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Bajo
sospecha
Por Eduardo Sotillos Creo leer en el artículo seis de la Constitución vigente que los partidos políticos son "instrumento fundamental para la participación política" Así lo entendieron muchos ciudadanos españoles, algunos incluso cuando no estaban legalizados y su militancia comportaba graves riesgos, y gracias a ellos España se transformó en una democracia estable, parlamentaria y equiparable a los Estados más desarrollados política y socialmente. Muchos otros millones de españoles optaron, legítimamente, por permanecer al margen y participar en la vida pública a través de su voto... que necesariamente iba a apoyar unas determinadas siglas, supuestamente representativas de un programa partidario. Como la Cons~ titución exige un comportamiento interno democrático de los partidos, éstos deben articular su organización en base al voto de sus afiliados, que son también quienes, por medio de sistemas modulados de manera distinta en cada caso, aprueban lis propuestas programáticas que se transforman en leyes cuando se alcanza el poder de gobernar. Militar en un partido, por tanto, es una manera respetable de articular la representación ciudadana, dividida en rnuy diferentes apuestas. En tiempos electorales, los partidos convocan a sus militantes para que actúen como portavoces de sus ideas en los foros a los que tienen acceso, para que elaboren propuestas sobre el programa con el que concurren a las elecciones y, en mayor o menor grado, les permiten participar en la selección de las listas que se someten al voto popular. No es cierto, como insinúan algunos malvados, que los militantes sólo sirvan para dar calor a los líderes en los mítines y para que la televisión los retrate agitando banderitas, ahora que ya no es tan necesario que tomen un cubo de engrudo y una escoba para pegar carteles. El militante es, además, un contribuyente a las arcas de su partido y un doble contribuyente si ocupa algún puesto en cualquiera de las administraciones en representación o por designación de su partido. El militante
sufre cuando se pierde y se alegra en las victorias. En los malos tiempos,
el militante soporta determinados inconvenientes, por serlo. En los buenos
tiempos para su partido apenas aspira a no tener que pedir perdón
por confesar su adscripción política. Resulta, por eso, comprensible, que el militante soporte mal que se genere una corriente de opinión según la cual su presencia en cualquier cargo de responsabilidad ejecutiva equivalga a una mácula en el intento de desarrollar una acción de gobierno -con minúscula subrayada- al servicio de todos los ciudadanos. El militante, además de serio, y no sólo por serio, puede ser también un buen abogado, un economista de prestigio, un médico respetado o, si me apuran, un periodista digno. Su carrera profesional, sin embargo, puede verse afectada negativamente por el conocimiento de su militancia y contempla con cierta envidia la superior valoración social de quienes exhiben la condición de independient s. Sabe el militante que los independientes aportan a cualquier lista o a cualquier equipo una cuota de representatividad, o notoriedad, que enriquece el atractivo M programa y transmite la impresión de que el partido está abierto a toda la sociedad y, en consecuencia, parece ampliar la base de los apoyos. En realidad, es bien cierto que todos los militantes fueron en algún momento de su biografía unos independientes, razón por la cual su satisfacción es sincera al comprobar que el número de ciudadanos identificados con sus ideas se amplía: demostración de que puede estar en lo cierto a la hora de apostar por una acción política. Hay un momento, sin embargo, en el que el militante puede experimentar cierto desasosiego. Es aquel en el que cree percibir un cierto clima de rechazo hacia la militancia; cuando lee o escucha mensajes en los que puede detectarse un cierto rechazo social por su condición de tal. 0 cuando observa que existe una obsesión por ocultar la militancia en las biografías oficiales. 0 cuando un alto cargo, que debe su puesto a la confianza depositada en él/ella por un dirigente partidario, y no a un concurso de méritos, se apresura a subrayar en unas declaraciones periodísticas, tras la asunción de sus responsabilidades, que cometió el pecado de militar en un partido pero que lo abandonó pronto. El militante, al que, seguro, no le faltaron en algún momento ciertas tentaciones de darse de baja, puede llegar a pensar que cometió un grave error al no hacerlo y, consecuentemente, pasar a integrarse en el grupo de personas responsables, independientes y profesional mente respetadas. En definitiva, ciudadanos libres de toda sospecha. A veces tiene el mal pensamiento de creer que la única independencia no es la política, y que existen dependencias mas ocultas y mas sólidas, como las de las camarillas profesionales, las de los grupos económicos o las de las amistades inquebrantables, Pero como no percibe que nadie denuncia ese tipo de falta de independencia, termina por admitir que empieza a sufrir algún trastorno emocional. La diferencia, piensa un momento antes de rendirse a la evidencia, es que esas otras dependencias no emiten carnés y que en lugar de exigir cuotas reparten dividendos y prebendas. Llevado por su funesta manía de pensar libremente a pesar de su nililitancia, roza el absurdo cuando especula con la idea de que, aceptada la sospecha de sectarismo en el comportamiento de cualquier responsable público que provenga de una formación partidaria, la Constitución debería reformarse urgentemente en el sentido de que el presidente del Gobierno y todos sus ministros, secretarios de Estado, subsecretarios, etc., acreditaran suficientemente su condición de independientes. Ningún medio de comunicación, disparata el militante, ni siquiera RTVE, tiene mayor influencia que el Boletín Oficial y no es correcto que los textos que Allí se publican estén redactados por personas sospechosas de partidismo político. Concluidas las elecciones, los dirigentes de los partidos deberían volver a sus antiguos despachos y dejar que un grupo de notables, con reconocida solvencia en las materias competentes a cada ministerio, se encargara de la Administración del país. Es posible, claro, que la política desarrollada por ese gabinete de expertos no se corresponda con los presupuestos ideológicos que movilizaron a los votantes y que los partidos vayan transformándose en clubes electorales con aparatos reducidos; lo imprescindible para preparar las sucesivas campañas. Ya existen modelos. Es posible también que las personas con inquietudes políticas busquen su acomodo en círculos de opinión, en asociaciones de vecinos o en revistas minoritarias. Que el teatro recupere sus mensaje de compromiso, que los sindicatos se politicen o que las universidades protagonicen el debate, como en las viejas asambleas. Hasta que un día, alguien, decida poner en marcha una asociación y luego, al fin, un partido. Pero eso sí, un partido en cuyos estatutos se prohiba la afiliación a los pertenecientes a profesiones que deben permanecer libres de toda sospecha. Para no llamarse a engaño. |