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La
inteligencia española
Nunca
he sabido por qué a los servicios secretos se les llama inteligencia.
Puede que porque deben informarse sin que se entere el observado, Pero
no me refiero a eso, sino a la inteligencia en su sentido clásico,
la inteligencia de los españoles.
Hace unos meses quisimos contratar en mi despacho a una persona para realizar
un trabajo de secretaría. Anuncio por palabras y sin resaltar en
prensa. Más de 200 cartas de candidatos. Casi todos titulados superiores.
Casi todos con idiomas. Casi todos con experiencia. Todo con informática.
En la recíproca no voy a poner el ejemplo archiconocido del fontanero,
sino el tópico del buen investigador. Estos ejemplos flotan en
el común de la opinión y los poderes públicos. Que
si es necesario fomentar la formación profesional, las carreras
medias, la formación permanente...
Ahora se tratade incidir en algo que pasa desapercibido. lo comentábamos
en las comidas que soemos tener el de la página de al lado, Baquedano
y yo. El abogado detective, con su sagacidad habitual, propia del sentido
común despierto, nos sugirió una idea, brillante como casi
siempre, que paso a relatar.
Nos lamentamos siempre de las bajas cotas de investigación y desarrollo
en España, de las pocas patentes registradas. No os dais cuenta
-decía- de que las personas capacitadas para desarrollar el país
son menos aquí que en los países más avanzados. Bueno,
respondimos, la explicación es muy sencilla: muchas buenas cabezas
se van fuera porque no pueden trabajar aquí. No, hay un mal mucho
más profundo y de muy complejo arreglo. ¿Cómo es
posible que para estudiar, verbigracia, fisioterapia se exija una de las
más altas calificaciones en selectividad -lo cierto es sé
si sigue existiendo- o similar filtro, y no para cursar química
o física? ¿Cómo es posible que sea más difícil
ser notario que juez? ¿Cómo es posible que casi nadie permanezca
en la Universidad para investigar? Aparte de la causa, se produce una
consecuencia clara: que la inteligencia no se emplea de la manera más
adecuada. Es imposible que el porcentaje de buenas cabezas sea menos aquí
que en Estados Unidos, Alemania o el Reino Unido, lo que pasa es que se
utilizan mal. Y vino con la explicación. Es absurdo que unas profesiones
estén estúpidamente bien retribuidas y otras absurdamente
mal pagadas. Al ser el mal histórico, resulta que el coste de pasar
a una buena, o aunque sólo sea a una menos mala, gestión
de la inteligencia es enorme. Porque se arrastra el precio de asimilación
de lo que ya existe. Los jóvenes a la hora de decidir su futuro
piensan, normalmente, aparte de los casos supervocacionales, en una buena
y estable ganancia del pan. Entonces la estructura social distorsiona
la función social de la inteligencia. Brillante.
No se quedó aquí Baquedano. Resulta que para ejercer la
medicina hacen falta seis años de carrera, examen MIR, residencias
y especialización, pero para llevar un pleito en el Tribunal Supremo
basta con una licenciatura de cuatro años. Otra vez su respuesta
apaullante: con la salud no se admiten juegos. Y así siguió
la sobremesa, arreglando el país. Estoy deseando otro almuerzo
con los mismos comensales.
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