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EL DESASTRE QUE NO CESA Está
prohibido matar, por lo cual todos los asesinos son castigados a menos
que maten en gran número y al son de trompetas De Richard Nixon se dijo que pagado muy caro su mal uso del poder. ¿Qué podrá decirse de su correligionario y colega George W. Bush, que hasta ahora no ha pagado nada y ha sido, por el contrario, premiado con la reelección? El tiempo acaba cobrando todas las deudas pero, entre tanto, el pago de intereses puede llegar a resultar insoportable. Así está sucediendo en Iraq, donde dia tras día mueren decenas de personas en una guerra que no es tal según sus promotores, sino la represión de un terrorismo que no existía con la actual magnitud antes de que interviniesen los pretendidos salvadores. ¿No se tratará, una vez más, de un mal uso del poder todavía no puesto en evidencia para millones de norteamericanos? Algo así apunta ya en la opinión pública de los Estados Unidos, cuando en el resto de] mundo pocos lo dudan. Los electores de Bush admiten por fin en mayoría que la Hamada guerra de Iraq fue una "equivocación" y que cuanto antes termine, mejor. Cabe confiar en que semejante cambio de actitud acabe traduciéndose en hechos y que, de una forma u otra, el tejano que nos gobierna pague finalmente, aun a precio no tan alto como la dimisión vergonzosa a lo Nixon, su mal uso del poder. Pero las cosas no parecen apuntar en esa dirección. Su compañero de aventuras iraquíes, el británico Tony Blair, parecía tener garantizada la reelección en el momento de iniciarse las elecciones del pasado jueves. En los países más avanzados de Occidente, con muy escasas y honrosas excepciones, no se acaba de ver el cúmulo de torpezas y falsedades que corona la aventura anglosajona de Iraq y sus graves y extendidas consecuencias. Sólo quienes han sufrido directamente los peores daños, como los familiares de los muertos en el conflicto, se han alzado en denuncias y protestas, con algún que otro simpatizante rápidamente descalificado como "de izquierdas". Sin embargo, el desastre es evidente y no cesa de agravarse. Ni siquiera el gobierno fantoche ideado por los ocupantes ha conseguido formarse al completo, con carteras tan importantes como las de Defensa y Petróleo todavía vacantes. Los chiítas, apartados del poder a bombazos, no parecen resignados y reaccionan todos los días frente a sus rivales kurdos y suníes con violentos actos terroristas que tienen como objetivo de elección a los voluntarios que pretenden incorporarse a las fuerzas policiales. No pasa día así sin numerosas víctimas, en Bagdad sobre todo, pero también en regiones del sur y norte del país, como sucedió hace unos días en el Kurdistán iraquí, donde las bombas de un suicida provocaron más de un centenar de víctimas, entre muertos y heridos, en una concentración de aspirantes a policías. La situación es de tal gravedad que hasta los más recalcitrantes defensores de la ocupación, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, han terminado por abrir los ojos, aunque al parecer sin muchas cons cuencias por el momento, Ni siquiera los poi deres militares e industriales que con tanto fervor defendieron la invasión las tienen ya todas consigo. Los enormes gastos militares y el escaso rendimiento que se prevé para las empresas que esperaban beneficiarse de la ocupación y control de las fuentes de riqueza iraquíes hacen que ni siquiera en el terreno económico se vea un panorama favorable. Y no digamos en el político. Los más fieles aliados de Washington en la aventura están empezando a pagarlo en las urnas o, al menos, en su entorno. Nadie ve por ninguna parte aquellas enormes ventajas que el presidente Bush y su hermano Jeb prometieron a quienes les acompañasen en el desaguisado. La opinión pública mundial sigue, sin embargo, como hipnotizada. Salvo algunas erupciones de protesta aquí y allá, nada parece poder hacerse para poner fin de una vez a la continua matanza y al constante empeoramiento de la situación. Diríase que los súbditos de[ imperio y gran parte de éste se han resignado a esperar que las cosas caigan por su peso cuando los dioses quieran o a que suceda algún imprevisto de envergadura que ponga fin al drama de cualquier manera. No parece que sea ésa una solución deseable para el conjunto de los humanos, pero así van las cosas. Sólo queda ir matando el tiempo y la cólera en atascos del fin de semana, espectáculos deportivos y problemas domésticos y familiares que en ninguna parte faltan. Eso sí, con la inapreciable ayuda de las televisión y el cine, pócimas preferidas para el olvido o la simple distracción. Está quedando patente, sin embargo, que la situación extrema que vivimos es sobre todo fruto de graves carencias de la democracia y de la escasa talla, por no decir ninguna, de la gran mayoría de los dirigentes que nos han tocado en suerte en esta época de vinagre y bombas. Fundamentalmente, a causa de su propensión, propiciada por sus escasas luces, a confiar su comportamiento a las directrices de asesores y pretendidos especialistas en relaciones públicas y en el mundo de la comunicación. A la vista de todos está todos los días: los dirigentes políticos en cualquier país de Occidente más preocupados parecen por soltar una frase ingeniosa que por adoptar una medida sensata. Así nos va por todas partes. |