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ESPECIAL
MEDIO AMBIENTE
Es
hora de tomar conciencia
Por José M. Moreno*
Si
hubiese un organismo encargado de velar por el medio ambiente mundial
y alguien se hubiese acercado a su ventanilla pidiendo permiso para aumentar
la concentración de gases de efecto invernadero a tasas de un 5%
por década, sin límite alguno en el tiempo, y sin presentar
estudio alguno de cuál podía ser el impacto de dicho aumento
sobre el clima planetario, no cabe duda de que el permiso no hubiese sido
otorgado. La mínima aplicación del principio precautorio
hubiese llevado a la conclusión de que nada podría justificar
el poner en riesgo la existencia del clima que hemos conocido. Y, sin
embargo, desde que A. Watt inventase la máquina de vapor hemos
venido consumiendo combustibles fósiles que contaminaban la atmósfera
operando como su dispusiésemos de un permiso indefinido e ilimitado.
Afortunadamente, creo no exagerar si digo que este año de 2005
de la era común marcará un hito en la historia de la humanidad.
A mediados de febrero saludamos la entrada en vigor del Protocolo de Kioto,
un tímido primer paso por el cual 141 países de la Tierra
se ponían de acuerdo para reducir apenas un 5% las emisiones de
gases de efecto invernadero a la atmósfera. Hace pocos días
hemos visto cómo el espíritu de aquel acuerdo pervive. Como
no podía ser menos, nuevos países se han concertado en el
marco de la Convención para seguir por la senda de la reducción
de emisiones. Aunque modestos, estos acuerdos indican que hemos empezado
a limitarnos el permiso que nunca debimos concedernos..
Este año que nos deja va a pasar a la historia también por
recordarnos que una naturaleza enfurecida puede tener consecuencias devastadoras.
Hemos visto como el país más poderoso de la Tierra se ha
visto postergado por una tormenta tropical de intensidad poco habitual.
No sabemos aún con certeza si la inusitada virulencia de las tormentas
de este verano está relacionada o no con el cambio climático.
No obstante, es de esperar que lo vivido marque un punto de inflexión
en la conciencia de una nación que, estando a la cabeza del mundo
desarrollado, se niega a asumir su cuota de responsabilidad en el mayor
problema ambiental al que se enfrenta la humanidad.
Y es que este año hemos conocido nuevos avances científicos
que indican que el cambio climático es una realidad. Sabíamos
que la temperatura de la superficie terrestre había aumentado en
casi 0,8° C, pero faltaba saber qué pasaba con el océano.
Ya lo sabemos: también se ha calentado, y lo ha hecho tanto que,
probablemente, tenga ya calor acumulado para añadir 0,7° C
de calentamiento global.
Hemos sabido también que ese calentamiento del océano no
se puede explicar si no es por el efecto de los gases de efecto invernadero.
En suma: las pruebas acumuladas empiezan a ser de tal calibre que las
incertidumbres se desvanecen. El umbral de 2°C de aumento de temperatura,
a partir del cual se piensa que la interferencia con el clima puede ser
peligrosa, empieza a ser visible.
En España, este año hemos vivido pendientes del clima, quizás
como nunca antes. Parece que los ciudadanos han comenzado a tomar conciencia
de que el cambio climático es un tema que nos afecta, y mucho.
La sequía extrema, como pocas anteriores, ha hecho que todos viviésemos
mirando a las nubes.
Y es que la Tierra no sólo se ha calentado, sino que los modelos
predicen que lo seguirá haciendo. Y lo hará tanto más
cuanto mayor sea el volumen de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Para España las previsiones no son halagüeñas. En el
informe "Evaluación Preliminar sobre los Impactos en España
por Efecto del Cambio Climático" que hemos presentado al Ministerio
de Medio Ambiente un amplio grupo de científicos, hemos puesto
de manifiesto la alta sensibilidad de España al cambio climático.
Nuestro clima se va a alterar, con un calentamiento tal que para finales
de siglo puede llegar a 3-4°C en invierno y 5-7°C en verano. Las
lluvias disminuirán. Los impactos que estos cambios originarán
en los sectores productivos y en la naturaleza son preocupantes.
Por eso es crítico ponerse en marcha para, cuanto antes, intentar
retornar la atmósfera a su estado anterior a la revolución
industrial, y detener así el calentamiento global. Sabemos que
el proceso no es sencillo y que requiere un cambio tecnológico
y sociológico sin precedentes. Puede que, incluso, no esté
a nuestro alcance sin cambiar nuestra forma de vida más allá
de lo aceptable. En cualquier caso, no hay alternativa. Máxime
si tenemos en cuenta la inercia del sistema físico-químico-biológico
del planeta. Aunque consigamos reducir las emisiones en algún momento
a niveles aceptables, sus efectos se seguirán sintiendo años,
e incluso siglos más tarde.
Es hora de que tomemos conciencia de que el modelo de desarrollo que tenemos
es ecológicamente insostenible. Frente a la amenaza en ciernes
no queda más remedio que prepararse, intentar conocer mejor cuáles
son nuestras vulnerabilidades y preparar planes para adaptarnos. España
debe avanzar por la senda del conocimiento y del desarrollo e innovación
tecnológicos. Debemos cumplir nuestros compromisos al tiempo que
intentar ponernos a la cabeza de la revolución tecnológica
y de los modos de vida que van a marcar este siglo para intentar detener
el cambio climático. Ningún plan de futuro debe acometerse
sin tener en cuenta la realidad del cambio climático. Lo que vamos
descubriendo nos dice que las decisiones de hoy para mañana ya
no pueden basarse en un ayer que ya no tendremos. Urge, por tanto, movilizarse
cuanto antes, incorporar a nuestras decisiones de futuro las proyecciones
sobre el cambio que nos espera y prepararse para vivir con un cambio climático
que todo indica que está ya con nosotros.
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Catedrático de Ecología. Departamento de Ciencias Ambientales.
Universidad de Castilla-La Mancha
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