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TORNO AL 23-F El libro de memorias de Alfonso Guerra ha devuelto a la actualidad el intento de golpe del 23-F Un destacado agente del CESID, el coronel Diego Camacho, vivió desde dentro la Intentona y hoy rememora la implicación que él reconoció en los servicios secretos españoles y por cuya denuncia sufrió represalias posteriores. Por Diego Carnacho López-Escobar Cuando las memorias de un personaje público logran interesarte por la riqueza de su contenido, es inevitable que si en alguno de sus capítulos el lector ha sido, también, testigo directo de los hechos relatados, los recuerdos le surjan casi sin darse cuenta. Es lo que me ha pasado a mí con el libro de Alfonso Guerra, y en concreto con la parte dedicada a los aciagos días que tuvieron en el 23-F de 1981 sil día D. Recuerdo que me encontraba trabajando en mi despacho de la Agrupacion Operativa para Misiones Especiales (AOME), con la radio encendida y oyendo la segunda votacion del Congreso de los Diputados, cuando se aceleró, de repente, la voz del locutor y se oyeron los primeros disparos. Comencé a observar que en aquella Plana Mayor de Mando mi estupor, tristeza y preocupación no eran en absoluto compartidas, pues a mi alrededor contemplaba alegría, naturalidad y exaltación. Era como si para la mayor parte de los agentes que me rodeaban lo que estaba sucediendo fuera algo deseado y positivo. A lo pocos minutos comprendí que además era algo que se estaba esperando. En efecto, al pasar por uno de los salones del chalet, el personal de servicio estaba preparando una cantidad respetable de viandas de todo tipo, con cava incluido. Los comestibles eran en su mayor parte frescos. La conclusión inmediata era que su compra tenía que haberse realizado por la mañana, eran entonces poco menos de las siete de la tarde, y si yo no lo había ordenado, tenía que haberlo hecho el jefe de la Plana Mayor. Mi conversación posterior con un capitán del Ejército del Aire, destinado en la escuela de la unidad y con un suboficial de la Plana Mayor, me permitieron sacar las primeras conclusiones:
Las tres operaciones emergentes de las que habla en su libro Alfonso Guerra, duque de Ahumada, Almendros y De Gaulle eran, más que tres operaciones diferentes, tres núcleos subversivos con centros de decisión diferentes, pero conectados entre sí y con algunos de sus miembros participando en más de uno. Coordinar y subordinar todo el descontento militar a la acción conocida como operacion De Gaulle no fue difícil ya que no existía un liderazgo militar que fuera reconocido de manera incontestable. Por eso a los agentes que controlaban casi toda la información y al Servicio de Inteligencia no les costó trabajo confeccionar el perfil del "elefante blanco", que coincidía punto por punto con su candidato y así hacerlo aceptar en aras de los "supremos intereses de España". La operación De Gaulle se diseño en el CESID y fue conocida por el gobierno de, UCD a raíz de la primera visita que hizo Rodríguez Sahagún al Centro como nuevo y flamante ministro de Defensa. Cuando se le hizo la exposición ordenó que sin más tardar los oficiales responsables de aquel documento salieran de la Casa y se reintegraran a las Fuerzas Armadas. Los filósofos del golpe harían, no obstante, una brillantísima carrera, pues uno sería nombrado, años después, JEME y el otro alcanzaría el grado de general de División. Sin embargo, el ministro sería unos meses después sorprendido por la aplicación práctica de una operación que pusieron en marcha aquellos a los que se había entregado la Inteligencia del Estado, y en los que el gobierno de UCD tenía depositada su confianza. La operación golpista buscaba hacer en España aquello que el presidente de la IV República Francesa ideó para evitar la guerra civil a causa de la independencia de Argelia para lo cual ofrecieron en el recinto de la Asamblea el poder al general De Gaulle. Así comenzaba su andadura la V República. La causa determinante fue lo ingobernable que era la situación para el poder civil; de ahí la idea de ofrecérselo a un militar que con su prestigio pudiera salvar la situación. Como en España no se daban unas condiciones similares, era necesario crearlas, y para ello los planificadores del golpe piensan en crear un Supuesto Anticonstitucional Máximo (SAM). Que sea el que permita, dentro del respeto a la legalidad, ofrecer a un militar la presidencia del Consejo de Ministros. Primero se crearían las condiciones objetivas, y más tarde se desencadenaría una acción que por su enormidad política permitiera situar al país en una posición límite. Una vez alcanzada esa fase, "un militar por supuesto" aparecería en el hemiciclo y propondría una salida que contando con el respaldo de la Cámara, los golpistas pensaban que se habría cubierto el requisito de la legalidad, pudiendo así presentarla al Rey sin menoscabo de la legalidad. Todo esto era posible si no llegaba a saberse que el propio SAM era una creación artificial de los propios golpistas. Los factores objetivos previos al golpe y que facilitaran la puesta en marcha de la operación De Gaulle serían fundamentalmente tres:
