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Preguntas
para Guerra
Alfonso
Guerra -políticamente apuñalado por gente que ahora lo jalea-
ha resucitado, aunque sería tan impreciso como injusto asegurar
que se hallaba ya embalsarnado para la historia, en el mausoleo de hombres
ilustres. Guerra continúa siendo -desde que abandonó la
vicepresidencia del Gobiemo- un icono para amplios sectores de la opinión
pública y del propio PSOE. No manda, pero influye. La intervención
de los guerristas, por ejemplo, resultó decisiva a la hora de elegir
como nuevo líder a Zapatero, lo que ocurrió contra todos
los vaticinios. Guerra, sin embargo, gestionó mal el turbio asunto
de su hermano Juan, que precipitó su caída. Por otra parte,
el divorcio entre él y Felipe González acabó pasando
factura al socialismo.
La resurrección de Guerra se basa en el entusiasmo por la unidad
de España que canaliza a través de sus ardorosas filípicas
contra las pretensiones del Gobierno catalán. Preside la Comisión
Constitucional del Congreso y su papel será sobresaliente cuando
se debata el nuevo Estatuto. Ejerce de Demóstenes e, implacable,
ataca a Maragall, convertido de pronto en Filipo, rey de Macedonia. Demóstenes
en sus filípicas trataba de defender, frente a Filipo, la democracia
griega. Lo mismo pretende Guerra: defender la democracia española,
encarnada en la Constitución del 78, de la que él fue uno
de los principales progenitores.
Guerra dispone al respecto de un aval muy superior al de sus compañeros
de viaje, que son los dirigentes del PP o periodistas instalados en la
derecha roqueña. Pero han encontrado en Guerra un formidable aliado.
Como en Rodríguez ¡barra -uno de los discípulos aventajados
del ex vicepresidente- o en Paco Vázquez. Nunca Guerra sumó
tantos elogios conservadores. Se ha ubicado objetivamente en el bloque
de la españolidad, que la derecha utiliza,
día sí y día también, como obús dirigido
a la línea de flotación del Gobierno Zapatero.
Guerra siempre ha sido jacobino y ha simpatizado poco con los nacionalismos
periférícos. Acontece, además, que el PSC le significa
una espina que lleva clavada desde la Transición. lo afirma en
sus memorias (1940-1982), tituladas Cuando el tiempo nos alcanza. Dice
que el proceso de unificación socialista "que me resultó
más doloroso fue el que fundía a todo el socialismo catalán
en el PSC" A la hora de defender esa unidad "tuve que tragarme
el corazón". "Fue una intervención capciosa, pues
yo mismo no estaba convencido de lo que decía. Se votó y
aceptaron mis argumentos ( ... )Tenía la angustiosa sensación
(.. .) de engañarles". Guerra se pregunta: "¿Debí
negarme a un acuerdo que efectivamente ha ido de forma paulatina imponiendo
unas tesis que la Federación Socialista del PSOE (en Cataluña)
no aceptaba?".
Parece pertinente, pues, preguntar a Guerra si su obstinación tan
ruidosa contra el Estatuto forma parte o no de una especie de ajuste personal
de cuentas con su pasado. Y también habría que preguntarle
si en el balance negativo del PSC incluye el dato de que la mayoría
de ciudadanos catalanes, desde 1977 hasta hoy, han preferido de forma
abrumadora un presidente socialista en España y no de la derecha.
0 si recuerda que el PSC ha gobernado desde 1978 los ayuntamientos más
importantes de Cataluña y que, por fin, gobierna también
la Generalitat. ¡Ah!, habría que preguntarle, por último,
si considera que Cataluña -guste o no gustetiene ciertos rasgos
diferenciales que se traducen cultura¡, económica, sociológica
y políticamente en un mapa político complejo, con perfiles
propios. Y si ignora que Zapatero cuenta como socios preferentes de facto
con ERC e ICV.
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