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A
VUELTAS CON LA REFORMA
Por Juan
Luis Paniagua *
La
representación política es la columna vertebral sobre la
que se construyen los sistemas políticos democráticos. A
partir de esta sencilla formulación, todo lo que sigue hasta su
adecuada articulación son problemas a resolver. La representación,
además de un principio sustantivo de la arquitectura de la democracia
y fundamento de la misma, es también una técnica con una
determinada dosis de ingeniería. Desde esta perspectiva podemos
distinguir las partes que integran el ensamblaje del complejo proceso
de construcción de la representación política en
un sistema democrático: el pueblo, el territorio, su organización
en circunscripciones electorales, el sistema electoral, los sistemas de
partidos, los reglamentos parlamentarios y la propia estructura del Parlamento,
entre otras, y todo
ello ordenado por la Constitución y las leyes.
Insuficiencias
y paradojas. Sobre la estructura del Párlamento español
se ha debatido mucho desde la transición política hasta
aquí. En foros políticos y académicos se han puesto
de manifiesto desajustes, disfunciones y paradojas. Entre los desajustes
ha brillado con luz propia la inadecuación del Senado a la función
de Cámara de representación territorial. Entre las disfunciones
su papel excesivamente secundario y redundante. Y entre las para dojas
más llamativas, una por encima de todas: que la Cámara que
ha incorporado y expresado con más fuerza la representación
del hecho territorial ha sido, y es aún hoy, en la práctica,
el Congreso de los Diputados.
En efecto, a lo largo de estos años hemos podido comprobar cómo
el Congreso ha sido sede y foro permanente de las más diversas
representaciones políticas, expresión de proyectos o programas
políticos de marcado carácter territorial, si entendemos
por tal la existencia en él de diputados y grupos parlamentarios
constituidos explícitamente para la defensa de sus particularismos,
singularidades, identidades y concepciones, fueran estos de orientación
regionalista o nacionalista. En efecto, desde 1977 hasta hoy el Congreso
ha albergado a 23 formaciones de ámbito no estatal y de orientación
nacionalista o regionalista, y ello sin contar con las versiones federadas
o regionales de los partidos de ámbito estatal (PSOE, IU o PP,
cuando las han tenido). Esas 23 formaciones han sumado en las ocho legislaturas
un total de 303 diputados.
La paradoja
no es tanto que estas expresiones políticas se den en el Congreso
de los Diputados, sino que se den en él y no en el Senado. En éste,
en los mismos años, además de la representación de
los senadores de origen autonómico (en los que hay representación
de todas las orientaciones políticas), han sido elegidos directamente
167 senadores adscritos a partidos o candidaturas de corte nacionalista
o regionalista. Así pues, la verdadera paradoja es que la Cámara
baja, la Cámara de representación popular, haya sido, y
sea, más cámara de "representación territorial"
que el Senado.
Difícil
equilibrio. En las democracias de corte federativo, como la nuestra,
el Parlamento es siempre bicameral. La representación política
se ha de organizar en una doble dimensión: la Cámara baja
-el Congreso- asume y expresa ¡a representación de todo el
pueblo (de todos los españoles, en nuestro caso) mientras que la
Cámara alta -o Senadoasume y expresa la representación de
las "unidades" que se reconocen como partes sustantivas e integrantes
de ese Estado "cc¡rnpuesto". Así, la representación
política en el Estado de las Autonomías debió quedar
mejor definida en origen, y si no lo fue se debió a que la Constitución
dejó abierto el tema autonómico como un derecho dispositivo
sin querer prejuzgar su futuro. Pero lo cierto al día de hoy, instalados
ya en ese futuro, es que la representación politica en la España
democrática y autonómica arroja insuficiencias y requiere
de ajustes profundos.
Respecto de las insuficiencias baste decir que el Senado no es, ni por
elección, ni por composición, ni por funciones, una Cámara
que se acerque a las de representación territorial. Las reformas
que se aborden habrán de hacer de esta Cámara una institución
política plenamente expresiva del carácter federativo que
ya tiene el Estado de las Autonomías. Pero no quedan aquí
resueltos los problemas porque pueden crearse otros.
Ciñéndonos a la reforma que se anuncia sobre el Senado,
conviene reflexionar en tor no a algunos efectos que pueden producir se
en el conjunto M sistema político y muy particularmente en el ámbito
de la representación política. Problemas que pueden afectar
a la naturaleza misma de la democracia política en España.
