Nº 576
3/11/2003

 

Por el cambio

Los recientes sucesos en la Comunidad de Madrid nos inducen a una lectura de los hechos electorales que no es nueva ni única. Ganar por poco, perder por poco. Ahora se muestra de forma rotunda, porque se ha producido una repetición de las elecciones en un plazo de sólo cinco meses. Los programas electorales deben ser los mismos, el electorado es prácticamente el mismo, la campaña poco más o menos igual y la participación no ha variado gran cosa. En la primera ocasión, unos ganan por poco y otros pierden por poco. En la segunda, los unos pierden por poco y los otros ganan por poco. Lo que nos lleva a la reflexión que las fuerzas están muy, pero que muy, equilibradas. Y puestos a elucubrar, podríamos pensar que si hubiera que repetir las elecciones otra vez, puede que las tornas cambiaran de nuevo, pero siempre dentro del por poco o, incluso, por poquito. De aquí que deba mos aplicar una dosis importante de factor suerte para llegar a quién corresponderá la formación de gobierno. Es cierto que la legitimidad democrática requiere reglas aritméticas para su adecuada práctica. Una cosa se aprueba si votan a favor más que en contra, lo que es así normalmente. A veces se requiere la mitad

más algo para formar mayoría. Pero lo que no puede ser es que se subordine la democracia a la matemática. Esto que debería ser aun en los casos de obtención de mayorías abrumadoras se hace más patente en los casos de empates reales. Desgraciadamente, el entendimiento por medio de consenso, transigiendo, llegando a acuerdos con la adecuada medida de fuerzas de cada uno es algo que se olvida con demasiada frecuencia por todos. Por un lado, las acciones de gobierno y las normas deben tener vocación de futuro y no estar sujetas a los avatares de las mudanzas del cambio político, por otro el cumplimiento de las leyes requiere para su eficaz realización que se digieran voluntariamente, siendo aceptadas por la generalidad de la ciudadanía. Desgraciadamente, estamos demasiado acostumbrados a ver cómo la voluntad se ¡mpone con o sin razón. Cómo alguno hace leitmotiv de verdaderas tonterías. Cómo se rechazan buenas iniciativas por el único motivo de habérsele ocurrido a otro.

Bueno sería que se ex¡giesen para el común de los asuntos mayorías reforzadas. No vale alegar que las señorías faltan a las sesiones o tienen otras actividades políticas, porque para eso está la delegación de voto, que está expulsada de la vida parlamentaria de forma absolutamente hipócrita. Porque, a la hora de la verdad, la mera presencia física es una solemne tontería. De hecho, se delega el voto en la decisión que adopte el portavoz del grupo, sin tener ni idea de qué va la cosa. 0 el caso de sustituciones de parlamentarios en las comisiones.

Solemos percibir la problemática de las mayorías minorías en la actividad parlamentaria, pero nos olvidamos de otro elemento fundamental en la actividad pública, cual es la acción de la Administración. Aquí no existe participación a diario de quien no es gobierno -me niego a decir oposición. Existe en nuestra vida pública un ejemplo bien distinto de otra manera de proceder, los ayuntamientos y diputaciones, donde casi todos los asuntos de gobierno pasan por el filtro de las comisiones informativas integradas por todas las fuerzas políticas. Este sistema de gobierno, llamado convencional por ser el propio de la Convención en que no existe separación entre ejecutivo y legislativo, tiene mala fama por su paralelo histórico que fue el Terror, pero que no empece su funciona¡¡dad real. De igual forma, sería interesante recobrar la crítica -además de en todosobre nuestro sistema parlamentario, funcionalmente absurdo y proveniente de la historia avatárica de Gran Bretaña.

En fin, lo que importa es que deben desmitificarse las reglas del juego, que son eso, reglas, e intentar profundizar en la búsqueda constante de la mayor legitimidad posible.

El parto de los montes, por Joquín Leguina

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