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SIN ARAFAT
Regresé de mi` retiro en el Este y subía los tejados a gritar que yo era palestino. Ya no estaba solo, escondido, avergonzado, amargado. Pertenecía a un pueblo que compartía labores y realizaciones con una comunidad de hombres y mujeres por todo el mundo, que, como ellos, luchaba para alzar la hoja que cubre la desnudez de la expresión imperialista. Fauaz Turki, escritor palestino de Haifa La pregunta de máxima actualidad en torno a Oriente Medio es ahora: ¿qué se va con Arafat, un problema o la mejor posibilidad de resolverlo? Para muchos israelíes, la respuesta es sencilla, están convencidos de que el veterano líder palestino no solo era un obstáculo en el camino hacia la paz, sino una barrera infranqueable para llegar a algún acuerdo. Del otro lado de la trinchera, junto a la admiración, el agradecimiento y la esperanza que inspira, coexistían enconadas rivalidades y desconfianzas. Sin embargo, en el ambiente general del mundo árabe y particularmente en Egipto, Yasir Arafat era un verdadero prohombre merecedor del máximo respeto cuya desaparición significará una verdadera conmoción no sólo entre los suyos, sino en todo el ámbito musulmán. Es indudable, sin embargo, que en Occidente se ve como una ventana de esperanza, sobre todo entre quienes lo consideraban implacable enemigo de lo europeo y norteamericano que oliera, aún de lejos, a imperialismo, rápidamente identificado con el sionisino tan aborrecido. Pero a semejantes a Sharon y los suyos, se les va esencialmente una cabeza de turco sin la cual ahora no les será tan fácil justificar excesos y represalias. Si se llegó a identificar a Arafat con el terrorismo palestino, ¿de qué se, echará mano en adelante para explicarlo desde Israel? No se acabará la rabia porque muera el perro, por supuesto. Y se verá entonces como ahora, que el dirigente de la Organización para la Liberación de Palestina no era el causante o inspirador de la gran mayoría de los feroces atentados que padecen los israelíes, sino que provienen de los sufrimientos y humillaciones que soporta desde hace decenios el pueblo palestino. Ello no quita para que la desaparición de Arafat haya supuesto un alivio y una auténtica satisfacción para Ariel Sharon, su viejo e implacable enemigo, que hasta el último momento procuró hacerle la vida imposible a su rival. Entre terroristas andaba el juego y semejante enfrentamiento mucho tuvo de choque personal entre activistas que hicieron de las bombas y las pistolas sus principales argumentos en ocasiones. No deja por ello de resultar sorprendente y paradójico que el viejo luchador palestino recibiera nada menos que el Premio Nobel de la Paz en 1994, junto al político israelí Yitzak Rabin, Aunque se trataba de una de cal y otra de arena en que la Fundación Nobel es una verdadera especialista, no por ello debe escandalizar la elección a quienes olvidaron que algo semejante se dio cuando fue Heriry Kissinger quien recibiera el mismo galardón a pesar de las insistentes sospechas, confirmadas años más tarde' de su intervención principal en la gestación de horrores como el golpe de Pinochet y la Operación Cóndor a principios de los 70. La figura
de Arafat tuvo siempre rnucho de contradictorio e inspiró por ello
tanto odio como amor, según las personas, los ámbitos y
las circunstancias históricas. Se llego a decir de él que
tenía mucho de ilusionista, que era capaz de hacer comulgar con
ruedas (le molino y hacer pasar por bueno lo malo, o viceversa, según
se tratara de amigos o en(,migos. Mucho tuvo que ver en ello sin duda
sus viejos hábitos de ocultación y engaño que se
impuso en los prolongados años de clandestinidad y exilio, tanto
en Argelia como en Egipto, y los duros años que se vio obligado
a vivir en su forzado refugio o reclusión en lo que acabaría
siendo su Es indudable,
sin embargo, que, pese a los esfuerzos de Israel para impedir que se le
venere pósturriamente, quedará en el recuerdo de los palestinos
como todo un símbolo de la resistencia y voluntad de supervivencia
de su pueblo. Aunque no se le enterrara en Jerusalén como hubiese
deseado, su tumba se erigirá sin duda de inmediato en lugar de
culto o veneración de los desheredados de Palestina, mas de 300.000
de los cuales nutren todavía las filas de refugiados y exiliados,
los más numerosos de¡ mundo después de los afganos.
Es algo que debería hacer reflexionar a quienes tienen de momento
en sus manos las riendas de los destinos del mundo. Con Arafat desaparece igualmente una de las últimas figuras del escenario político internacional, cada vez mas poblado de mediocres o anodinos que no por ello resultan menos peligrosos para la salud de la especie. ¿Un gran hombre? Pues sí, para lo mejor y para lo peor, según sea el color del cristal con que se mire. En cualquier caso, seguro que se le recordará durante mucho más tiempo y con mayor fervor que a su ventripotente antagonista Ariel Sharon. Por no hablar del número y condición de las víctimas que a cada uno puedan atribuirse. |