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EL ENEMIGO EN LA CASA (BLANCA)
No
tiene ni fe ni ley, no tiene ni fuego ni lugar el que se regocija con
el glacial horror deja guerra intestina.
Homero
Por
mucho que suene a tópico, esto empieza a oler ya a Watergate. O,
si se prefiere, a Cheneygate, un embrollo con el mismo tufo mafioso que
puede acabar llevando al presidente George W. Bush al mismo matadero que
a su predecesor Richard M. Nixon.
Las idas y venidas de altos funcionarios de la Casa Blanca a los tribunales
o a las primeras páginas de los periódicos recuerdan cada
vez más los días que siguieron al descubrimiento de que
en el Despacho Oval se había tramado el asalto a las oficinas electorales
de los demócratas en el sinuoso edificio que ha pasado a la historia
como símbolo de la degeneración política en Estados
Unidos.
Ahora se trata de algo, en realidad, mucho más grave en su origen:
los tenebrosos esfuerzos de la Casa Blanca para hundir a un ex embajador
considerado enemigo de Bush mediante la revelación de que su esposa
era un agente encubierto de la CIA. Lo cual constituye grave delito federal
que puede dar con los huesos en la cárcel de los responsables,
ubicados por ahora, según todas las apariencias, en el entorno
más próximo al vicepresidente Cheney.
Todo señala así a Lewis Scooter Libby, jefe de los colaboradores
más cercanos a Cheney, que al parecer filtró la confidencia
a una reportera del New York Times que acaba de pasar ocho meses encarcelada
por no revelar sus fuentes aunque después sí lo haya hecho
para colaborar en la investigación que dirige el fiscal especial
Patrick J. Fitzgerald ante un gran jurado cuyo mandato expira el 28 de
octubre. Para días antes se esperaban las primeras conclusiones
del fiscal, que apuntan a un posible procesamiento de Libby y de Karl
Rove, otro alto asesor de la Casa Blanca repetidas veces interrogado ante
el Gran Jurado y que incurrió al parecer en varias contradicciones.
Si las cosas se concretaran en procesamientos, como todo indica, la Casa
Blanca se encontraría inmersa en el más espinoso asunto
y mayor peligro de escándalo de la actual Administración,
curiosamente en el segundo mandato de su presidente, como sucedió
en los casos de Nixon, de Reagan con el Irán-Contra o de Clinton
con el caso Lewinsky. Resultaría así que el principal ene-migo
de Bush no sería Bin Laden, sino el propio vicepresidente Cheney,
del que ya se hadicho en ocasiones que ejerce en realidad de presidente
en la sombra.
Nada tendría de extraño, pues también se comenta
en los cenáculos políticos de Washington que, pese a sus
proclamas de liderazgo, el presidente Bush carece de la personalidad suficiente
para imponerse a su segundo. Que no es un hombre de carácter, un
verdadero líder preparado para cualquier eventualidad, lo demostró
cuando se quedó sin saber qué hacer al anunciarle el ataque
a las Torres Gemelas de Nueva York.
Todo depende, pues, de lo que decida el fiscal Fitzgerald, que, al publicarse
estas líneas, puede haberse pronunciado ya sobre la necesidad de
procesar a los dos principales implicados o archivar el caso por ahora.
Las apuestas no estaban muy claras en los momentos finales pues tanto
los medios políticos como la prensa se han acostumbrado en los
últimos tiempos a esperar cualquier cosa de quienes tienen que
pronunciarse sobre culpabilidades de la Casa Blanca, esencialmente en
cuanto se refiere de cerca o de lejos al conflicto de Iraq.
Se recuerda, sin embargo, que la acción atribuída al entorno
de Cheney puede tener su origen y justificación en la animadversión
que el vicepresidente ha demostrado a la CIA desde hace tiempo, lo que
podía haberle llevado a propiciar las revelaciones sobre la identidad
de uno de sus agentes, Valerie Plame, esposa del ex embajador Joseph C.
Wilson, culpable de haber informado oficiaalmente de que Sadam Hussein
no intentaba hacerse con los medios necesarios para dotarse de armas nucleares.
Todo queda, así, con la apariencia de una vendetta de baja estofa
que denigra más a la Casa Blanca que las peripecias eróticas
de Clinton en el despacho presidencial. Es algo que hasta los más
recalcitrantes defensores de Bush empiezan ya a admitir sin tapujos.
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