Internacional
Nº 623
8/11/2004
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UN MUNDO INFELIZ

 

Es cuando todos juegan sobre seguro cuando creamos un mundo de la máxima inseguridad

Dag Hammarskjöld

Sabía lo que decía el diplomático sueco muerto en extraño accidente de aviación cuando visitaba África como secretario general de las Naciones Unidas hace casi medio siglo. Se anticipaba así con gran visión a unos tiempos como los nuestros, en que un presidente norteamericano nos ha sumido a todos en la zozobra y la inseguridad del terrorismo internacional, particularmente el islamista.

Millones de sus compatriotas le han creído, hasta el punto de reelegirlo para otros cuatro años en la Casa Blanca a pesar del cúmulo de engañifas y maniobras de todo tipo que han caracterizado su primer cuatrienio y también a pesar del hecho terrible e indiscutible de haber estado presidiendo su país en el momento del peor atentado de la historia y de no saber siquiera dónde se encuentra años después el responsable de la agresión. ¿Puede un jefe así garantizarle a su pueblo seguridad?. Pues parece que millones de norteamericanos están convencidos de ello.

Como demuestran ignorar o menospreciar al mismo tiempo que su deteriorado déficit nacional se debe sobre todo, según todas las pariencias, a desmesurados gastos militaes sin precedentes so pretexto de una guera y unas amenazas internacionales inventadas o exageradas hasta el extremo, que le han costado ya el debilitamiento de sus relaciones con numerosos e importantes países, esencialmente europeos como Francia y Alemania. Y ello hasta el punto de haber llevado a algunos especialistas a proclamar que a Bush le han bastado cuatro años para echar por tierra dos siglos de política internacional norteamericana.

Pero lo peor es muy probablemente, en lo que toca a la paz y seguridad del mundo, lo que la actual administración de Washington ha hecho y deshecho en materia de respeto de los derechos humanos y de los tratados y acuerdos internacionales, así como del papel que deben jugar las Naciones Unidas. Todo lo cual ha contribuido en conjunto a deteriorar como nunca la imagen y reputación del país tanto en el exterior como en los círculos más instruidos y mejor informados del propio Estados Unidos, que no por casualidad eran en gran medida partidarios del aspirante demócrata John F. Kerry en las últimas elecciones.

Se trata ahora de saber si George W. Bush seguirá por el mismo camino, acentuando incluso sus malas maneras y peores inclinaciones, o si, por el contrario, hará buena la afirmaci0n de que los segundos mandatos presidenciales atenúan y suavizan los posibies excesos del primero. Difícil cosa será porque halcones como los Cheney, Rumsfeld o Rice no se convierten de la noche a la mañana en dulces e inofensivas palomas. Muy al contrario, la legitimación en las urnas suele abrirles aún más el apetito.

Tanto más cuanto que los últimos comicios han sido aclamados por muchas almas cándidas como un verdadero canto a la democracia, exaltada y refrendada por la limpieza" y amplia participación del electorado, sin precedentes desde los tiempos del duelo Kennedy-Nixon. Es dudoso, sin embargo, que e¡ sistema electoral estadounidense haya salido muy reforzado de su última puesta a prueba, cuando han planeado sobre él desde el comienzo todo tipo de sospechas y críticas, tanto por los medios utilizados como por las anomalías registradas, como la desaparición de más de 60.000 votos emitidos por correo en Florida. Tan es así que se ha llegado en algunos cados a poner a Estados Unidos a nivel y aún por debajo de países tercemundistas conocidos por sus irregularidades electorales.

En cualquier caso, sea cual fuere el camino elegido por Bush en los días, meses y años venideros, las principales cancillerías del mundo se aprestan a verlas venir en estado de máxima alerta, en particular países como Corea del Norte e Irán, eventuales objetivos suplentes de Iraq en la desmedida carrera belicista norteamericana. Tampoco las tienen del todo consigo los proclamados aliados que, como España y algunos latinoamericanos, se mostraron tibios o incluso desobedientes a la hora de dar el
reclamado apoyo a Es tados Unidos en la ocupación de Iraq. El mundo de las represalias está lleno de sutilezas.

No hará falta recurrir a profetas y visionarios, bíblicos o profanos, para predecir que nos esperan días no precisamente de vino y ro sas sino de violencia y destruc ción para mayor beneficio, que no gloria, de un puñado de magnates más o menos ocultos que manejan a placer los hilos de las marionetas económicas, políticas y militares del mundo. Entre las cuales, por supuesto, destaca con renovados
bríos George W. Bush. En el horizonte cada vez menos lejano apuntan los grandes males de nuestra época agravados por los insaciables devoradores de riquezas de todo tipo, desde las estrictamente ecológicas hasta las que pueden traducirse en dólares contantes y sonantes.

¿Estaremos en puertas del fin del mundo, como ¡levan años pronosticando algunos augures de mal agüero? Nada tendría de extraño, sobre todo si se tiene en cuenta que, cuando hablan del mundo, se refieren estrictamente al nuestro. Es decir, al que preside ahora con renovados bríos George W. Bush.

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