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Lista Al trasluz
Nº 614
6/9/2004

La distancia del PP con la realidad

Cuando el 11 de septiembre de 2001 fueron destruidas las Torres Gemelas de Nueva York ante la mirada atónita y estremecida de millones de televidentes, una oleada de miedo y de pavor se apoderó de buena parte de la humanidad. Si repasáramos los periódicos de esos días, así como los mas acreditados programas de radio y de televisión, encontraríamos advertencias sólidamente argumentadas respecto a que podíamos encontrarnos a las puertas de la III Guerra Mundial. Si semejantes pronósticos se hubieran cumplido nadie se habría sorprendido. Tal era el clima que se había creado tras el diabólico ataque de Bin Laden al corazón de FE UU. Con ese mismo clima de fondo, nadie se asombró tampoco cuando en los días y hasta meses siguientes, George W. Bush, presidente de Estados Unidos, pasó de hallarse en una situación objetivamente tambaleante a sentirse respaldado por la mayoría de sus conciudadanos. los norteamericanos -republicanos y demócratas, politizados y pasotas, de todos los credos y de todas las clases socialescerraron filas en torno a Bush. lo hicieron también los líderes demócratas, incluido Al Gore, el hombre al que Bush birló -o sea, quitó con malas artes- la Casa Blanca. Ni siquiera la sombra del pucherazo en Florida impidió que el pueblo americano apoyara como una piña a su presidente.

En definitiva, se produjo en Norteamérica -a partir del 11-S- una reacción lógica. "En tiempos de tribulación, no haced mudanza", dejó escrito como lúcida recomendación San Ignacio de Loyola en el siglo XVI. El fundador de los jesuitas tenía razón. Por su parte, en el siglo XIX, Stendhal, en Memorias sobre Napoleón, dictaminó: "En tiempo de debilidad, todo cambio es un mal" Meses después del 11 -S, coincidí en uno de los aniversarios de EL SIGLO con José Luis Rodríguez Zapatero, cuya cotización como alternativa estaba entonces bajo ce ro. "Ten en cuenta -me dijo- que el atentado del 11 de septiembre empuja a los ciudadanos de todos los países vinculados a EE UU a fortalecer a sus gobiernos respectivos. También esta coyuntura favorece a PP. Hasta que esta oleada no pase será difícil que nuestras propuestas lleguen correctamente a los ciudadanos".

Pues bien, ¿por qué la maldita masacre del 11 de marzo en Madrid no sólo no provocó en España el efecto instintivo de cobijarse bajo la protección de quien manda, sino que se registró como una especie de incontenible explosión de desapego o de castigo precisamente al Gobierno? Examínese la cuestión, si se prefiere, desde otra perspectiva. ¿Por qué José María Aznar intuyó, no sin fundamento, que si la autoría de los atentados correspondía a ETA, se operaría una reacción electoral favorable al PP, mientras que si los culpables eran terroristas de raíz islámica, el enojo generalizado se impondría hasta provocar la derrota de Mariano Rajoy, su delfín? la respuesta a este interrogante es sencilla, a pesar de la enorme complejidad del momento.

En el combate contra ETA, el Gobierno presidido por Aznar gozaba aún de una cuota de crédito considerable. Y ello a pesar de haber instrumental izado en demasía -antes y durante la campaña- el terrorismo etarra, extendiéndolo injusta y hasta ímpúdicamente a otros sectores sociales y políticos como el nacionalismo vasco y el catalán. Incluso salpicó de forma grosera al PSOE, en la medida que el PSC había pactado en Cataluña con ERC, un partido independentista, aunque -más allá de ciertos errores- ajeno a la violencia como instrumento político. El zarpazo de ETA -de haber sido ETA la autora del 11 -M- sí que probablemente habría añadido un plus de apoyo al PP en las urnas. En cambio, el Gobierno estaba estruendosamente en falso respecto al terrorismo próximo a Al Qaeda o a Bin Laden. La opinión pública española tenía la sensación -incluso entre no pocos simpatizantes M PP- de que Aznar en la guerra de Iraq no había jugado limpio. Y, además, que había desoído con desdén, con una osadía sin apenas límites, el clamor casi unánime de los ciudadanos, en absoluto partidarios de la alianza con Bush para invadir un país como lrak, violando la legalidad internacional y argumentando conjeturas revestidas falsamente con el ropaje de pruebas. Aznar vulneró uno de los principios, contenido en su España. La Segunda Transición (Espasa Calpe. 1994): `La democracia es, ante todo, un régimen de opinión pública libre. Es esta la definición sustantiva de democracia que prefiero".

