternos, sino tan bién del muy poderoso e influyente entorn de su señor padre, con la crema y nata d los magnates del petróleo y la construcción Lo cual, como a nadie se le escapa, son ya palabras mayores. Mucho peores que las que puedan proferir políticos, periodistas o actores famosos.

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