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Sobre el libro Adolfo Suárez. Una tragedia griega
Nadie hubiera llegado tan lejos
Por Fabián Estapé Me gustaría saber qué tiene José García Abad para conseguir con dos libros extensos y muy documentados, La soledad del Rey y la indispensable biografía de Adolfo Suárez y de su tiempo, que ambos se sitúen, en pocas semanas, y el segundo antes de que termine el primer semestre del año, en la privilegiada posición de "libro del Año". He tenido la oportunidad de comentarlo con el no siempre aceptado Paul Preston, Y el misterio sigue. Tal vez una explicación resida en que José García Abad mantiene una posición envidiable: la de mantenerse en el reducido espacio de la objetividad y de un también cuidadoso recurso al off the record. De ese modo, no sólo recurre a las fuentes escritas, a las memorias siempre contempladas con aprensión por historiadores como PierreVílar, sino también a esas numerosas confidencias que se consiguen o se ofrecen a cambio de silenciar el autor. En un terreno más general quiero recordar las sabias palabras de nuestro común amigo, el hoy académico de Ciencias Morales y Políticas Sabino Fernández Campo: "Lo que tiene interés no lo puedo contar y lo que puedo contar no tiene interés". En cualquier caso, para mí queda claro que José García Abad sabe combinar el mejor mix del mercado. Después de las dos lecturas detenidas que he hecho del libro Adolfo Suárez. Una tragedia griega he reflexionado un largo rato: ¿redactar una nota breve de síntesis y alabanzas o bien corresponder a la seriedad del autor con una información ... útil para la inevitable segunda edición? Y he tomado partido por la segunda reacción. Toda vez que conservo un cierto sentido de la autocrítica que me enseñó aquel gran maestro -el mejor historiador de España de la postguerra que fue don Luis Carcía de Valdeavellano y Arcimis- voy a clarificar el alcance de la aportación al conocimiento de la persona y casi finalmente, obra de Adolfo Suárez, que espero sea útil a José García Abad y a los lectores de El SIGLO. No puedo añadir a su obra nada fundamental; se trata, como verán ustedes, de lo que en un libro solvente de Historia llamaríamos "Notas a Pie de Página". Si es así, ¿pueden preguntarme por qué te tomas y nos haces tomar una molestia en unos tiempos en los que, como se dice, el tiempo ya no es oro, sino platino? la respuesta es sencilla: desde el mes de enero de 1971 hasta el mes de enero de 1972 mantuve unas conversaciones a veces largas y otras cortas con Adolfo Suárez en mi despacho -entonces, de la Presidencia del Gobierno, en la célebre morada de Castellana, 3. No puedo olvidar otra reunión con Adolfo Suárez que tuve en Madrid y en los alrededores de Madrid, así como unas conversaciones en el todavía no liquidado Bar de las Cortes (puesto que en mis tiempos la condición de rector de la Universidad entrañaba, automáticamente, la de procurador en Cortes). Habida cuenta de mi antigua amistad con Torcuato Fernández-Miranda, desde sus tiempos afines de los cuarenta en la Universidad Menéndez y Pelayo, y en mis largas sesiones en el Ministerio de Educación, cuando el que suscribe era decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Barcelona y Torcuato el director general de Universidades encargado de la elaboración de la Reforma del Plan de Estudios, y además mi creciente trato con Adolfo Suárez, como queda dicho, café a tres en el citado bar, dadas las frecuentes pausas, tomó visos de costumb grata, en la cual -contra mi principal defectofui más público que actor. Las visitas y conversaciones de lo hum, no y lo divino de Adolfo Suárez, entonces director general de TVE dentro del equipo presidido por Alfredo Sánchez, tenían ritmo semanal y ello era debido, como puede adivinarse, a que en ese día fijado desde un principio tenía lugar su despacho con el vi cepresidente almirante don Luis Carrero B)an co, Inicialmente me di cuenta de que dad¿ nuestra antigua amistad, comenzada gracias a amigos comunes de TVE de Madrid y de TVE de Barcelona, resultaba más cómodo y entretenido que uno o dos de sus innumerables cafés los tomara en el segundo piso de Castellana 3, donde podía aguardar a la llamada siempre marinera del capitán de Corbeta que, cuando llegaba el momento, se presentaba para decir: "Don