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Nº 666
17/10/2005

El andamio del reformismo

Agrietan las encuestas y en el seno del socialismo afloran la inquietud y el malestar. Rajoy empieza a sacar pecho. ¿Terminó, por fin, el tiempo de las desdichas? ¿Se rompió el espejo/espejito, tan obstinado en afirmar que el más guapo era Zapatero? Atiborrado de fracasos, desde los comicios generales del 14-M hasta la pérdida del Gobierno en Galicia, el presidente del PP alberga estos días esperanzas. Tiene motivos para ello. Cataluña puede ser la tumba del zapaterismo. La misma Cataluña, ¡oh, paradoja!, que sigue optando mayoritariamente por él. Igual que optaba por Felipe González.

Ibarra acusa de "desleal" a Maragall. A Paco Vázquez la proximidad del Estatut le provoca urticaria. Bono insiste en que sólo hay una nación que es España. Suenan en el socialismo voces discrepantes por doquier. El PSOE recuerda estos días a la UCD. Entonces no se rompió España ni con la Constitución ni con los estatutos de autonomía, a pesar de que los profetas de las catástrofes, que tanto abundan, ya lo pronosticaban. Pero se rompió la UCD, se hizo literalmente añicos, no quedó del partido presidencial, el de Suárez, piedra sobre piedra.

Dicen los críticos internos de Zapatero —algunos de los cuales han salido ahora de su madriguera— que el presidente se ha metido, entre el Estatut y el diálogo con ETA, en un laberinto donde prima más el aventurerismo que la razón. Era perfectamente prescindible este embrollo, arguyen. Eran innecesarias tales cosas, puntualizan. El PP va a recoger el fruto sin apenas esfuerzo. Parece que Zapatero trabaje para Rajoy, añaden.

¿Ha llegado la hora de dar la vuelta a la tortilla? Crece la impresión de que, en efecto, es probable. Y, sin embargo, Rajoy y sus amigos deberían pensar que la peIota aún no está en su terreno, sino en el de Zapatero. Sólo si el Estatut no es aprobado empezará Zapatero a perder el control del esférico. O si ETA —Dios no lo quiera— mata de nuevo. Pero, ojo, puede ocurrir lo contrario: que el Estatut se arregle y que ETA, colocada policial y judicialmente contra la pared de su impotencia, acabe entrando en la senda diseñada desde Moncloa.

Zapatero acaso pueda ser un iluso. Los reformistas a veces pecan de ilusos. Y ZP es un reformista. Muchos lo votaron porque hacía cosas bastante insólitas, poco frecuentes, sin duda, y encima sus discursos abrían la puerta a una dosis de utopía. La utopía es mirada con desprecio por los pragmáticos. No sirve para nada, advierten. Pero hay millones de ciudadanos —también en España— que continúan creyendo, por ejemplo, que otro mundo es posible, aunque lo que está cerca, el mundo que vemos a primera vista, ande sobrado de hambre y de miseria.

El contencioso catalán, como el vasco, no ha surgido recientemente. Viene de muy lejos y era preciso reconducirlo hasta reducir el problema a su mínima expresión. En este intento anda metido Zapatero. Es una tarea arriesgada pero, a medio plazo, si no se resuelve el problema de modo favorable, quizás estaremos frente a una misión del todo imposible. Quien no quiera darse cuenta de la creciente deriva hacia el independentismo en Cataluña —y en Euskadi— es que o no se entera o no se quiere enterar.

Claro que Zapatero puede perder pie y caerse desde el andamio del reformismo. Si tal eventualidad sucediera, regresaría el PP al poder con Rajoy al frente. No es descabellado, sin embargo, imaginar que en Euskadi y en Cataluña los principales beneficiados del cambio serían los soberanistas. Con todas sus consecuencias.

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