Internacional
Nº 667
24/10/2005
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EL ENEMIGO EN LA CASA (BLANCA)

No tiene ni fe ni ley, no tiene ni fuego ni lugar el que se regocija con el glacial horror deja guerra intestina.
                    Homero

Por mucho que suene a tópico, esto empieza a oler ya a Watergate. O, si se prefiere, a Cheneygate, un embrollo con el mismo tufo mafioso que puede acabar llevando al presidente George W. Bush al mismo matadero que a su predecesor Richard M. Nixon.

Las idas y venidas de altos funcionarios de la Casa Blanca a los tribunales o a las primeras páginas de los periódicos recuerdan cada vez más los días que siguieron al descubrimiento de que en el Despacho Oval se había tramado el asalto a las oficinas electorales de los demócratas en el sinuoso edificio que ha pasado a la historia como símbolo de la degeneración política en Estados Unidos.

Ahora se trata de algo, en realidad, mucho más grave en su origen: los tenebrosos esfuerzos de la Casa Blanca para hundir a un ex embajador considerado enemigo de Bush mediante la revelación de que su esposa era un agente encubierto de la CIA. Lo cual constituye grave delito federal que puede dar con los huesos en la cárcel de los responsables, ubicados por ahora, según todas las apariencias, en el entorno más próximo al vicepresidente Cheney.

Todo señala así a Lewis Scooter Libby, jefe de los colaboradores más cercanos a Cheney, que al parecer filtró la confidencia a una reportera del New York Times que acaba de pasar ocho meses encarcelada por no revelar sus fuentes aunque después sí lo haya hecho para colaborar en la investigación que dirige el fiscal especial Patrick J. Fitzgerald ante un gran jurado cuyo mandato expira el 28 de octubre. Para días antes se esperaban las primeras conclusiones del fiscal, que apuntan a un posible procesamiento de Libby y de Karl Rove, otro alto asesor de la Casa Blanca repetidas veces interrogado ante el Gran Jurado y que incurrió al parecer en varias contradicciones.

Si las cosas se concretaran en procesamientos, como todo indica, la Casa Blanca se encontraría inmersa en el más espinoso asunto y mayor peligro de escándalo de la actual Administración, curiosamente en el segundo mandato de su presidente, como sucedió en los casos de Nixon, de Reagan con el Irán-Contra o de Clinton con el caso Lewinsky. Resultaría así que el principal ene-migo de Bush no sería Bin Laden, sino el propio vicepresidente Cheney, del que ya se hadicho en ocasiones que ejerce en realidad de presidente en la sombra.

Nada tendría de extraño, pues también se comenta en los cenáculos políticos de Washington que, pese a sus proclamas de liderazgo, el presidente Bush carece de la personalidad suficiente para imponerse a su segundo. Que no es un hombre de carácter, un verdadero líder preparado para cualquier eventualidad, lo demostró cuando se quedó sin saber qué hacer al anunciarle el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York.

Todo depende, pues, de lo que decida el fiscal Fitzgerald, que, al publicarse estas líneas, puede haberse pronunciado ya sobre la necesidad de procesar a los dos principales implicados o archivar el caso por ahora. Las apuestas no estaban muy claras en los momentos finales pues tanto los medios políticos como la prensa se han acostumbrado en los últimos tiempos a esperar cualquier cosa de quienes tienen que pronunciarse sobre culpabilidades de la Casa Blanca, esencialmente en cuanto se refiere de cerca o de lejos al conflicto de Iraq.

Se recuerda, sin embargo, que la acción atribuída al entorno de Cheney puede tener su origen y justificación en la animadversión que el vicepresidente ha demostrado a la CIA desde hace tiempo, lo que podía haberle llevado a propiciar las revelaciones sobre la identidad de uno de sus agentes, Valerie Plame, esposa del ex embajador Joseph C. Wilson, culpable de haber informado oficiaalmente de que Sadam Hussein no intentaba hacerse con los medios necesarios para dotarse de armas nucleares.
Todo queda, así, con la apariencia de una vendetta de baja estofa que denigra más a la Casa Blanca que las peripecias eróticas de Clinton en el despacho presidencial. Es algo que hasta los más recalcitrantes defensores de Bush empiezan ya a admitir sin tapujos.

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