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¡Ojo, es Bono!
Nadie
puede discutir la eficacia de José Bono como ministro de Defensa.
Bono procura incorporar a su tarea energía, entusiasmo y brillantez.
Es, sin duda, brillante, aunque a veces le pierda, o le perjudique, su
excesiva tendencia al barroquismo. Otras opiniones coinciden en apuntar
que el ex presidente de Castilla-La Mancha apenas disimula su afán
de protagonismo. En definitiva, algunos aseguran que Bono no oculta su
voluntad de ascender todavía más en el escalafón
de la política. Incluso se oyen voces que le señalan como
inequívoco aspirante a sucesor de Zapatero aprovechando el hipotético
escenario de un grave tropezón del presidente.
¿Le queda pequeña a Bono la responsabilidad que ostenta
en Defensa? Es probable que sí. Y él hace todo cuanto está
en su mano para ensanchar el abanico de sus competencias. He ahí
el origen, en parte, de las fricciones que mantiene con el ministro de
Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. En ocasiones, Bono parece que
es el ministro de Exteriores, y ello hasta rozar a veces el ridículo,
como le sucedió recientemente tras conversar con la presidenta
de Filipinas.
Bono apuesta desde luego por un PSOE orientado hacia el territorio del
centro. Lo hizo antes de los comicios de 2004, cuando recomendó
al candidato Zapatero tener en cuenta los caladeros de votos situados
a la derecha del socialismo. No acertó en el vaticinio porque la
mayoría de los nuevos votos que recibió el PSOE el 14-M
llegaron más bien de posiciones ubicadas en la izquierda, aunque
algunas papeletas también pudieron llegar de centristas desengañados
por la radicalización conservadora, o neocon, de Aznar y los suyos.
Bono se ha apropiado con desparpajo y desde hace bastante tiempo
de la bandera de Escaña v iuega a fondo esa cartaque tan apreciada
es por amplios sectores del centro-derecha español. No se encuentra
solo en esta misión dentro del PSOE, como lo acreditan cada dos
por tres Francisco Vázquez o Juan Carlos Rodríguez Ibarra,
entre otros socialistas menos conocidos. Su particular concepción
patriótica, añadida a su catolicismo practicante y sus guiños
reiterados a Estados Unidos señas de identidad que mezcla
hábilmente con ingredientes de sabor progresista lo han convertido
en el ministro mejor valorado del Gobierno. Tiene el apoyo, más
allá de discrepancias internas o no, de la mayoría de los
votantes del PSOE. Suma, asimismo, una cierta simpatía o complicidad
entre no pocos votantes del PP.
Trata a los medios con cuidado exquisito. Mantiene relaciones fluidas,
cordiales y hasta de amistad con periodistas como Pedro J. Ramírez,
aparte de otros colegas caracterizados también por sus escasas
o nulas simpatías hacia el PSOE. Exhibe este género de amistades
su toma de posesión constituyó todo un espectáculo
de variedades, de modo que resulta público y notorio que
frecuenta a Julio Iglesias, Raphael , Eduardo Zaplana y Mariano Rajoy.
No ha de pasar inadvertido, por otra parte, la recuperación de
la militancia falangista de su difunto padre. Cuando fue reelegido presidente
de Castilla-La Mancha en 2003, lucieron más en el acto de entronización
Rajoy y Zaplana que Zapatero, entonces candidato sin aparente futuro.
Su discurso rebasa a menudo la frontera de la ortodoxia predicada por
Zapatero al referirse al Estatut o al fin de ETA por la vía del
diálogo. ¿Después de Zapatero, Bono? ¿Bono
candidato, al frente de una especie de coalición centrista surgida
de la derecha del PSOE y de la izquierda del PP? Todo esto, y algo más,
puede esconderse detrás del litigio, que está a la vista,
entre Bono y Moratinos. ¡Ojo, es Bono!
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