Cumplidos estos objetivos previos lo demás es sencillo. Cuando llega el momento todo está planificado como una acción militar con diferentes fases. El final de cada una de ellas origina el inicio de la siguiente. Por ello, Tejero no es un iluminado al que se le unen más de 200 guardias civiles para asaltar el Congreso de los Diputados, sino la primera fase de la operación. Es el encargado de desencadenar el SAM, y que tendrá dos vertientes: Madrid como detonante y Valencia como amenaza en fuerza previa. Será precisamente Tejero quien detenga el golpe de Estado al no permitir que se pase a la fase siguiente: la entrada de Armada en el hemiciclo para proponerse como presidente de un gobierno de concentración. Lo inesperado de esta situación es lo que provoca la parálisis y ello se ve al constatar que los golpistas carecen de un plan B, pues cuando Tejero intenta ir por libre y sobrepasar a Armada, todos los parabienes con los que este último contaba se congelan y las diferentes unidades, acuarteladas ese día, permanecen pasivas. Esa noche, cansado del clima irrespirable que me rodeaba, decidí acercarme al Hotel Palace para ver de cerca el ambiente existente. En el trayecto tuve tiempo para dar rienda suelta a mis pensamientos y amargura. Pensé en el grave peligro por el que atravesaban las grandes esperanzas de tantos españoles y que por las orejeras o la ambicion de unos pocos, nos habían, otra vez, colocado al borde del abismo. La facilidad con la que fui atravesando los diferentes controles de seguridad me hizo cambiar de planes, y en lugar de encaminar mis pasos hacia el Palace me dirigí a la entrada del Congreso de los Diputados. Esa noche comprobé lo fácil que era entrar y salir del Parlamento si te identificabas como agente del CESID. Después de más de tres horas allí dentro me dieron permiso para salir y me dirigí a la sede central del servicio. Eran poco menos de las cinco de la madrugada. Los guardias civiles de Tejero dejaron en mí la sensación de que se habían sentido abandonados y traicionados por sus compañeros de las Fuerzas Armadas. Hay un pasaje delicioso en el libro de Alfonso Guerra, y es cuando el político socialista se entrevista con el equipo de dirección del CESID, durante el cual intentan intoxicarle con su versión de los hechos:
Finalmente, hay que concluir que casi tcdos aquellos que tuvieron una participación destacada en el golpe del 23-F de 1981, terminaron brillantemente sus carreras profesionales, mientras que algunos de los que s posicionaron claramente al lado de, la Constitucion tuvieron que pagar, tarde o temprano, la factura de haber sido más leales a la legalidad que al gremio. Todo ello, que quede como un acierto si ha servido para encaminar a España por la senda de la libertad. Pero por respeto a aquellos que pagaron coi sus condenas sus equivocaciones y taparon con su culpa la de otros que optaron por per manecer en la sombra, eludir su responsabilidad y mas tarde negociar con ella políticamente, es bueno que la historia compense, al menos, los desequilibrios que general la ambición y el miedo. |
| Testimonio de Alfonso
Guerra sobre la intentona golpista
El golpe de Estado del 23-F sigue siendo un misterio que se va desvelando o enturbiando con los testimonios que van apareciendo. Alfonso Guerra ha dedicado en sus primeras memorias, Cuando el tiempo nos alcanza, un capítulo a aquellos acontecimientos sobre los que hace algunas reflexiones que resumimos a continuación: El REY El papel desempeñado por el Rey fue determinante en la neutralización del golpe de Estado. Y lo fue a pesar de que se pueda plantear que para vestirse un uniforme militar y grabar diez minutos en televisión con una hora basta, y que desde las las 6.20 de la tarde a la 1.10 de la madrugada va mucho tiempo. Es verdad, pero también se puede decir que la primera persona que salió del Congreso de los Diputados, la diputada Anna Balletbó, tuvo oportunidad a las 7.10 de la tarde de hablar con el Rey, quien le garantizó que él siempre jugaría a fondo con la Constitución, y que no existía posibilidad alguna para modificar esa alternativa. A pesar de q u e haya algunas frases que sería conveniente fueran explicadas, como aquella del telex enviado a las 2,30 de la noche, en la que se decía: "Después de este mensaje ya no puedo volverme atrás". LA IGLESIA la Iglesia mantuvo una postura que motivaba una cierta malévola sonrisa cuando uno oía al portavoz de la Conferencia Episcopal decir que ellos, que estaban en reunión, también temieron que después los golpistas acudieran a su secuestro. Hicieron público un comunicado que ha sido calificado como tardío por todos los sectores sociales, que hace pensar a algunos que estuvieron observando el juego de ajedrez para ver quién daba el jaque a quién ( ... ) Voy a reproducir una pequeña frase, de un documento publicado muy pocos días después, que dice: "Estamos seguros de que los elementos subversivos [se refiere a los golpistas] han sido guiados de buena fe por un intento de lograr una España más justa y fiel a su ser histórico". Lo firma el cardenal Bueno Monreal. EMPRESARIOS "... hay algunas personalidades vin^ culadas a organizaciones patronales que han mostrado cierta connivencia con alguna de las operaciones, especialmente la banca. Y, por último, incluso algún banco ha permitido que se utilice su Servicio de Estudios por los golpistas sin poner ninguna traba para ello. Segun cuenta José Antonio Segurado a Alfonso Guerra: Tías antes del 23 de febrero, un empresario le aconsejó que ese día permaneciera en Madrid, sin decirle por que razón. El empresario era Luis Olarra. LAS CINTAS Sólo
sabremos lo que pasó y conoceremos la trama civil del golpe el
día que se den a la publicidad las cintas magnetófonicas
grabadas durante aquella larga noche. Porque el gobierno de subsecretarios
dirigido por el director de la Seguridad del Estado, de Interior, señor
Laína, pinchó los teléfonos del Congreso. |