Hemeroteca Esta semana
Nº 672
28/11/2005

Pedro José Ramírez,
¿ingeniero de trasvases?

Por Fabián Estapé


Durante cerca de tres años tuve en La Vanguardia una combinación de maestro e instructor; se llama Manuel Aznar Zubigaray que, con el paso del tiempo, tuvo un nieto, José María Aznar López, destinado a modernizar España y a predicar el fin del mundo que, todo el orbe sabe, se acerca después del 14 de marzo de 2004. Pero lo que cuenta es echar mano de las consejas del tan experimentado camaleón. Y de lo que se trata, después de libar en las mieles del maestro Cañuelo, es de registrar —con cierto pasmo— un desliz de Pedro J. en uno de los dominicales intempestivos. Hago gracia de las exhibiciones de una cierta cultura de Manuel Aznar. A mí me decía uno de mis maestros, Don Ramón Carande, que resulta imprescindible preocuparse si lo que utilizan ciertos periodistas de renombre no son Manuales, sino Pedales.

He aquí que en uno de esos desahogos dominicales, Pedro J. expone todas las des-gracias que han gravitado sobre el país. Una de ellas —que al director de El Mundo le estremece— es la visión que desde Valencia, Murcia e incluso Almería brota a los españoles debido, supongo, a la criminal incuria del Gobierno, es decir, a la intolerable dejadez de ZP, del caso innombrable de José Luis Rodríguez Zapatero; ¿esto es lo quellena de dolor, cuando no de rabia a la gen-te aludida? Sencillamente la visión, una y otra vez, del despilfarro criminal de las aguas del Ebro que se van hacia el Mediterráneo, cuando todo estaba preparado, incluso en la mesa de trabajo del pintoresco Miguel Arias Cañete.
Llegado a este punto he de remontarme a los prudentes consejos de Manuel Aznar Zubigaray: "Cuando detecte una tontería o una exhibición de ignorancia, acuda a quien sabe de la cuestión y si le que-dan ganas ponga de relieve la ligereza y a veces la estupidez".

Así lo hice hace tiempo. Dispuse en la Universidad de Barcelona del científico que, lisa y llanamente, introdujo la ecología en España. Se llamaba Don Ramón Margalef. Quise trasladarle las cuitas de gente como Pedro J. Ramírez, tan apesadumbrada al comprobar el elevado número de hectómetros que dejaban sedientas Valencia, Murcia e incluso Almería.

A pesar de su reconocida calma, Ramón Margalef elevó el tono de voz. "Mira, Estapé, siempre como estudioso del Mediterráneo he temido la irrupción —que ahora te detallaré— de aficionados y, peor aún, de políticos que creen haber encontrado la piedra filosofal. Piensa en una concentración de incompetentes, unos en el Ebro (el único río español serio, que decía Ortega), otros en el Ródano, que tampoco acusa estiaje; o bien otros en el Po, que después de un gran acarreo vierte sus excedentes; y para rematar la cuestión, que alguien estrangule el Nilo y deje de verter sus aguas. ¿Quién ha tenido la amabilidad de pensar en lo que ocurría en el Mediterráneo?"

No, Pedro J. debería recordar todo lo que nos dijo de Carlos Fabra, el tuerto confesado, actualmente como imputado por la Hacienda Pública. No comprendo como un hombre sensato como Camps liga su vida política a la de Carlos Fabra.

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