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Nº 675
19/12/2005

¡Ojo, es Bono!

Nadie puede discutir la eficacia de José Bono como ministro de Defensa. Bono procura incorporar a su tarea energía, entusiasmo y brillantez. Es, sin duda, brillante, aunque a veces le pierda, o le perjudique, su excesiva tendencia al barroquismo. Otras opiniones coinciden en apuntar que el ex presidente de Castilla-La Mancha apenas disimula su afán de protagonismo. En definitiva, algunos aseguran que Bono no oculta su voluntad de ascender todavía más en el escalafón de la política. Incluso se oyen voces que le señalan como inequívoco aspirante a sucesor de Zapatero aprovechando el hipotético escenario de un grave tropezón del presidente.

¿Le queda pequeña a Bono la responsabilidad que ostenta en Defensa? Es probable que sí. Y él hace todo cuanto está en su mano para ensanchar el abanico de sus competencias. He ahí el origen, en parte, de las fricciones que mantiene con el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. En ocasiones, Bono parece que es el ministro de Exteriores, y ello hasta rozar a veces el ridículo, como le sucedió recientemente tras conversar con la presidenta de Filipinas.

Bono apuesta desde luego por un PSOE orientado hacia el territorio del centro. Lo hizo antes de los comicios de 2004, cuando recomendó al candidato Zapatero tener en cuenta los caladeros de votos situados a la derecha del socialismo. No acertó en el vaticinio porque la mayoría de los nuevos votos que recibió el PSOE el 14-M llegaron más bien de posiciones ubicadas en la izquierda, aunque algunas papeletas también pudieron llegar de centristas desengañados por la radicalización conservadora, o neocon, de Aznar y los suyos.

Bono se ha apropiado —con desparpajo y desde hace bastante tiempo— de la bandera de Escaña v iuega a fondo esa cartaque tan apreciada es por amplios sectores del centro-derecha español. No se encuentra solo en esta misión dentro del PSOE, como lo acreditan cada dos por tres Francisco Vázquez o Juan Carlos Rodríguez Ibarra, entre otros socialistas menos conocidos. Su particular concepción patriótica, añadida a su catolicismo practicante y sus guiños reiterados a Estados Unidos —señas de identidad que mezcla hábilmente con ingredientes de sabor progresista— lo han convertido en el ministro mejor valorado del Gobierno. Tiene el apoyo, más allá de discrepancias internas o no, de la mayoría de los votantes del PSOE. Suma, asimismo, una cierta simpatía o complicidad entre no pocos votantes del PP.

Trata a los medios con cuidado exquisito. Mantiene relaciones fluidas, cordiales y hasta de amistad con periodistas como Pedro J. Ramírez, aparte de otros colegas caracterizados también por sus escasas o nulas simpatías hacia el PSOE. Exhibe este género de amistades —su toma de posesión constituyó todo un espectáculo de variedades—, de modo que resulta público y notorio que frecuenta a Julio Iglesias, Raphael , Eduardo Zaplana y Mariano Rajoy. No ha de pasar inadvertido, por otra parte, la recuperación de la militancia falangista de su difunto padre. Cuando fue reelegido presidente de Castilla-La Mancha en 2003, lucieron más en el acto de entronización Rajoy y Zaplana que Zapatero, entonces candidato sin aparente futuro.

Su discurso rebasa a menudo la frontera de la ortodoxia predicada por Zapatero al referirse al Estatut o al fin de ETA por la vía del diálogo. ¿Después de Zapatero, Bono? ¿Bono candidato, al frente de una especie de coalición centrista surgida de la derecha del PSOE y de la izquierda del PP? Todo esto, y algo más, puede esconderse detrás del litigio, que está a la vista, entre Bono y Moratinos. ¡Ojo, es Bono!

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