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UN 'CONVERSATORIO' DE AZNAR EN MIAMI Por Joaquín Roy* Entre los temas recurrentes de las frecuentes apariciones de Aznar, eco de sus más medidas intervenciones en Georgetown, destacan, en primer lugar, su nada hipócrita desdén por los actuales mandatarios europeos y el ninguneo explícito a su sucesor en el poder. La justificación de esta fobia hacia sus colegas en el Consejo Europeo, que lo detestaban, y hacia Rodríguez Zapatero, es un andamiaje bien montado, por lo aparentemente de obvio, comparable a su falacia. A los líderes de la UE, que despreciaba entonces y ahora vilipendia con especial dulzura tras el desastre de[ referéndum francés y holandés, les recrimina su supuesto antiamericanismo. No tiene remilgos de usar un lenguaje previo a la Segunda Guerra Mundial ("apaciguamiento", sobre todo cuando se aventura en el inglés). A su sucesor, le inventa desde esta especie de exilio (Aznar se mueve por los Estados Unidos como si fuera el Manuel Azaña de 1939) una historia de España insólita. Cebándose en el comprensible e impecable agradecimiento de una comunidad de exiliados por el país que los acogió, desembarca en el lugar común al recordar que ambas realidades históricas bañadas por el Atlántico pertenecen a una misma comunidad de valores. En ningún momento Aznar hace el más mínimo esfuerzo en señalar que el desacuerdo entre una notable mayoría de la opinión pública europea y un número igualmente impresionante de su liderazgo no es con la cultura norteamericana, sino con su concreto liderazgo actual. Insistir en esa tozudez es darse de bruces con los niveles de aceptación de Bush, ya por bajo del 40%. Igual mala intención usa cuando trata de explicar el voto negativo contra el proyecto constitucional europeo sobre la misma base, sin admitir que han sido precisamente los sectores de la ultraderecha y ultraizquierda en Francia los que permanenente profesan un visceral antiamericanismo. Ya nada tiene de extraño, por lo tanto, que insista con regocijo en el simbolismo de las Azores para convencer a su audiencia y lectores de que se opuso a la elección inicial de las Bermudas (porque tiene connotaciones de prendas ligeras). El problema se resolvió con un telefonazo a Durao Barroso. Si de fotos se trata, Aznar se jacta recordando que The Economist publicó una vez una foto de los líderes del momento, y mostraba la faz del mandatario español borrada por el 14-M. Aznar insiste: él no se presentaba a las elecciones. En cambio, los demás, Blair, Bush y al australiano Howard fueron reelegidos. Y claro, Durao Barroso no fue castigado, sino recompensado con el nombramiento como presidente de la Comisión Europea, en un gesto de Chirac y compañía que nada tiene de[ rencor que Aznar no puede disimular. Pero el terreno en el que se siente todavía más decidido (e incómodo, si se le pregunta) es el interior de España, a la que altas en la distancia física y temporal, como si ya llevara sobre sus espaldas un transterramiento largo y duro. Base de sus argumentos cuando estaba en el poder para justificar la alianza incondicionada con Bush, Aznar insiste en el contraste entre una España aislada durante dos siglos y la que estuvo bajo su control durante ocho. Afirmar esto precisamente te en el vigésimo aniversario del ingreso del España en la Comunidad Europea tiene su gracia. Ni siquiera cuando algún periodista bienintencionado se extraña con estupefacción de que el ex líder de] PP se refiera (en sus memorias y en sus intervenciones) a la victoria electoral del 2000 como la "verdadera transición", Aznar tiene remilgos. Contraataca en su ninguneo de la llegada del PSOE al poder en 1982 imaginando que la izquierda consideró la victoria conservadora en 1996 como un "accidente", Resulta especialmente cómico cuando trata de comparar la pretendida cima de la influencia española en el mundo con la "amistad" presentada por Zapatero hacia el dúo formado por Chávez y Castro. Es patético cuando simultáneamente critica al actual gobierno español y a la UE por haber terminado la incomunicación con Cuba y a renglón seguido expresa satisfacción de haber podido hablar con el poeta disidente Raúl Rivero en Madrid, liberado "gracias a la presión internacional". Curioso resulta que desde las filas de[ PP precisamente se critique la política de implicación "constructiva" como complicidad con la dictadura. Rivero debe sentirse estupefacto, como igualmente lo deben estar los organizadores de la asamblea celebrada en La Habana, tolerada por un Castro calculador que al mismo tiempo expulsaba a algunos parlamentarios europeos que iban por libre, sin que las dos grandes formaciones políticas hicieran mayores aspavientos. Lejos parece
estar de un país desgarrado y "desarticulado", dividido
por los nacional ismos. Es diáfano en la dedicatoria de sus peculiares
retratosmemorias: "A la inmensa mayoría de los españoles
que no están dispuestos a levantarse un día y descubrir
que España es apenas ya nada". No es un lapsub. España
es ya así para el ex. 'Catedrático 'Jean Monnet' y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. |