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Entre las múltiples virtudes que tiene el tener muchos amigos está el que se puede seguir teniendo contacto con el mundo -no así con el demonio ni la carne- aunque cuando uno esté retirado al Subiaco, de afanes, mundanos la postre, absorbido en unas obras absorbentes, y transcendentes para mi bolsillo, egipcias en tamaño -así se me ofrecen-: y también ocupado en nimiedad de detalles nimios, que llenan ocupan todo mi tiempo, en medio de la estepa, conocida en geografía como meseta castellana, dura para unos, fértil de espíritu para otros, desértica para los vulgares por su realismo~-~ mar de mieses (alguna primavera) para los grandes en su ilusión-, estepa, conocida en geografía como meseta castellana. A través de los amigos sé lo que está pasando. Algún periódico también me lo dice. las noticias me llegan con retraso, y los escritos que envío tal vez gocen posiblemente de la misma falta de novedad. Me entero, así, de que puede que entremos en guerra. ¿Guerra? ¡Sí! Guerra. Mi reacción inmediata fue: si los portugueses no nos han hecho nada; a los franceses les damos igual, por pobres; los marroquíes nos invaden lentamente, como esas islas Aleutianas que se hunden, poco a poco, en el océano. Inmediatamente mi amigo Antonio me sacó de la torpeza de mi error: no seremos nosotros quienes tomemos las armas, sino que serán los Estados Unidos de América -me precisa-, los que no son ni Canadá, ni México, ni Venezuela, ni Brasil, ni Argentina -para hacerlo más corto, los USA que no son Canadá-. Añade Antonio que puede que no llegue a haber conflagración bélica, pero que, en cualquier caso, el Gobierno de España apoya la intervención armada. ¡Y de manis! Sabe Dios -mejor Alál- que habrá ocurrido cuando alguien lea esto, en estos tiempos tan dados a la mudanza. Pero lo que me resulta sorprendente es que según una encuesta, aparecida en un reputado -sobre todo antesperiódico, están en contra de la "war" nada menos que el 83,8% de los votantes del PP y sólo a favor un 6,4% (por muy malo que fuera el sondeo, las cifras son tan abultadas que, aplicándoles el margen de error que se quiera, son reveladoras). Y aquí viene, entonces, la cuestión de confianza. Si confiar es tener fe en lo que hace otro, si fe es creer lo que no se percibe, resulta que si se percibe que la mayoría, abrumadora, de los votantes del PP no quiere una guerra, evidentemente la mayoría de los votantes del PP no tiene confianza en el Gobierno. Se da una de las grandes paradojas de la democracia. los mandatos limitados en el tiempo de los gobernantes significan un sano control del poder; pero, por otro lado, hacen desaparecer la responsabilidad ante el electorado, porque éste no podrá negar la confianza en las siguientes elecciones. la confianza es un elemento esencial en la democracia representativa. Se elige a alguien porque se confía en él. En nuestro sistema presidencialista -quién dijo parlamentario- se vota cuasi directamente al presidente del Gobierno (y recuerdo que en USA el sufragio también es indirecto). La conclusión, hoy por hoy, aparece clara. Puede, bien es cierto, que cuando concluyan estos eventos marcianos -me refiero al dios, no al planeta- cambien las tornas, y la desconfianza actual se traduzca en aplauso, incluso con clamorosa petición de bis. la conclusión en clave sucesoria es simple. la confianza podrá depositarse en una persona a quien no se pueda reprobar, por estar ajeno a la posición española en el conflicto. A alguien que no participe en el Gobierno. Tal y como está el tinglado y la carrera, se me aparecen dos nombres, sólo dos, y nada más que dos: Mayor Oreja o RuizGallardón. Veremos. |