Hemeroteca Esta semana
Nº 661
12/9/2005

LA INSEGURIDAD NACIONAL: EL TERCER MUNDO EN CASA

Por Joaquín Roy*

Po primero que se debe asimilar ante la tragedia del huracán Katrina en la zona del Golfo de México, sobre todo en Nueva Orleans y las poblaciones costeras de Misisipí, es la dimensión descomunal del desastre, cuyo impacto y daños (materiales y humanos) superarán con creces toda la experiencia histórica de los Estados Unidos. Lo segundo que se debe aceptar es que la vergüenza para todos los que viven aquí no es culpa del presidente George W. Bush.

El chivo expiatorio del mal curso y también la mala fortuna (los atentados del 11 de Septiembre) por los que pasa el país no debe ser identificado con la errática, iluminada y arrogante política del ejecutivo en Washington. El culpable es un ente más amplio, némesis del etéreo y diabólico enemigo, hacia el que la guerra contra el terrorismo está dirigido.

El causante del sentimiento de impotencia que todo norteamericano sufre hoy es su propio sistema. Hasta ahora ha conseguido mostrarse Terminaron superior y más eficaz a los demás. Tiene en su expediente haber hecho pasar a mejor vida al fascismo, causó el colapso del leninismo soviético, y se le ha metido en la cabeza transformar el mundo árabe y los arrabales islámicos en paraísos terrenales. Pero no puede acudir a confortar a unos miles de ciudadanos atrapados en un paisaje urbano perfectamente identificable, filmado en directo. El colapso de los diques que permiten la existencia de Nueva Orleans bajo el nivel del mar es un trágico ejemplo de la precaria supervivencia de estructuras de la era industrial que se mantienen en pie milagrosamente por todo el territorio nacional.

Lo que los norteamericanos atónitos solamente estaban acostumbrados a ver en los telediarios vespertirnos, como fenómenos procedentes del llamado Tercer Mundo (aunque alguna veces estuvieran tan cerca como Haití), de repente se muestra como existente en la propia casa. Sucede en el corazón del Sur profundo.

Es ahí, en Esos estados cuyas estadísticas rozan el perfil de muchos países subdesarrollados, donde la raíz del desastre reside. Lo denunciaban lúcidamente, de bote pron- t to y con rabia, los congresistas negros en una conferencia de prensa sin precedentes. Constatar que la inmensa mayoría de los damnificados atrapados en el centro de Nueva Orleans son negros lleva a la errónea diagnosis que la raíz del problema es racismo. No, el problema, decían los propios dirigentes negros, es una diferencia de clase, con una contundencia de connotaciones políticas que en numerosos países levantaría inmediatamente acusaciones de marxismo. Aquí, lamentablemente, este vocabulario ha estado enmudecido en aras de la cohesión nacional basada en la ausencia de ideologías.

La deprimente situación se centra, aparte de otros desastres periféricos, en estar casi una semana sin apenas acción federal efectiva y urgente, luego del paso de un huracán (perfectamente previsto de escala máxima de 5). La explicación es un sistema que siempre ha primado la iniciativa y los recursos
individuales y que en las últimas décadas ha convertido esta política en un credo de proporciones religiosas. No es problema de raza, sino de clase, que en este peculiar escenario norteamericano (como también pasa en América latina y los especiales ejemplos de Tercer Mundo interno en Europa) es sinónimo.

Los mismos congresistas denunciaban que la tragedia posterior al desastre natural es " emblemática de¡ fallo de la es tructura gubernamental". Es más: es un ejemplo perverso de la aplicación sistemática de la política del achicamiento del Estado, reduciéndolo a las fuerzas represivas y unos sectores en los que campa a sus anchas la corrupción. No es por casualidad que son precisamente Luisiana y Misisisipí los Estados con mayor fama histórica de corrupción administrativa.

En términos prácticos, digámoslo con simpleza. Los ciudadanos norteamericanos (no "refugiados", como se quejaban sus representantes) atrapados sobre el césped artificial del palacio de deportes convertido en letrina, terminaron ahí porque sencillamente no tenían transporte privado propio, o no contaban con los cuarenta dólares para llenar el depósito de gasolina y muchos menos no tenían tarjeta de crédito para pagarse una semana en un motel fuera de la zona dañada. los que contaban con estos básicos recursos son los que salieron raudos por las autopistas, sin preocuparse por llegar al Astrodomo de Houston.

Los que se quedaron y fueron despreciados por el sistema no lo hicieron por ser negros, sino por ser pobres. El panorama desolador resultante es debido a un fallo descomunal del plan de seguridad nacional ma¡entendido. Ya antes de la desaparición del enemigo soviético, la teoría y la práctica del concepto de seguridad se ha mostrado mucho más amplio que las áreas tradicionales basadas en argumentos bélicos y de altos vuelos estratégicos. Pero los Estados Unidos han pasado de la vieja concepción directamente a tener a la Guardia Nacional de Misisipí en... Iraq.

'Catedrático 'Jean Monnet' y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

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