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Nº 612
19/7/2004

 

Gobernar en minoría

En los tiempos curiosos recientes que vivimos, sin discernir si el evento es malo o bueno, nos encontrarios con posibles pactos que, ya fueren parlamentarios o de gobierno entre partidos que se casan en nada, ya fuere cual fuere la afinidad o el desencuentro, persiguen sólo y eclusivamente hacer cómoda la andadura parlamentaria. En este país, llamado en el extranjero España -cuyo habitual lenguaje en el extranjero, por supuesto, se conoce por español- se vive una realidad paranoica de creer que lo que es no es y viceversa. Resulta que aquí y desde el 89 las mayorías absolutas, apahullantes, son imposibles (aparte del fenómeno estrafalario de lo de 2000), los que mayoritariamente acaparan el espectro político, con muchas más afinidades que diferencias son dos y sólo dos, en cristiano el PP y el PSOE (por orden alfabético), y se tienen que poner en manos de unos terceros que como poco hemos de calificar de estrafalarios. Y a tragar y a tragar, parece la convivencia de los besugos, que además de hablar parece que dialogan entre ellos.

Hace unos días el montaraz, en el decir de algunos, presidente de Extremadura dijo de nuevo -lo de volver no es por él, sino porque sesudos de todos los tiempos ante dijeron- que la representación nacional sólo puech, incumbir a los pirticlos nacionales. Tiene razón. Cómo es que el Código Civil de aplicación en toda España admitámoslo, al menos, como accidente geográfico- se modifica por quienes ni lo aplican ni quieren representar a la soberanía nacional. Sin embargo y en aras de la gobernabilidad de una cosa llamada patria antes y ahora conglomerado de pleistocénicos pueblos, es necesario comprenderlo, respetarlo y aceptarlo como hecho histórico antinatura de la Historia. Es ridículo eso de quítate tú que ahora me pongo yo, sin ambajes ni complejos. Porque aquí hay dos mayoritarios y sólo dos. Qué mejor que se pongan de acuerdo los dos, sin necesidad de acudir e implorar y rogar a los esporádicos distintos -sin emplear términos peyorativos y de uso común en todas las calles de este conglomerado de diferentes pueblos que sienten igual, comen a la misma hora, les gustan las mismas cosas y usan los mismos tacos-.

El Gobierno en minoría no es imposible. Es fácil. Basta con acudir a los muchísimos ayuntamientos de España accidente geográfico, histórico y cultural- en que así sucede. La diferencia con el gobierno nacional, si llamarse con tal rimbombante aunque descriptivo nombre puede, es que en la localidad pequeña si no se hace en las condiciones populares les corren a gorrazos. En definitiva, por qué contar con la fantasía de abracadabra si se puede hacer con la realidad de la tía María.

Resulta estremecedor mirar o ver o contemplar los telediarios repletos de rostros circunspectos de quienes el pueblo mayoritario soberano llama a entenderse, que se lanzan en brazos de ideas disparatadas pero que piensan -¿?_ que les sostienen en el sillón. Los apoyos circunstanciales son efímeros. Un marciano que aquí llegara se preguntaría enseguida como estos terrícolas españoles -perdón por lo de la visión a larga distancia en el espacio y en el tiempo- se ajuntan con quien más les separa y no quien más les junta. Indescriptible.

Lo curioso del asunto, si tienes ocasión de vivirlo y no se la deseo a fuer de ser educativamente provechoso, es que el normal de los mortales españoles, sea cual sea el icento de su habla, son, literalmente, parecidos, no en poco sino en mucho.

Gobernar en minoría se puede, los incontrovertibles hechos de la realidad son apabullantes, aunque de forma curiosa y estúpida nunca son de los dos mayoritarios, sino de uno de ellos y un tercero, que por lo menos es rarito. La razón, la primera y fundamental es que lo que importa es el futuro, el del gobierno de turno, es decir, que a la siguiente a ver si puedo gobernar yo solo con la suficiente mayoría para hacer lo que se me venga en gana. Falaz acontecimiento mental. La realidad demuestra incontestablemente que los más quieren lo mismo, o sea, que el voto no cambia. Gobierna bien y no mires a quién, dijo el pueblo en su sabiduría imperecedera. Lo que significa que hay que hacer aquello que quieren los mas. Es casi un problema matemático elemental. No es cuestión de sojuzgar, sino de, racionalizar. Hay que ser conscientes de que la razón no existe, aunque duela. Tengamos, al menos, esperanza.

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