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El que se mueva no sale en la foto Es común en la opinión pública que dentro delos partidos políticos no existe libertad de expresión. 0 sea que los militantes, y qué decir tiene de los cargos públicos, de un partido no pueden manifestar públicamente las opiniones, me refiero a las discrepantes, que puedan tenerse sobre las actuaciones del mando, o divergentes de sus opiniones. Lo que se lleva mal con la función constitucional de los partidos políticos en cuanto concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular, debiendo ser democrático su funcionamiento interno. Que no pueda discreparse de las esencias que configuran a un partido como tal es obvio, porque entonces lo que sucede es que si no se participa del credo el militante está abandonando voluntariamente de forma implícita su militancia. Que no se pueda discrepar de¡ contenido de los programas electorales resulta también obvio, porque se aprueban por los órganos legítimos de los partidos, y lo que hay que hay que hacer es, precisamente, defenderlos y no criticarlos. Otra cosa bien distinta es la llamada democracia interna que da lugar a la formación de esos órganos legítimos, que suele ser piebiscitaria: elegido el que manda se acabó la discusión. A lo más cabe expresarse críticamente a puerta cerrada en los órganos de control interno -por cierto el control interno nunca llega a los euros-. Se usa esa vieja frase de los trapos sucios se lavan en casa. Pero una de las esencias de la libertad de expresión no es que uno pueda decir lo que quiera, sino que lo pueda comunicar. Mal se podrá, de otro modo, concurrir a la formación de la voluntad popular. ¿Alguien se imagina un Parlamento cuyas sesiones fueran siempre a puerta cerrada, sin público, sin diario de sesiones, sin prensa? Hasta ahora hemos hablado del ideario y de los programas, pero el hermetismo exigido se extiende a cualquier comportamiento o pensamiento del mando. Es que esto es como una gran familia, se dice. Nadie en una familia hace críticas de casa fuera. Lo primero es que no es una familia, al menos en la acepción constitucional de la familia y los partidos políticos. Y lo segundo que un partido político son también esa cosa llamada la base. Pensad por un momento que los debates internos de los órganos de los partidos pudieran ser conocidos por los afiliados y simpatizantes, por qué no en directo -medios técnicos hay para ello- por los militantes. La férrea disciplina empieza por el corte en la libertad de expresión, quiero decir de comunicación. Aunque en cuanto al ideario base e incluso sobre los programas sí que se permite la crítica. Se deja opinar sobre la teorética del socialismo, del liberalismo, sobre la OTAN, sobre la vivienda, sobre los impuestos. Pero cuando se trata de decir que fulano dirigente- ha hecho algo mal se produce el total cierre de compuertas. Que da lugar a la expulsión automática, al ostracismo, al ninguneo o al olvido para las siguientes elecciones. No hay mejor forma de ocultar la incompetencia o los errores que ignorarlos. Evidentemente, dentro de un partido político se requiere disciplina interna, pero otra cosa bien distinta es la disciplina militar. Disciplina sí para defender aquello en que uno ha participado o podido hacerlo, otra cosa es la condena a la mudez o a hablar a nadie. Se plantean siempre cuestiones recurrentes, de las que ya hemos hablado otras veces en estas mismas páginas: la selección de los candidatos, la selección de los militantes. la negación generalizada de la libertad de expresión, léase comunicación, se convierte en un instrumento de control y sumisión. Para poder decidir es necesario pensar, para discurrir y formar criterio son necesarias ideas en libre concurrencia. Mangas y capirote, por Joaquín Leguina |