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LA
INSEGURIDAD NACIONAL: EL TERCER MUNDO EN CASA
Por Joaquín
Roy*
Po
primero que se debe asimilar ante la tragedia del huracán Katrina
en la zona del Golfo de México, sobre todo en Nueva Orleans y las
poblaciones costeras de Misisipí, es la dimensión descomunal
del desastre, cuyo impacto y daños (materiales y humanos) superarán
con creces toda la experiencia histórica de los Estados Unidos.
Lo segundo que se debe aceptar es que la vergüenza para todos los
que viven aquí no es culpa del presidente George W. Bush.
El chivo expiatorio del mal curso y también la mala fortuna (los
atentados del 11 de Septiembre) por los que pasa el país no debe
ser identificado con la errática, iluminada y arrogante política
del ejecutivo en Washington. El culpable es un ente más amplio,
némesis del etéreo y diabólico enemigo, hacia el
que la guerra contra el terrorismo está dirigido.
El causante del sentimiento de impotencia que todo norteamericano sufre
hoy es su propio sistema. Hasta ahora ha conseguido mostrarse Terminaron
superior y más eficaz a los demás. Tiene en su expediente
haber hecho pasar a mejor vida al fascismo, causó el colapso del
leninismo soviético, y se le ha metido en la cabeza transformar
el mundo árabe y los arrabales islámicos en paraísos
terrenales. Pero no puede acudir a confortar a unos miles de ciudadanos
atrapados en un paisaje urbano perfectamente identificable, filmado en
directo. El colapso de los diques que permiten la existencia de Nueva
Orleans bajo el nivel del mar es un trágico ejemplo de la precaria
supervivencia de estructuras de la era industrial que se mantienen en
pie milagrosamente por todo el territorio nacional.
Lo que los norteamericanos atónitos solamente estaban acostumbrados
a ver en los telediarios vespertirnos, como fenómenos procedentes
del llamado Tercer Mundo (aunque alguna veces estuvieran tan cerca como
Haití), de repente se muestra como existente en la propia casa.
Sucede en el corazón del Sur profundo.
Es ahí, en Esos estados cuyas estadísticas rozan el perfil
de muchos países subdesarrollados, donde la raíz del desastre
reside. Lo denunciaban lúcidamente, de bote pron- t to y con rabia,
los congresistas negros en una conferencia de prensa sin precedentes.
Constatar que la inmensa mayoría de los damnificados atrapados
en el centro de Nueva Orleans son negros lleva a la errónea diagnosis
que la raíz del problema es racismo. No, el problema, decían
los propios dirigentes negros, es una diferencia de clase, con una contundencia
de connotaciones políticas que en numerosos países levantaría
inmediatamente acusaciones de marxismo. Aquí, lamentablemente,
este vocabulario ha estado enmudecido en aras de la cohesión nacional
basada en la ausencia de ideologías.
La deprimente situación se centra, aparte de otros desastres periféricos,
en estar casi una semana sin apenas acción federal efectiva y urgente,
luego del paso de un huracán (perfectamente previsto de escala
máxima de 5). La explicación es un sistema que siempre ha
primado la iniciativa y los recursos individuales
y que en las últimas décadas ha convertido esta política
en un credo de proporciones religiosas. No es problema de raza, sino de
clase, que en este peculiar escenario norteamericano (como también
pasa en América latina y los especiales ejemplos de Tercer Mundo
interno en Europa) es sinónimo.
Los mismos congresistas denunciaban que la tragedia posterior al desastre
natural es " emblemática de¡ fallo de la es tructura
gubernamental". Es más: es un ejemplo perverso de la aplicación
sistemática de la política del achicamiento del Estado,
reduciéndolo a las fuerzas represivas y unos sectores en los que
campa a sus anchas la corrupción. No es por casualidad que son
precisamente Luisiana y Misisisipí los Estados con mayor fama histórica
de corrupción administrativa.
En términos prácticos, digámoslo con simpleza. Los
ciudadanos norteamericanos (no "refugiados", como se quejaban
sus representantes) atrapados sobre el césped artificial del palacio
de deportes convertido en letrina, terminaron ahí porque sencillamente
no tenían transporte privado propio, o no contaban con los cuarenta
dólares para llenar el depósito de gasolina y muchos menos
no tenían tarjeta de crédito para pagarse una semana en
un motel fuera de la zona dañada. los que contaban con estos básicos
recursos son los que salieron raudos por las autopistas, sin preocuparse
por llegar al Astrodomo de Houston.
Los que se quedaron y fueron despreciados por el sistema no lo hicieron
por ser negros, sino por ser pobres. El panorama desolador resultante
es debido a un fallo descomunal del plan de seguridad nacional ma¡entendido.
Ya antes de la desaparición del enemigo soviético, la teoría
y la práctica del concepto de seguridad se ha mostrado mucho más
amplio que las áreas tradicionales basadas en argumentos bélicos
y de altos vuelos estratégicos. Pero los Estados Unidos han pasado
de la vieja concepción directamente a tener a la Guardia Nacional
de Misisipí en... Iraq.
'Catedrático
'Jean Monnet' y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad
de Miami.
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