Internacional
Nº 637
21/2/2005
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¡POR FIN!

Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.
                                                                            
Albert Camus

La evidencia acaba por imponerse y mueve nuestros primeros pasos hacia una improbable salvación: el Protocolo de Kioto se ha puesto en marcha y nos obliga, en principio, a contener y reducir nuestras ansias contaminantes. Que, Estados Unidos, Australia, India y China no lo hayan ralificado no es nada tranquilizador, pero la firma de 141 países, entre e¡los los europeos, confirma que la Humanidad no esta tan decidida a suicidarse como a veces pueda parecer.

Será como aportar un pequeño balón de oxígeno a un canceroso con metástasis, pero no deja de ser reconfortante. Una importante porción de los humanos se ha dado cuenta de que de alguna forma hay que detener un proceso que nos lleva de cabeza a la autodestrucción, dejándonos sin aire respirable, sin pulmones boscosos, sin agua potable, con temperaturas cada vez mas altas y costas cada vez mas reducidas, amén de los enormes daños sufridos por las especies animales más irágiles y arnenazadas.

Quienes se niegan a sumarse a la iniciativa aducen razones varíopintas de todo calibre y dispares motivaciones, entre las que destaca por su cinismo la de Washington, que pretende así mejor proteger a sus industrias y ello a pesar de ser el principal país contaminante del mundo, con un 25 por ciento de las nefastas emanaciones tóxicas a la atmósfera. China y la India, como países en desarrollo, tienen más justificación, aunque no toda. Porque se trata ahora de uni aventura colectiva en la que nadie, resultará inocente.

Si las sequías e inundaciones se extienden por el planeta, si crece El rninistro, a la actividad sísmica mientras se derriten los polos, si incluso el eje terrestre se desplaza y las tierras emergidas disminuyen, ¿a quién pedir cuentas del desaguisado cuando ya no quede ser vivo en esta triste esfera?

Quienes llevan su cinismo hasta pretender que son despreciables movimientos como el que propició la firma del protocolo ya en vigor, gracias a la aprobación in extrernis de Rusia, no pueden ya disimular que están simplemente al servicio de grandes intereses industriales, esencialmente petroleros. Porque basta una rápida visión de la realidad para comprobar que los males que se pretende combatir tienen esencialmente su origen en el petróleo, con todo lo que ello conlleva, desde la propulsión de automóviles y aviones hasta la producción de plásticos. Tratar ahora de acabar con el petróleo es tarea ciclópea, si no imposible. Por mucho que se pretenda desarrollar la pa[111(c1,1 de las energías alternativas como la atornica, la solar o la eólica. Quienes controlan el petróleo no pueden menos que controlar el mundo.

El principal argumento de tales coriieos es que se exageran las amenazas al plineta, que durante milenios se produjeron catástrofes de dimensiones casi cósmicas sin la intervención de la mano del hombre. Falaz argumentación. Porque cierto es que la mecánica celestial no le ha ahorrado conmociones a nuestro planeta por iniciativa propia pero no menos cierto es que la tarea esencial de los humanos no es contribuir a esas nefastas actividades, sino precisamente el combatirlas en todo lo posible. La historia de la Humanidad lo demuestra, con su constante lucha contri las adversidades naturales con que se enfrenta. La paradoja actualmente es que a esas calamidades hay que agregar otras mucho peores, las provocadas por nosotros mismos.

¿No bastan ya las catástrotes naturales que por todas partes estamos viviendo, con el maremoto indonesio como paradigma, para que nos demos todos cuenta, por fin, de que algo nefasto esta sucediendo más allá de lo normilmente previsible por la condición y actividades propias de nuestro planeta azul? ¿Y tan ciegos estarán algunos como para poner por delante sus propios y romos intereses económicosfrente a la gravísima amenaza que a todos nos afecta? Claro que quienes así se manifiestan no son conocidos precisamente por su inteligencia y limpieza de ánimo.

Habrá que felicitarse, pese a todos los pesares, de que el Protocolo de Kioto se haya puesto en marcha. Que no se diga, si es que alguien queda para contarlo, que los humanos nos suicidamos en
píldoras bloque sin mover un dedo para impedirlo.

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