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PROSTITUCIÓN:
¿TRABAJO 0 EXPLOTACIÓN?
Por Elvira S. Llopis*
Quienes
pretenden regularizar bajo la forma de trabajo la prostitución
con el siempre deseable objetivo de garantizar derechos sociales para
quienes se prostituyen, usando como argumentos, entre otros, el de que
dignificando la actividad se dignifica, por ende, a la persona que la
ejerce, olvidan, tal vez sin intención, algunas consideraciones
que, al menos para mí, tienen un carácter sustantivo.
En primer lugar, cabe preguntarse si es posible dignificar a la persona
que, bajo este criterio, trabaja, sin hacer lo propio con quien la emplea,
hasta ahora comúnmente conocidos estos últimos como chulos,
proxenetas o rufianes, cuando no directamente como traficantes de mujeres
y que, coherentemente, adquirirían el muy digno estatus de empresarios.
Simétricamente, el cliente (cuatro de cada diez españoles
varones reconocen haberlo sido) pasaría a ser consumidor con sus
correspondientes garantías y derechos, claro está.
En segundo lugar, y partiendo de la base de que el 90% de la prostitución
en nuestro país, según cifras del colectivo Hetaira, se
nutre de población inmigrante en situación irregular, la
asimilación de la prostitución a la actividad laboral establecería
una distinción radical entre prostitución regular (o sea,
la laboral) y prostitución sumergida, subrayando, además,
que gran parte de la población extranjera que se dedica a la prostitución
lo hace por no estar en una situación regular, y no al contrario,
y la prostitución infantil quedaría fuera de la prostitución
regular (eso espero), pero no de la prostitución.
En tercer lugar, deberíamos considerar las aberrantes (sí,
aberrantes) transliteraciones que la vigente legislación laboral
tendría llevada al terreno de la prostitución, sus agentes
y sus prácticas reales.
Ciertamente, compartimos el criterio de que ante la prostitución,
como ante tantas otras realidades de nuestro entorno social cotidiano,
no debe utilizarse la estrategia del avestruz. En nuestro idioma, uno
de los sinónimos de prostituta, tal vez el menos peyorativo, es
el de "mujer pública". Pública no porque realice
en este espacio lo que otras mujeres realizan en el espacio privado, sino
porque cobra por hacerlo. De este modo, y como decíamos, su hacer
(acudiendo a los términos clásicos) se convierte en mercancía.
Pero convendría que nos planteáramos si todo lo que es susceptible
de convertirse en mercancía debe tener su referencia básica
y fundante en el trabajo.
Y es que lo que repugna a cualquier conciencia mínimamente civilizada
tiene que ver con el hecho de la cosificación del cuerpo, del cuerpo
como mercancía, no en su acepción simbólica, sino
de manera material. No en vano el de la integridad física es un
principio básico y fundamental, incluso en las sociedades sin regulaciones
legales propiamente dichas, en sociedades sin Derecho.
Claro es que todo ello se puede evitar o subsanar planteando excepciones;
por ejemplo, mecanismos regularización para las personas extranjeras
que se dedican a la prostitución (zy puedan probarlo? No me atrevo
apensar las consecuencias); que quienes se dedican a la prostitución
puedan ser sólo trabajadores autónomos para, posteriormente,
regular expresamente la subcontratación en el sector, porque de
no ser así no parece probable que los chulos (ahora empresarios)
consientan en que una "buena trabajadora se establezca por su cuenta";
excepciones que ajusten la edad laboral, que interpreten la Ley de Prevención
de Riesgos Laborales para, por ejemplo, las prácticas sadomasoquistas,
las categorías laborales, los planes de formación intersectorial
(¿) y los supuestos de despido procedente o improcedente (!!!!)
No. Decididamente, la prostitución no es ni puede ser considerado
trabajo. O, dicho de otro modo, la prostitución sólo tendría
de trabajo el nombre.
Y por si alguien extrae, precipitadamente, conclusiones erróneas
de cuanto aquí se ha dicho, rotundamente sí: las personas
que se dedican a la prostitución deben ser sujetos de derechos
sociales (que no asistenciales) en el marco de un deseable estado social
cada vez más amplio y más sensible a los colectivos más
vulnerables, en mayor riesgo de exclusión si no ya enteramente
marginales.
En un Estado social que, por serlo, no debe vincular sus prestaciones
exclusivamente, o tal vez, ni tan siquiera prioritariamente, a la vida
laboral; en que se facilite, además, la integración laboral
de todos los colectivos, promoviendo todas las medidas necesarias y suficientes
para la verificación de una auténtica igualdad de oportunidades;
en que la renta social pierda paulatinamente su carácter residual,
en que la educación, la formación, la vivienda y la salud
profundicen su carácter público y se aleje, mejor, se desvincule
de los mercados especulativos.
Porque como dice Clarisa Guerra, "la pobreza es el mayor de los proxenetas".
*
Vicepresidenta de la Fundación Sindical de Estudios de CC.00. de
Madrid
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