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Pograma, pograma, pograma Me dice un amigo, que es candidato a las próximas elecciones generales, y que no es el de la página de al lado -también amigo y candidato-, que la campaña electoral empezó el jueves a las cero horas, mejor dicho a las 24. Otra vez campaña. Aunque, o sepa, llevamos en eso de la campaña (curioso nombre guerrero tiene, la cosa) ya hace más que ni nadie sabe los meses. Durante la campaña lo único que cambia, sobre la no campaña o antecampañ es que además del rnensaje de propaganda se puede añadir: Vótame, porfa. Durante este efímero -15 días por cuatro añostiempo de la campaña aparece un librilio, en cartoné, rústica y de bolsillo, además de en resumen en tríptico, díptico y octavilla, llamado programa electoral. Compendio máximo, diríase híblico, de todo lo que el pretendiente haría, caso hipotético, de salir triunfinte del evento electoral. Cada vez más con medidas cuantificadas en dinero, acompasadas en el tiempo. Siempre, claro es, que el respaldo político sea el bastante para poder hacerlas. Algún dirigente local ha llegado a decir que su programa electoral no eri un programa, sino un auténtico contrato con los electores de su futura acción de gobierno. Lo cierto es que los programas son repetitivos elección tras elección, nadie se acuerda de ellos de una elección a la otra, son muy parecidos los de los partidos enfrentados, es muy fácil justificar su incumplimiento: que si las circunstancias, que si no se tuvo mayoría bastante, que si errores de cálculo. Es tan sobradamente sabido que son puros brindis al sol, que ni siquiera se esgrimen en las Cámaras por la oposición o por la prensa, como justificación de medidas alternativas o para rebatirlas acciones de gobierno. Son, y todo el mundo está convencido de ello, papel mojado, lisamente. La verdad es que si con espíritu mínimaniente crítico te pones a leerlos inmediatamente se percibe que están llenos de propósitos -nadie discute que buenos- sin apuntar las concretas soluciones para ello. Empleo, mejor calidad de vida, pensiones adecuadas y sostenibles, buena educación, menos impuestos, suelo barato, seguridad ciudadana, erradicación de la droga, infraestructuras de lujo, eliminación del terrorismo, sanidad total y eficaz, duros a cuatro pesetas. Pero entonces, si nadie se los cree, de forma y manera que resulta un valor entendido, ni nadie reclama su incumplimiento, para qué sirve el programa electoral, aparte de para nada. El programa real resulta genérico y sobreentendido por el elector, se procurará que todo sea mejor y más barato. 0 sea, que al final y a la postre, la cosa se traduce en algo tan simple como mostrar que el candidato sí que es mejor que el contrario para darle, a ciegas, la gobernación del reino. El programa se convierte en una radiografía del aspirante, con su historia, sus méritos, su capacidad. En fin es un problema de convicción, de que uno lo va a hacer mejor que el otro. ¿Y qué pasa con los segundos de a bordo? Sería necesario que mejor que presentar esos llamados programas o planes de desarrollo, se enseñaran de antemano las personas llamadas a hacer un país mejor y más próspero en, casi, igualdad de condiciones que el primer candidato a la primera magistratura. Difícil situación aunque necesaria. No vale que uno se entere por sorpresa, cual venida de Reyes Magos, de los excelsos elegidos, en plan de cuasi subinfeudación. No parece lógico que se dé la confianza absoluta a favor de una sola persona, que no puede ella sola, como es obvio, realizar lo que pretende. Si al final es un problema de equipos, que se retrate el equipo completo, no basta con que se imagine. De aquí que mejor que tanto programa fuera enseñar que esto lo va a hacer éste y aquello aquel otro. Resultaría complejo, pero por lo menos apuntar los perfiles. No olvidemos que cualquier buen guión requiere un buen director. Nadie va al cine si no conoce los actores. |