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El andamio del reformismo
Agrietan
las encuestas y en el seno del socialismo afloran la inquietud y el malestar.
Rajoy empieza a sacar pecho. ¿Terminó, por fin, el tiempo
de las desdichas? ¿Se rompió el espejo/espejito, tan obstinado
en afirmar que el más guapo era Zapatero? Atiborrado de fracasos,
desde los comicios generales del 14-M hasta la pérdida del Gobierno
en Galicia, el presidente del PP alberga estos días esperanzas.
Tiene motivos para ello. Cataluña puede ser la tumba del zapaterismo.
La misma Cataluña, ¡oh, paradoja!, que sigue optando mayoritariamente
por él. Igual que optaba por Felipe González.
Ibarra acusa de "desleal" a Maragall. A Paco Vázquez
la proximidad del Estatut le provoca urticaria. Bono insiste en que sólo
hay una nación que es España. Suenan en el socialismo voces
discrepantes por doquier. El PSOE recuerda estos días a la UCD.
Entonces no se rompió España ni con la Constitución
ni con los estatutos de autonomía, a pesar de que los profetas
de las catástrofes, que tanto abundan, ya lo pronosticaban. Pero
se rompió la UCD, se hizo literalmente añicos, no quedó
del partido presidencial, el de Suárez, piedra sobre piedra.
Dicen los críticos internos de Zapatero algunos de los cuales
han salido ahora de su madriguera que el presidente se ha metido,
entre el Estatut y el diálogo con ETA, en un laberinto donde prima
más el aventurerismo que la razón. Era perfectamente prescindible
este embrollo, arguyen. Eran innecesarias tales cosas, puntualizan. El
PP va a recoger el fruto sin apenas esfuerzo. Parece que Zapatero trabaje
para Rajoy, añaden.
¿Ha llegado la hora de dar la vuelta a la tortilla? Crece la impresión
de que, en efecto, es probable. Y, sin embargo, Rajoy y sus amigos deberían
pensar que la peIota aún no está en su terreno, sino en
el de Zapatero. Sólo si el Estatut no es aprobado empezará
Zapatero a perder el control del esférico. O si ETA Dios
no lo quiera mata de nuevo. Pero, ojo, puede ocurrir lo contrario:
que el Estatut se arregle y que ETA, colocada policial y judicialmente
contra la pared de su impotencia, acabe entrando en la senda diseñada
desde Moncloa.
Zapatero acaso pueda ser un iluso. Los reformistas a veces pecan de ilusos.
Y ZP es un reformista. Muchos lo votaron porque hacía cosas bastante
insólitas, poco frecuentes, sin duda, y encima sus discursos abrían
la puerta a una dosis de utopía. La utopía es mirada con
desprecio por los pragmáticos. No sirve para nada, advierten. Pero
hay millones de ciudadanos también en España
que continúan creyendo, por ejemplo, que otro mundo es posible,
aunque lo que está cerca, el mundo que vemos a primera vista, ande
sobrado de hambre y de miseria.
El contencioso catalán, como el vasco, no ha surgido recientemente.
Viene de muy lejos y era preciso reconducirlo hasta reducir el problema
a su mínima expresión. En este intento anda metido Zapatero.
Es una tarea arriesgada pero, a medio plazo, si no se resuelve el problema
de modo favorable, quizás estaremos frente a una misión
del todo imposible. Quien no quiera darse cuenta de la creciente deriva
hacia el independentismo en Cataluña y en Euskadi es
que o no se entera o no se quiere enterar.
Claro que Zapatero puede perder pie y caerse desde el andamio del reformismo.
Si tal eventualidad sucediera, regresaría el PP al poder con Rajoy
al frente. No es descabellado, sin embargo, imaginar que en Euskadi y
en Cataluña los principales beneficiados del cambio serían
los soberanistas. Con todas sus consecuencias.
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