Hemeroteca Esta semana
Nº 656
4/7/2005

EMBAJADOR AGUIRRE, 'WELCOME TO SPAIN'

Por Joaquín Roy*

Para celebrar el 4 de julio, no-se puede quejar. Desde la transición democrática no se recuerda una recepción más positiva y deseada hacia el nuevo embajador de los Estados Unidos en el Reino de España. Ha llegado a Madrid dispuesto a pasar página, y ver la realidad española.

le puede sorprender que el concepto que en España se tiene de 'nación' es poliédrico, intolerante, razonable, periclitado, fascinante. Es diferente en los Estados Unidos. Ahora un ingrediente adicional: la inmigración. Para unos es una riqueza; para otros, una amenaza. Usted se sonreirá, solamente con recordar su extensa experiencia en Houston, donde trabó la sólida amistad con la familia del presidente Bush, quien tuvo la idea genial de mandarlo a Madrid para reconducir las dañadas relaciones hispanoamericanas.

Una sociedad de emigrantes se ha convertido casi de repente en una de inmigrantes. Y este fenómeno ocurre precisamente cuando más dramáticamente se siente la carencia de una cohesión nacional, el fracaso de la construcción de una identidad, y la defectuosa instalación de una lealtad política y social hacia un ente común. Comprobará usted inmediatamente que el método tradicional por el que se construyó la identidad nacional en los Estados Unidos aquí es una entelequia.

No es que las cosas hayan pintado mejor en los Estados Unidos, ni que las perspectivas actuales sean muy rosáceas. la inmigración latina ya ha sido señalada como la mayor amenaza para la pretendida monolítica identidad nacional. Discriminados y marginados, los hispanos ahora son culpados de deslealtad. Pero la implacable realidad se dará la mano con el pragmatismo, de unos y de otros. los Iatinos' se integrarán más hondamente y los norteamericanos veteranos se aprovecharán de su energía para seguir cumpliendo con el código que ha mantenido el sistema a flote.

Mientras en los Estados Unidos se aplicó tenazmente el mensaje de Ernest Renan por el cual una nación es un plebiscito diario, al que uno se adhiere cada noche según cómo le ha ido, aquí ni siquiera se optó por el nacionalismo cultural o étnico, algo por otra parte surrealista en uno de los pueblos más mestizos de la galaxia. Pero si el pueblo nunca sintió la pertenencia primordial a una entidad nacional, el estado tampoco consiguió nunca construir al modo francés una nación. El resultado fue que la mejor definición legal la dio Canovas de] Castillo, frustrado por la imposible inserción en el texto constitucional: "son españoles los que no pueden ser otra cosa". Aquí, España ha sido como un inmenso castilloreino: el que caía dentro de los límites y ya con el puente levadizo bien amarrado en lo alto, era, para siempre español, y nada más.

De nada sirve aducir que intentos recientes hayan adaptado bien¡ ntencionadamente el evangelio americano y hayan definido a los catalanes como, por ejemplo, los que viven (inmanencia) y trabajan (criterio fiscal) en Cataluña. Pero la ocurrencia de Jordi Pujol, al que usted por fin conocerá (y al que le encantará que le pronuncie correctamente su apellido en inglés), nunca ha sido aceptada por la intolerancia de una mayoría notable en el País Vasco.

Observará que la posibilidad de seguir siendo chino o jamaiquino (por pertenencia a una nación con un legado cultura¡) y automáticamente inserto en una nación cívica por decisión propia, como es la clave de la atracción y la supervivencia de los Estados Unidos es aquí muy difícil, sobretodo en el contexto interior. Aunque las leyes norteamericanas, con un lenguaje rebuscado, prohibían conservar la nacionalidad original cuando los inmigrados adquirían la ciudadanía de los Estados Unidos, la costumbre sabia de "no preguntar y no decir" ha permitido que millones de nuevos estadounidenses hayan seguido siendo ciudadanos eficaces y leales con dos pasaportes. Observe que hasta hace muy poco, el Código Civil fue inconstitucional al privar de la ciudadanía española a los nacionales que adquirían otra. Uno debía estar dentro o fuera del castillo.

Ya sé que usted deberá hacer malabarismos para tener contentos a todos, pero la doble lealtad que obviamente usted disfruta (origen cubano, opción norteamericana), aquí se cuestiona. Calle y escuche, pero observe que la existencia de una 'nación de naciones' es un concepto que muy pocos están dispuestos a aceptar, dispuestos a discutir por una letra o una coma acerca de lo que ya es una realidad, o por lo menos es una evidencia mental. En cualquier caso, disfrute de su agradable estancia. Esto es cualquier cosa menos aburrido.

Y tráigase por aquí al Presidente Bush y ya verá como se entiende con Zapatero. No le queda más remedio. Curiosamente, de momento, su amigo parece ser el temperamental latino, mientras que el vallisoletano se parece más al americano tranquilo y dialogante. Usted tiene todas las ventajas para conseguir el éxito.*

'Catedrático 'Jean Monnet' y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

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