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Una miopía peligrosa José Luís Rodríguez Zapatero se ha convertido en uno de los gobernantes de moda en el mundo. José María Aznar porfió con entusiasmo por conseguirlo y estuvo a punto de lograrlo cuando se incorporó casi en pie de igualdad con Tony Blair al sanedrín de la gloria bushiana. Eran tiempos -tan cercanos y tan lejanos a la vez- en los cuales Aznar logró desde luego un relevante protagonismo al llevar parte de la voz cantante en la ominosa aventura de Iraq. Su gestión económica -que ha conducido a Rodrigo Rato hasta la cima de FM1- recibía parabienes de alguna prensa internacional y llegó a ser jaleado incluso por The Wall Street Journal. Pero Aznar fue víctima de su avaricia de honores y de poder dentro y fuera de España. Creyó que estaba a punto de entrar en la historia por la puerta grande y salió de La Moncloa por la puerta de atrás y con su sucesor derrotado. La sorpresa está siendo Zapatero. Lo es también, por supuesto, en el llamado concierto internacional. Como está resultando muy audaz, a pesar de su apariencia de tímido congénito y de su sonrisa indeterminada, llama la atención y rompe los códigos vigentes, casi ninguno escrito. Anunció que retiraría las tropas españolas de Iraq y cumplió sin dilación alguna. El otro día exhortó a los demás países a hacer lo propio. ¿Donde se ha visto semejante osadía? El Gobierno de Bush incluso exigió la trascripción de sus palabras. Se jacta de hacer -o de intentarlo al menos- lo que dice. En los debates sobre Afganistán y más tarde sobre Iraq, su voz resonó en el Congreso de los Diputados pidiendo que se formara una coalición internacional contra el hambre, una de las causas más profundas del terrorismo. Lo tildaron de ingenuo y de pardillo. Entonces era todavía un extraño en el paraíso, un parvenu destinado a repetir -desde el PSOE- la penosa travesía de Hernández Mancha. Ahora se ha dado de alta en la Alianza contra el Hambre, que impulsan, entre otros, Lula, Jacques Chirac, Kofi Annan o Ricardo Lagos. Los pesimistas, los escépticos, los que están de vuelta de casi todo, así como quienes critican al actual presidente del Gobierno con ocasión y sin ella, argumentarán que se trata de un gesto de cara a la galería y que esa alianza no resolverá el problema. Pero muchos pensaremos, en cambio, que más vale aliarse para combatir el hambre que no para bombardear inocentes. Lo primero puede no ser eficaz en exceso. Lo segundo -se ha comprobado- resulta no sólo ineficaz, sino estremecedoramente nocivo. Parece bastante seguro, en todo caso, que Zapatero comparte la teoría del obispo Casaldáliga y del jesuita Ion Sobrino, dos cristianos comprometidos con la justicia desde la Teología de la Liberación: "La pobreza es la macroblasfemia de este tiempo". Su proyección más allá de las fronteras va creciendo. No ha caído todavía en el error -está a tiempo, pues, para vacunarse contra el virus denominado estadista internacional- de volcarse en el extranjero y descuidar los asuntos domésticos. Algún precio y no menor pagaron por ello sus antecesores en La Moncloa. Así, Zapatero ha encarrilado personalmente, y con éxito, la comisión del 11-M. Ha vuelto a exhibir que es un Bambi de acero y no de peluche. El estado de excitación en el que se halla sumido el PP certifica que tomarlo por un iluso -como insisten en presentarlo algunos- es una miopía francamente peligrosa. |