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VIRUS ANTIDEMOCRÁTICOS
En todo Estado bien gobernado, la riqueza es cosa sagrada.
En las democracias, es la única cosa sagrada. QQuizás por ello tiene el Vaticano tal empeño en acumular riquezas, hasta el punto de ser actualmente el principal accionista del mundo, por delante de otros gobiernos, corporaciones, empresas o particulares. Pero ello no deja, en definitiva, de ser accesorio cuando de medir dernocracias se trata. Y de tal cosa es cuestión estos días de vinagre y bombas. El Papa, en su último libro, "Memoria e identidad", que acaba de ver la luz, se lamenta del estado actual del mundo, dominado por el mal, como demuestra para él la legal¡zación del aborto y de los niatrinionios de homosexuiles. Parece haber olvidado, sin embargo, el mal que supone el estado de la dernocracia, tin zarandeada y herida últimamente en el país que más alto la proclama. Y con la peor de las consecuencias: el mimetismo que provoca en el resto de, los países. Las continuas trasgresiones de las normas democráticas más esenciales, particularmente en las relaciones y coni porta m ientos interncionales, ha convertido en habitual por doquiera el saltarse a la torera todo límite estiblecido, siempre con la justificación de cualquier logro. Ello ha producido a fin de cuentas, en última instancia, una verdadera infantilización de la vida política, en especial en lo internacional. Se debe tal consecuencia, ante todo, a la degradación del nivel exigido a los responsables políticos y sus periféricos. Ahora, cualquiera de los infinitos necios de que hablaba Salomón puede ser congresista, responsable de relaciones públicas, informador e incluso presidente. No es de extrañar, así, que se haya dedicado tanto tiempo y atención a medir los minutos o segundos que el presidente George W. Bush dedicó a los líderes europeos durante su reciente visita a Bruselas. Políticos y periodistas se dedicaron sin rubor, convertidos en árbitros de boxeo, a contar los segundos de cada encuentro, olvidados de sus más altas funciones. Si eso no es degradar la democracia que venga Tocqueville y lo certifique. Como también lo es, pese a tratarse de asuntos de la realeza, el alboroto armado en torno a las circunstancias de la boda del príncipe Carlos con su querida Camille. ¿No tienen políticos y periodistas tareas mejores de las que ocuparse? ¿Qué sigue pasando en Guantánamo? ¿No sería más sano para la democracia e ilustrativo para todosm que se midiera el tiempo que allí llevan encerrados sin juicio centenares de inocentes o culpables de no se sabe muy bien que, en lugar de hacerle el conteo a los presidentes que se saludan? El número de discusiones y elucubraciones intrascentes que pueblan cada vez más nuestros parlamentos y rneclios informativos tienden al infinito, como los necios de Salomón. Pero que nadie se engañe: la cosa no es gratuita. Se trata precisamente de clegradar la democracia, de infantilizar y enturbiar cada vez más la vida y la cosa pública para mejor controlarla y condicionarla en beneficio propio. Un colectivo de idiotas es mucho más manejable que una comunidad de ciudadanos libres. Todo ello, por supuesto, con el objetivo final de acumular riquezas, como todo nos indica. Con el agravante actual de que quienes así actúan carecen del caletre suficiente para saber preservar no ya intreses de amigos y aliados sino incluso los suyos propios. Ahora es cuestión no sólo de salvaguardar y ampliar intereses petroleros y otros similares sino también de sanear las finanzas del gran país que a todos nos condiciona, cada vez más amenazadas por los desmedidos gastos, esencialmente militares, de la administración Bush. Cuando hasta un aliado tan fiel como Corea del Sur se permite dañar al dólar con ventas masivas de esa divisa por su Banco central, algo huele a podrido en Fort Knox. La guerra de Iraq se hizo en nombre de la democracia, para implantarla en el país invadido y defenderla en el resto del mundo. Convendría que los actuales dirigentes de Washington explicasen qué entienden por democrac ¡a, porque son legión ya quienes proclaman, con milones de iraquíes en cabeza, que si democracia es lo que los norteamericanos han llevado allí, mas vale que se la guarden pra ellos solitos. Al fin y al cabo, muy contentos parecen con ella. |