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Historia
y gobernantes
A
la
hora de elegir entre un gobernante y otro hay quien piensa, posibleA mente
con el convencimiento que da la experiencia, que da exactamente igual
quién gobierne. Todo sigue igual, los cambios se operan por la
fuerza de las cosas, esté quien esté. Nadie es imprescindible.
Todos son igual de listos o igual de tontos. Lo importante, entonces,
es que uno sea menos malo que otro. Las elecciones nunca se ganan, las
elecciones se pierden. De aquí a la abstención generalizada
hay un paso corto, que se rompe por la necesidad de, literalmente, echar
al de turno. A lo más se aprecia a alguno por ser hábil,
por tener la pillería de saber sortear una situación complicada.
Lo que normalmente tampoco ocurre. Se ha llegado al punto de reducir un
buen Gobierno a aquel que es capaz de enfrentarse con rigor a una situación
de crisis, un desastre natural, un suceso inesperado. Y es así
porque observamos que ante una catástrofe o imprevisto la respuesta
es desastrosa, peor aún, luego no se asumen las responsabilidades,
ni se depuran. Para ilustrarlo una anécdota. Hace muchísimo
tiempo me comentó Aznar que le dijo en cierta ocasión Pujo¡
-palabra arriba, palabra abajoque un gobernante tenía que hacer
cuanto menos mejor, así corría menos riesgo de equivocarse.
Es la mezquina visión de estar y permanecer, no de hacer. Ese pensamiento
de resignación no es sólo propio M ciudadano llano, sino
también del gobernante, que no en balde también es un ciudadano
llano.
Así, a la hora de formar gobierno da igual a quién se pone
en cada sitio, y da igual que haga una gestión mala o buena. Se
trata de algo que podríamos llamar el síndrorne Franco.
Marcar la distancia del poder para que no se les pueda ver de cerca.
Sin embargo, la historia nos enseña, la de otros países
por supuesto, que este estado de las cosas, denostada y vacía palabra
donde las haya pero en esta expresión de contenido
bien preciso, no ocurre siempre. De vez en cuando aparece un fenómeno
excepcional que sí que es diferente a los demás, que sí
que provoca el cambio, que sí que da lugar a avances, que sí
hace historia. Alguien con ideas claras, nuevas, brillantes, eficaces
y con voluntad de hacerlas realidad y de la manera en que se puede llevar
cabo. Que, además, ocurre en el momento en que una extraña
conjunción astral permite plasmarlo en la práctica.
En España, desgraciadamente, nunca hemos tenido una figura como
Napoleón (el mejor organizador del Estado), ni encarnado en una
persona ni distribuidos sus componentes entre varios. Cuando dentro de
cien anos se escriban los libros de la historia reciente, ¿cree
alguien que alguno de nuestros premieres -Suárez, Calvo-Sotelo,
González, Aznar, Rodríguez- será enseñado
y recordado por los escolares del mañana? Con seguridad, no. Quien
más se acercó, posiblemente, a las páginas del buen
recuerdo fue Felipe González. Tenía, es de suponer que lo
mantiene, unas dotes absolutamente excepcionales de comunicación.
lo que le permitía hacer en positivo lo que quisiera y disculpar
lo indecible. Desgraciadamente usó sus talentos sobre todo con
Kohl y no en casa. Aunque el fruto fue enorme. Los fondos comunitarios
pudieron transformar España.
El panorama que se nos aparece no es particularmente halagüeño.
Es singularmente pobretón. No hay ni ideas, ni personas, o el pesimismo
me impide verlo. Pero, desde luego, no me conformo.
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