Nº 544
24/2/2003

 

Candidatos

Para el que sea ajeno a la trastienda de las faenas electorales, es decir la mayoría de los españoles, estos tres meses que faltan para las elecciones locales y autonómicas no pasan de ser un tiempo normal, políticamente hablando. Sin embargo es en estas fechas cuando la maquinaria de los partidos políticos está chirriando porque actúa a rendimiento forzado. Se está gestando la operación más compleja de la mecánica electoral. la selección de los candidatos.

En unas elecciones generales esta tarea es sencilla porque son relativamente escasos los puestos a cubrir por circunscripción y las listas a presentar al proceso electoral son pocas y cortas. Una por provincia para el Senado con tres nombres y otra para el Congreso con entre tres y treinta y tantos, según la población. Pero en estas elecciones que nos esperan en mayo la cosa es mucho, muchísimo más complicada. la dificultad no viene de las autonómicas, sino de las locales. En España existen en torno a 8.000 ayuntamientos ‑de los 17 de Cádiz a los, alrededor de 350 de Burgos‑, con una media, tirando por bajo, de unos siete concejales, incluido el alcalde, por municipio. Que se traduce en un cuerpo dirigente municipal de unas 60.000 personas, pero ya elegidas. Para lo que harán falta más del doble de candidatos, o sea, más de 120.000 personas. Una barbaridad.

El número de municipios en España es un disparate, y como tantos otros, es un error histórico. la historia se remonta al articulo 310 de la Constitución de Cádiz que dispuso que se constituyeran ayuntamientos en los pueblos que por sí o con su comarca tuvieran mil almas, cuando en el Antiguo Régimen no llegaban al 5% de los actuales. Posiblemente ahí arranca el principio de los males del régimen local español.

 Ahora no es el momento de llorar por el municipalismo español, siempre corto en medios y lleno de contradicciones, pero sí de analizar la dificultad de la selección de los candidatos. Tan es así que muchas Veces, literalmente, no hay candidatos. El caso de la elaboración de las listas del PP y del PSOE para las municipales en el País Vasco que deben ser completadas con personas que nada tienen que ver con esos lugares no es un fenómeno aislado. Cada vez se generaliza más. las razones no son, por supuesto, las mismas. No es negativa a participar por coacción, sino por desinterés. Y es perfectamente comprensible. Porque se pasa del ni agradecido ni pagado a, también, maltratado. Está ocurriendo algo similar a lo que pasa con las comunidades de vecinos -no en balde un ayuntamiento es una comunidad a lo grande-.

De aquí que se vaya extendiendo atribuir remuneraciones, sueldos, gastos a los puestos electivos, que a fuer de razonable, lleva consigo su perversidad. Ya que se tiende a la profesionalización, pura y lisa, de la política. Que conduce a una especie de mandarinato, y sin especie, y sin oposiciones previas. Para cuyo acceso se va requiriendo, cada vez más, un nuevo tercer voto más amplio y más hondo que el eclesiástico y el castrense. Que, a su vez, rechaza nuevas y frescas incorporaciones foráneas.

El remedio, complicado. Se me ocurre que podríamos acudir a viejas instituciones como era el servicio militar obligatorio. Cuyo fundamento estribaba en la necesidad de enormes efectivos, la falta de recursos para remunerarlos y la conciencia de patria ciudadana. Partiendo de que las elecciones deben ser esencialmente disputadas, toda persona española debería obligatoriamente, al menos una vez en su vida, ofrecerse a un partido político ‑serio‑ para figurar en sus listas. Recíprocamente, nadie podría repetir en un puesto, salvo casos excepcionales, que, por otra parte son de sencilla determinación y verificación. Claro que habría que hacer más cosas y que los males son más en cantidad y tamaño. También es cierto que predico salvar un mal con otro mal, es por la impotencia de curar la enfermedad. Pero aquí el remedio podía no ser demasiado malo. 0

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