Porque podemos resolver un problema, sí, pero podemos abrir el
camino a otros escasamente perceptibles ahora. Por ejemplo, sobrerrepresentar
la dimensión territorial hasta romper el necesario equilibrio con
la representación popular que está en la base (el demos)
de todo sistema democrático. Por eso, hoy podemos hacernos algunas
preguntas cuyas respuestas tejen una malla de efectos concatenados: ¿Cabría
hacer del Senado una Cámara de representación territorial
sin más, sin que esto afecte para nada al equilibrio de la otra
forma de representación que asume el Congreso? Si el Congreso es
ya en cierta forma una Cámara con una relevante expresión
del carácter territorial del Estado (relevante políticamente,
al margen de los números), ¿caben dos Cámaras redundantes
en lo mismo?, ¿es bueno que así sea? Y en ese caso, ¿cuál
de las dos será más expresiva o más representativa?
Y, ¿representativas de qué? Es evidente que la reforma del
Senado ha de resolver adecuadamente la representación de las comunidades
autónomas o no tendrá el efecto que se persigue. Pero esa
reforma no debe introducir distorsiones en la representación que
el Congreso ha de mantener o incluso potenciar. Así pues, será
necesario intervenir con mucha precisión, logrando el equilibrio
y la armonía en las dos dimensiones de la representación
política y (re)definiendo el ámbito de las competencias
de cada una de las Cámaras.
El Senado, Cámara de las Comunidades Autónmas... ¿y
el Congreso...? La representación de las comunidades autónomas
en el Senado puede conseguirse de varias formas. Pero son dos las que,
a mi juicio, se aproximan más a los objetivos que se persiguen.
Una más "radical" con un Senado formado exclusivamente
por "representantes" o "delegados" de los Gobiernos
autónomos; u otra "mixta" que combine la existencia de
tres grupos de senadores: unos elegidos por sufragio directo en sus respectivas
comunidades autónomas, otros por sufragio indirecto (elegidos por
las respectivas asambleas legislativas) y otros designados por los Gobiernos
autónomos (los propios presidentes, consejeros, alcaldes, concejales...
es decir, siempre de entre personas que se hubieran sometido a un proceso
electoral previo). La primera parece que tiene pocos defensores y se aleja
en exceso de nuestra cultura constitucional; la segunda, como otras fórmulas
del mismo tenor, está más cerca de la realidad actual y
se atempera mejor a la inmensa mayoría de las aspiraciones reformistas
actuales.
Pero llegados a este punto cabe hacerse aún otra pregunta tan relevante
al menos como las anteriores: ¿Y el pueblo español?, ¿qué
hacemos y cómo organizamos la representación popular?; porque,
¿hay alguna democracia viable que no dé cauce a la representación
de "todo el pueblo" sin distinción de su origen territorial
u otros factores diferenciales o discriminantes? Y en ese caso, ¿cómo
hacer que las dos representaciones, que han de ser diferentes porque son
la expresión de dos sujetos políticos diferentes, puedan
convivir en sus respectivos y también diferentes planos políticos?
A la vista de las últimas rondas de conversaciones abordadas por
el presidente Zapatero la inmensa mayoría está ya convencida
de la pertinencia de la reforma constitucional. Pero, dicho esto, en todo
lo demás están por verse las diferencias. Somos muchos los
que defendemos que la reforma se aborde, formalmente, en el momento en
que se hayan acotado con claridad los objetivos que se persiguen, los
asuntos a reformar y el alcance y los efectos de la misma; es decir, cuando
tengamos claro que con la intervención resolvemos problemas y no
generamos otros de igual o mayores dimensiones.
Dicho de otro modo: la reforma ha de hacerse con la profundidad y precisión
necesarias. Pero eso sí, evitando (o aislando) por igual las ocurrencias
extemporáneas y las propuestas que resulten inadmisibles para la
mayoría. Hemos de concertar, ahora también, como hace treinta
años, propuestas de reforma para la España de ahora y del
inmediato futuro. Y para concertar, lo mejor es trabajar juntos desde
el principio y a lo largo y ancho de todas y cada una de las fases. Potenciando
al máximo los contactos formales e informales, habilitando nuevos
sistemas de cooperación y negociación interterritorial e
intergubernamental para dotar al proceso de reforma de las máximas
garantías de éxito.
Es decir, que hemos de esforzarnos todos por asumir en positivo los muchos
avances logrados en estos años, gradualizar nuestras diferentes
aspiraciones y ser capaces, colectivamente, de proyectar un renovado espacio
de convivencia para los próximos. Porque a buen seguro que no siendo
esta la primera reforma tampoco tiene por qué ser la última.
* Catedrático de Ciencia Política y de la
Administración en la Universidad Complutense
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