Nº 584
5/1/2004

 

El Empecinado en Iraq

Hace unos días estaba con el de la página de al lado y Baquedano comentando sus últimos éxitos policiales en tertulia antenavideña, cuando al ahora afamado prejubilado y abogado de tronío investigador se le ocurrió proponernos como asunto de reflexión escrituril la comparación entre la España de la Guerrilla contra Napoleón y el ira los atentados contra nada. Es cierto que las historias se repiten, como la de los hombres en paralelos históricos, sin aprendizajes posibles. Es también parecido -perdón por la digresión- a la aventura de la deuda pública española en el XIX, comparada con la situación económica latinoamericana vigente, cuya solución sólo es y puede ser la reforma fiscal.

Vamos al grano. Mirando en las páginas de nuestra historia encontramos acontecimientos a los que estamos acostumbrados a mirar con la visión que tradicionalmente nos han imbuido. Hay sucesos que se empiezan a relatar a medida que suceden con reprobación absoluta de quien ose pensar lo contrario. Así ocurrió con nuestra guerra llamada de la independencia de los franceses, que visto con ojos de hoy habría que denominar la lucha contra la inteligencia y el progreso. Es curioso, sin embargo, que se alinearan en las filas del combate contra la modernidad entonces apelada francesismo- desde liberales convencidos a integristas confesos, del Empecinado y los Mina al cura Merino. la razón única del empeño en expulsar al supuesto invasor consistía, sólo, en su extranjería. Independientemente de los efluvios de savia fresca que trataban de aportar a nuestro acerbo. Más valía miseria patria con esperanza que imposición foránea. Y así nos lució después el pelo. Porqué será eso de que los trapos sucios se quieren lavar en casa. No lo entiendo, francamente; pero resulta un hecho insoslayable. El sentimiento popular ve que lo de fuera, más tarde o más temprano, se acabará yendo y quedará el hermano y el vecino. Qué hubiera pasado si los aliados después de Berlín hubieran seguido con sus divisiones hacia el Sur. Tal vez sea el absurdo sentido atávico de la familia como primer valor, el valor de la vida con un sentido aunque vacío, y luego la libertad y la razón. Por el doble sentimiento de querer, y más todavia, sentirse querido. Algo igual o igualísimo percibimos en Iraq. Un pueblo con una incipiente conciencia nacional, hecha a base de porra y guerra, sin historia -salvo la inventada perteneciente a la antigüedad remota- sin cohesión económica, a salvo de la beneficencia emanada del poder que graciosamente hace aparecer como providenciales obsequios lo que pertenece al común de los ciudadanos.

Después de la invasión norteamericana, de libertad, de bonanza, de progreso, de expulsión de¡ tirano, no era predecible el nivel de resistencia interna ante quien sólo quiere lo mejor para ese pueblo oprimido. Pudiera pensarse y se pensó que se trataba de la última batalla -la niña de todas ellas- de un dictador que había acumulado fieles y recursos para defenderse en un imposible bastión. No ha pasado así. La lucha del guerrillero nunca tiene posibilidad de triunfo, es una recreación de su propia personalidad y su razón de ser, antes goliates de vencimiento imposible. Pero ocurre. Con nuestra mentalidad aparece como aberrante tal comportamiento humano. Pero es así.

Qué mejor que vivir en paz, libertad y prosperidad. Cómo alguien puede negarse. Y, sin embargo, ocurre. Si preguntáramos ahora al Empecinado porqué luchaba contra los franceses, posiblemente respondería que por la libertad. Si le hubiéramos narrado la historia posterior hubiera contestado que el Rey les traicionó. Tenía nuestro querido héroe un sentido maximalista, y por tal nada realista del mundo. Se me hace difícil creer que su pensamiento fuera que la libertad impuesta no vale nada, sólo sirve la conquistada. Al igual, seguro, que en ese lejano país de ubicación imposible en el mapa, que se llama Iraq, de la misma forma que podría haberse llamado Mesopotamia, o Babilonia o Asiria o Edén u Otomania del Este. Es incomprensible la irracionalidad del guerrillero o terrorista o resistente ante lo que se nos aparece como la mejor solución, aunque no sea perfecta, para la adecuada convivencia entre los humanos. Pero es así. Aquí también pasó. Hace 200 años, es verdad. Pero pasó.

Napoleón en Bagdad, por Joaquín Leguina

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