Nº 600
26/4/2004

 

La inteligencia española

Nunca he sabido por qué a los servicios secretos se les llama inteligencia. Puede que porque deben informarse sin que se entere el observado, Pero no me refiero a eso, sino a la inteligencia en su sentido clásico, la inteligencia de los españoles.

Hace unos meses quisimos contratar en mi despacho a una persona para realizar un trabajo de secretaría. Anuncio por palabras y sin resaltar en prensa. Más de 200 cartas de candidatos. Casi todos titulados superiores. Casi todos con idiomas. Casi todos con experiencia. Todo con informática. En la recíproca no voy a poner el ejemplo archiconocido del fontanero, sino el tópico del buen investigador. Estos ejemplos flotan en el común de la opinión y los poderes públicos. Que si es necesario fomentar la formación profesional, las carreras medias, la formación permanente...

Ahora se tratade incidir en algo que pasa desapercibido. lo comentábamos en las comidas que soemos tener el de la página de al lado, Baquedano y yo. El abogado detective, con su sagacidad habitual, propia del sentido común despierto, nos sugirió una idea, brillante como casi siempre, que paso a relatar.

Nos lamentamos siempre de las bajas cotas de investigación y desarrollo en España, de las pocas patentes registradas. No os dais cuenta -decía- de que las personas capacitadas para desarrollar el país son menos aquí que en los países más avanzados. Bueno, respondimos, la explicación es muy sencilla: muchas buenas cabezas se van fuera porque no pueden trabajar aquí. No, hay un mal mucho más profundo y de muy complejo arreglo. ¿Cómo es posible que para estudiar, verbigracia, fisioterapia se exija una de las más altas calificaciones en selectividad -lo cierto es sé si sigue existiendo- o similar filtro, y no para cursar química o física? ¿Cómo es posible que sea más difícil ser notario que juez? ¿Cómo es posible que casi nadie permanezca en la Universidad para investigar? Aparte de la causa, se produce una consecuencia clara: que la inteligencia no se emplea de la manera más adecuada. Es imposible que el porcentaje de buenas cabezas sea menos aquí que en Estados Unidos, Alemania o el Reino Unido, lo que pasa es que se utilizan mal. Y vino con la explicación. Es absurdo que unas profesiones estén estúpidamente bien retribuidas y otras absurdamente mal pagadas. Al ser el mal histórico, resulta que el coste de pasar a una buena, o aunque sólo sea a una menos mala, gestión de la inteligencia es enorme. Porque se arrastra el precio de asimilación de lo que ya existe. Los jóvenes a la hora de decidir su futuro piensan, normalmente, aparte de los casos supervocacionales, en una buena y estable ganancia del pan. Entonces la estructura social distorsiona la función social de la inteligencia. Brillante.

No se quedó aquí Baquedano. Resulta que para ejercer la medicina hacen falta seis años de carrera, examen MIR, residencias y especialización, pero para llevar un pleito en el Tribunal Supremo basta con una licenciatura de cuatro años. Otra vez su respuesta apaullante: con la salud no se admiten juegos. Y así siguió la sobremesa, arreglando el país. Estoy deseando otro almuerzo con los mismos comensales.

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