Adolfo, el vicepresidente le espera". Han pasado muchos años, tantos como los indicados más arriba, pero subsisten en mi memoria bastantes recuerdos, acrecentados por las lecturas que he hecho del libro de José García Abad. Por ello quise subrayar que desde el primer día percibí que Suárez era el primer político de la época que había captado en toda su intensidad la enorme fuerza política que suponía la dirección de TVE. Un gran paso para ejercer dicha fuerza venía representada por esa delegación de funciones (¿existió?) de su ministro, que había regalado el trato semanal y director con don Luis Carrero Blanco. En varias conversaciones pude percibir que los apoyos con los que contaba Adolfo Suárez para un futuro a la vez indeterminado y seguro eran, por orden, Laureano López Rodo, Torcuato FernándezMiranda y Fernando Herrero Tejedor. No parecía, a primera vista, un combinado fácil de preparar y mantener. Sin embargo, supo hacerlo, y esta es una gran prueba de destreza política. Muchas veces
se ha preguntado a la mayoria de los historiadores de la Transición
acerca del método del antiguo Régimen para que el sucesor
a título de Rey eligiera presidente del Gobierno de entre la terna
elevada por el Consejo del Reino, cuando en aquel señalado día
del 3 de julio de 1976 Torcuato Fernández-M¡randa pudo decir
a la prensa que estaba en condición de "presentar al Rey lo
que me ha pedido". Ciertamente ha chocado a algunos que el elegido
por el Rey fuera Adolfo Suárez, es decir, un candidato con menos
votos que Federico Silva y Gregorio López-Bravo. Si me permiten
una digresión que me lleva a mi campo les diré que en la
segunda mitad del siglo XIX existía en la provisión de cátedras
de Universidad el "derecho de vacilación" en manos del
Rey o Reina, con resultados Creo hoy, pasados los años, que Don Juan Carlos acertó porque un punto se estimaba esencial para la homologación del sistema democrático a consolidar después de la Dictadura: la legalización del Partido Comunista era indispensable, y hasta donde llega mi conocimiento ni Silva, ni LópezBravo e incluso Fernández-Miranda hubieran llegado tan lejos. Tal vez para finalizar tan largo artículo quisiera narrar un detalle simple que, desde el principio, estime revelaba unas claras dores de gobernante. Para Adolfo Suárez la asistencia de los procuradores vinculados de un modo u otro con el Gobierno era esencial tratándose de aprobar la Ley de Reforma Politica. Dije más arriba que la condición de rector de una Universidad del Estado iba aparejada de la de procurador de Cortes. Resulta que, por motivos ajenos a la presente reflexión, dimití de mi cargo de rector de la Universidad de Barcelona el 22 de noviembre de 1976 y conmigo toda la junta de Gobierno; después de una semana de negociaciones la dimisión fue irrevocable. En aquel momento entendí que la dimisión de rector suponía la de procurador. Ante la convocatoria del próximo Pleno de las Cortes permanecí tranquilamente en mi domicilio aun cuando un amigo común de Adolfo y mío, Rodolfo Martín Villa, sostenía que sin la aceptación oficial de la dimisión seguía siendo Padre de la Patria. Creo que hice bien actuando según mi conciencia como también hizo bien el presidente del Gobierno Adolfo Suárez al incluirme en la lista de los ausentes "a saber con qué intención". Me gustó su firmeza, como me había gustado su acogida a las peticiones de estudiantes presos que con cierta frecuencia le había transmitido. En resumidas cuentas, José García Abad nos ofrece un cuadro variopinto de una de las personalidades más ricas y sugerentes de nuestra época. Finaliza suscribiendo lo que se dijo ante sus dos primeras desgracias: quiero hacer alusión a la desmesurada "masticación" que en el día de hoy, reviste los caracteres de la más atroz "tragedia griega" que presenta la lista de los que han abierto puertas y sembrado esperanzas. Gracias, Adolfo. Con incidencia superior a ninguna de las numerosas charlas que tuve con Adolfo Suárez, recuerdo la que tuvimos en la primera semana de junio de 1972, comentando la tan repetida frase de Jesús Fueyo: "Después de Franco, las instituciones". Adolfo entró rápidamente al trapo: 'No. Después de Franco, la democracia". Poco después supe que en las más altas alturas se calificaba a Adolfo Suárez de "extremadamente ambicioso". |