Cuando Aznar o Rajoy insisten con machaconería digna de mejor causa que la victoria socialista del 14 de marzo se sustentó sobre la masacre del día 11 , dando a entender que el PSOE venció gracias a unos asesinos, incurren en un nuevo y grave error De no haber sido por el rechazó frontal de la ciudadanía a la guerra, y en paralelo por la actitud cerril del Gobierno, los atentados de Madrid si se hubieran producido- habrían contribuido precisamente a un nuevo triunío (le la derecha. Pero a las razones, expuestas, habría que añadir otras no menores. En primer lugar, conviene no perder de vista que -más allá (le las encuestassubyacía una corriente de opinión crecientemente crítica respecto al PP y, más aún, respecto a la idoneidad de Rajoy como candidato. Las campanas de la victoria venían resonando en la catedral conservadora desde hacía demasiado tiempo. Sin embargo, empezaron a escucharse voces desde la sacristía de esa catedrilavisando que había riesgo de remontada socialista. Todo esto no son cábalas, sino que puede probarse documentalmente. Bastaría con recorrer las hemerotecas.

En segundo lugar, el PP pagó un alto precio el 14 (le marzo -su dies ir ae dies illa particular-, porque había acumulado numerosos pecados (le similar género. No sólo hay que fijarse en el desdichado montaje de las Azores, aunque Iraq haya sido el capítulo sin duda más oneroso entre otros varios. La tendencia hacia la opacidad -que es tentación de la que ningún Gobierno parece librarse- se convirtió en una característica casi definitoria del PP. Fue escandalosa la versión de Moncloa acerca de la huelga general de junio de 2002. No había aún comenzado, o apenas se había iniciado, cuando el portavoz entonces del Ejecutivo,

Pío Cabanillas, sentenció que había sido un fracaso. En otoño de ese mismo año la catástrofe del Prestige puso de manifiesto la incapacidad del Gobierno para hacer frente a la crisis, creyendo que el mejor remedio consistía en negar la evidencia. La manipulación informativa -llevada hasta límites incompatibles con un régimen democrático- pretendieron confundir a los españoles, haciéndoles creer en un principio que el enorme accidente ecológico había sido sólo un lamentable incidente. Lo que, por cierto, debieron de pensar algunos ministros e incluso el presidente de la Xunta, Manuel Eraga -sea dicho como generoso atenuante de su conducta- que optaron por el esparcimiento de fin de semana en vez de asumir con coraje sus responsabilidades. Peor aún: una vez descubiertos, negaron o minimizaron sus escapadas.

¿Qué decir, por otra parte, del atentado en Casablanca contra la Casa de España en esa ciudad, convertido por la ministra de Exteriores, Ana Palacio; el ministro de Defensa, Federico Trillo, o el vicepresidente segundo, Rodrigo Rato, en una mera coincidencia, pues la Casa de España era sostenían- un establecimiento privado, sin conexión alguna con nuestro país? Mientras documentos del CNI o de los servicios de Inteligencia de la Guardia Civil

establecían una vinculación apreciable entre el ataque a la Casa de, España y la participación española en la ocupación militar de Iraq oficialmente se silenciaba este dato. Era mayo de 2003. Faltaban diez meses todavía para las elecciones generales. En relación al accidente del YakovIev 42, acaecido al día siguiente de los comicios locales y autonómicos, su gestión no pudo ser ni peor ni más perniciosa. Otra vez apareció la cortina del mutismo, unida a la sospecha de la instrumentalización partidista. Se puede ser en política más perverso, pero difícilmente más torpe. La ceguera de la prepotencia resulta con frecuencia muy peligrosa. Tomar al conjunto de los conciudadanos por seres sin inteligencia produce consecuencias negativas para aquellos gobernantes que incurren en tal vicio.

Incluso inmediatamente después del 11-M, Aznar dispuso de una oportunidad para enderezar su imagen. ¿Qué habría acontecido de haber convocado con urgencia asumiendo por una vez la figura de estadista-, a todos los líderes políticos para proyectar así una firme vocación de unidad frente a tan espantoso drama? ¿Qué habría ocurrido si en lugar de agarrarse como un clavo ardiendo a la hipótesis de ETA, hubiera ido difundiendo con normalidad la posibilidad de la pista islámica, que se fue afianzando progresivamente?

Volvamos a Stendhal. Comentando el escritor nacido en Grenoble el declive del emperador Bonaparte, afirma: "La obstinación había remplazado al talento ( ... ) En el momento de la necesidad, ya no encontró en torno suyo más que aduladores". El empeño de Aznar de seguir negando las verdaderas causas de su debacle no hace más que agrandar el foso que separa al PP no ya del PSOE, sino del resto de los partidos parlamentarios. En definitiva, acrecienta la distancia del PP con la realidad.

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