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Nº 658
18/7/2005

Preguntas para Guerra

Alfonso Guerra -políticamente apuñalado por gente que ahora lo jalea- ha resucitado, aunque sería tan impreciso como injusto asegurar que se hallaba ya embalsarnado para la historia, en el mausoleo de hombres ilustres. Guerra continúa siendo -desde que abandonó la vicepresidencia del Gobiemo- un icono para amplios sectores de la opinión pública y del propio PSOE. No manda, pero influye. La intervención de los guerristas, por ejemplo, resultó decisiva a la hora de elegir como nuevo líder a Zapatero, lo que ocurrió contra todos los vaticinios. Guerra, sin embargo, gestionó mal el turbio asunto de su hermano Juan, que precipitó su caída. Por otra parte, el divorcio entre él y Felipe González acabó pasando factura al socialismo.

La resurrección de Guerra se basa en el entusiasmo por la unidad de España que canaliza a través de sus ardorosas filípicas contra las pretensiones del Gobierno catalán. Preside la Comisión Constitucional del Congreso y su papel será sobresaliente cuando se debata el nuevo Estatuto. Ejerce de Demóstenes e, implacable, ataca a Maragall, convertido de pronto en Filipo, rey de Macedonia. Demóstenes en sus filípicas trataba de defender, frente a Filipo, la democracia griega. Lo mismo pretende Guerra: defender la democracia española, encarnada en la Constitución del 78, de la que él fue uno de los principales progenitores.

Guerra dispone al respecto de un aval muy superior al de sus compañeros de viaje, que son los dirigentes del PP o periodistas instalados en la derecha roqueña. Pero han encontrado en Guerra un formidable aliado. Como en Rodríguez ¡barra -uno de los discípulos aventajados del ex vicepresidente- o en Paco Vázquez. Nunca Guerra sumó tantos elogios conservadores. Se ha ubicado objetivamente en el bloque de la españolidad, que la derecha
utiliza, día sí y día también, como obús dirigido a la línea de flotación del Gobierno Zapatero.

Guerra siempre ha sido jacobino y ha simpatizado poco con los nacionalismos periférícos. Acontece, además, que el PSC le significa una espina que lleva clavada desde la Transición. lo afirma en sus memorias (1940-1982), tituladas Cuando el tiempo nos alcanza. Dice que el proceso de unificación socialista "que me resultó más doloroso fue el que fundía a todo el socialismo catalán en el PSC" A la hora de defender esa unidad "tuve que tragarme el corazón". "Fue una intervención capciosa, pues yo mismo no estaba convencido de lo que decía. Se votó y aceptaron mis argumentos ( ... )Tenía la angustiosa sensación (.. .) de engañarles". Guerra se pregunta: "¿Debí negarme a un acuerdo que efectivamente ha ido de forma paulatina imponiendo unas tesis que la Federación Socialista del PSOE (en Cataluña) no aceptaba?".

Parece pertinente, pues, preguntar a Guerra si su obstinación tan ruidosa contra el Estatuto forma parte o no de una especie de ajuste personal de cuentas con su pasado. Y también habría que preguntarle si en el balance negativo del PSC incluye el dato de que la mayoría de ciudadanos catalanes, desde 1977 hasta hoy, han preferido de forma abrumadora un presidente socialista en España y no de la derecha. 0 si recuerda que el PSC ha gobernado desde 1978 los ayuntamientos más importantes de Cataluña y que, por fin, gobierna también la Generalitat. ¡Ah!, habría que preguntarle, por último, si considera que Cataluña -guste o no gustetiene ciertos rasgos diferenciales que se traducen cultura¡, económica, sociológica y políticamente en un mapa político complejo, con perfiles propios. Y si ignora que Zapatero cuenta como socios preferentes de facto con ERC e ICV.

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