Internacional
Nº 645
18/4/2005
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LA APUESTA BLAIR

EUn cínico es un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada
                                                                                      Oscar Wilde

Por Ricardo Utrilla

El primer ministro italiano Berlusconi parece haber hecho escuela con su 'ahora me voy, ahora me quedo' en Iraq. Su colega británico, Tony Blair, anuncia ahora que busca la reelección pero por última vez. Quiere quedarse pero esencialmente para irse. Las exigencias de las técnicas electorales contemporáneas parecen imponerse por doquier.

Y es que la situación del premier no tiene nada de alentadora cuando el principal factor para su reelección el 5 de mayo es, según todas las apariencias, el escaso peso de sus adversarios conservadores. La situación económica y social del país nada tiene que mueva al optimismo de los electores, sobre los que pesa la losa de una guerra que ha sido condenada y rechazada por la mayoría.

Tiene Blair, sin embargo, una extaordinaria capacidad de seducción a la hora de vender sus logros. La verdadera catástrofe que para su partido supuso la participación en la invasión de Iraq se convirtió en sus manos en un mero incidente que sirvió para reforzar los lazos con los Estados Unidos, preservar la imagen preeminente de Gran Bretaña en el mundo y, cómo no, proteger los intereses nacionales en el ámbito petrolero.

Pero los británicos, pese a su tradicional flema, no parecen muy dispuestos a seguir aguantando, aunque no vean otro clavo ardiendo al que agarrarse. El desempleo, el de más alto nivel en los dos últimos años, corre parejas en el saco de las preocupaciones nacionales con los problemas que plantea la inmigración y el deterioro visible de la si- tuación en la industria, de la que es negra muestra la quiebra de la Rover.

Si a ello se suma el aumento de la delincuencia, el problema de las listas de espera para atención médica y un preocupante aumento del ausentismo escolar, se entiende que Blair haya considerado muy positiva para mantenerse en el poder la promesa de que, si es reelegido, no volverá a intentarlo. La situación en Iraq, donde no sa día sin muertes ni atentados, es, sin bargo, un baño corrosivo que va minando sin descanso la popularidad y aceptación del Gobierno, ya bastante maltrecha por causas puramente internas.

Los malabarismos dialécticos de Blair para defenderse en los Comunes de las críticas por su participación en el conflicto iraquí le han llevado incluso a refugiarse en afirmaciones de sonrojo como que, gracias a la intervención en Iraq, "la carnicería de Saddam se ha acabado". Pobre, muy pobre, argumento para quienes tienen además la convicción de que, frente a semejante logro, el terrorismo que se pretendía erradicar ha alcanzado niveles inimaginables con el derrocado dictador de Bagdad.

En cualquier caso, Blair parece tener la reelección garantizada, según las últimas encuestas, que le dan hasta seis puntos de ventaja sobre sus adversarios conservadores.

También le soplan vientos favorables desde las alturas, pues ha dado una imagen de seriedad y entereza durante todo el proceso, considerado a veces escandaloso, de la boda del príncipe de Gales, frente a la cual ha dado pruebas de equilibrio y sensatez que desentonaron con lo ofrecido por los protagonistas del principesco enlace.

Si Blair se ha refugiado finalmente en la contención de los impuestos para fortalecer su candidatura, por algo será. No tiene otra cosa de importancia que ofrecer, según todas apariencias.

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