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Nº 627
6/12/2004

La herencia (empresarial) del aznarato

Luis Ignacio Parada, refiriéndose en ABC al BBVA, a causa de las convulsiones accionariales ¡mpulsadas por Sacyr-Vallehermoso, recordaba que Francisco González, actual presidente del banco, fue "impuesto por el Gobierno del PP". Como quiera que la amnesia, a menudo voluntaria, se extiende con profusión en esta especie de reencuentro con el tiempo perdido en el que nos hallamos inmersos de nuevo en el oleaje de la crispación conservadora-, la alusión de Parada parece pertinente. Cuando este González fue impuesto, ciertos comentaristas que forman parte de la guardia de corps de la derecha lo denominaban FG, el bueno, para distinguirlo del FG por antonomasia, el malo, naturalmente.

El asalto al BBVA, culminado con la coronación de Francisco González, fue una de las gestas más gratificantes -por anhelada- para Aznar, entonces en el cenit de su gloria, a principios de 2002. Con absoluto desparpajo, el Gobierno surgido de las urnas de 1996, aun habiendo alcanzado una mayoría de fragilidad manifiesta, se lanzó a la conquista de las grandes empresas -privatizadas pro domo sua-, situando en cada una de ellas procónsules de la confianza máxima del nuevo César.

Costó más hacerse con el BBVA. El primer paso se dio mediante la privatización de Argentaria y la fusión con la joya de la corona de las finanzas vascas. Finalmente, y merced a un escándalo judicial tan cierto como adecuadamente instrumental izado, Aznar alcanzó su objetivo. El caudillo civil que había unificado con mano de hierro a toda la derecha, sin duda un éxito, terminó por someter en el plano económico a esa gente de Neguri, ex alumnos muchos de ellos de Deusto. Su eclecticismo, sus fluidas relaciones de antaño con el denostado felipismo y su equidistancia -como mínimo, tácticaconvirtieron a tan relevante entidad en el oscuro objeto de deseo del César y sus amigos.

Ocurre con frecuencia. Los liberales de nuevo cuño, que se vanaglorian de adorar el libre mercado, tienden a practicar el intervencionismo estatal más implacable cuando gobiernan. Tal intervencionismo no lo ejercitan obviamente para corregir los excesos del mercado -tan propenso a consagrar injusticias sociales de grueso calibre que pagan siempre los más desfavorecidos-, sino para aprovecharse de los mismos en beneficio de los intereses propios. Aznar, en este sentido, con la valiosa cooperación de Rato, fomentó una nueva clase empresarial más cercana al concepto de casta que a la retórica de la posmodernidad después del fin -que creen definitivo- de las ideologías.

La operación Sacyr-Vallehermoso -todavía sin desenlace claro a la hora de redactar este artículo- ha hecho sonar la señal de alarma en la sala de máquinas de Génova 13, la FAES y entre sus heraldos mediáticos. Ya sucedió recientemente con Repsol, primer aviso para ciertos navegantes con credenciales de capitán de navío políticamente caducadas. El talante de Zapatero no incluye la bobedad de seguir tragando con los capitanes de grandes empresas clave, nombrados digitalmente por su antecesor en La Moncloa en virtud sobre todo de los supuestos méritos que confiere simplemente la amistad. Habrá que ver en todo caso que termina por suceder. Apellidos como Abelló (Juan) o Carceller (Demetrio), que van de compañeros de viaje de la constructora, no indican el más leve riesgo de que el BBVA pase a ser teledirigido -término tan del agrado del mendaz Zaplana- desde la izquierda. Pero una cosa debería ser el dinero -que ya tiende por sí mismo a ubicarse en la derecha- y otra la herencia empresarial del aznarato.

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