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Nº 664
3/10/2005

 

Historia y gobernantes

A la hora de elegir entre un gobernante y otro hay quien piensa, posibleA mente con el convencimiento que da la experiencia, que da exactamente igual quién gobierne. Todo sigue igual, los cambios se operan por la fuerza de las cosas, esté quien esté. Nadie es imprescindible. Todos son igual de listos o igual de tontos. Lo importante, entonces, es que uno sea menos malo que otro. Las elecciones nunca se ganan, las elecciones se pierden. De aquí a la abstención generalizada hay un paso corto, que se rompe por la necesidad de, literalmente, echar al de turno. A lo más se aprecia a alguno por ser hábil, por tener la pillería de saber sortear una situación complicada. Lo que normalmente tampoco ocurre. Se ha llegado al punto de reducir un buen Gobierno a aquel que es capaz de enfrentarse con rigor a una situación de crisis, un desastre natural, un suceso inesperado. Y es así porque observamos que ante una catástrofe o imprevisto la respuesta es desastrosa, peor aún, luego no se asumen las responsabilidades, ni se depuran. Para ilustrarlo una anécdota. Hace muchísimo tiempo me comentó Aznar que le dijo en cierta ocasión Pujo¡ -palabra arriba, palabra abajoque un gobernante tenía que hacer cuanto menos mejor, así corría menos riesgo de equivocarse. Es la mezquina visión de estar y permanecer, no de hacer. Ese pensamiento de resignación no es sólo propio M ciudadano llano, sino también del gobernante, que no en balde también es un ciudadano llano. Así, a la hora de formar gobierno da igual a quién se pone en cada sitio, y da igual que haga una gestión mala o buena. Se trata de algo que podríamos llamar el síndrorne Franco. Marcar la distancia del poder para que no se les pueda ver de cerca.

Sin embargo, la historia nos enseña, la de otros países por supuesto, que este estado de las cosas, denostada y vacía palabra donde las haya pero en esta expresión de conteni
do bien preciso, no ocurre siempre. De vez en cuando aparece un fenómeno excepcional que sí que es diferente a los demás, que sí que provoca el cambio, que sí que da lugar a avances, que sí hace historia. Alguien con ideas claras, nuevas, brillantes, eficaces y con voluntad de hacerlas realidad y de la manera en que se puede llevar cabo. Que, además, ocurre en el momento en que una extraña conjunción astral permite plasmarlo en la práctica.

En España, desgraciadamente, nunca hemos tenido una figura como Napoleón (el mejor organizador del Estado), ni encarnado en una persona ni distribuidos sus componentes entre varios. Cuando dentro de cien anos se escriban los libros de la historia reciente, ¿cree alguien que alguno de nuestros premieres -Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar, Rodríguez- será enseñado y recordado por los escolares del mañana? Con seguridad, no. Quien más se acercó, posiblemente, a las páginas del buen recuerdo fue Felipe González. Tenía, es de suponer que lo mantiene, unas dotes absolutamente excepcionales de comunicación. lo que le permitía hacer en positivo lo que quisiera y disculpar lo indecible. Desgraciadamente usó sus talentos sobre todo con Kohl y no en casa. Aunque el fruto fue enorme. Los fondos comunitarios pudieron transformar España.

El panorama que se nos aparece no es particularmente halagüeño. Es singularmente pobretón. No hay ni ideas, ni personas, o el pesimismo me impide verlo. Pero, desde luego, no me conformo.

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