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El padre puede matar al hijo Parece claro que Mariano Rajoy también quiere matar al padre. A tal efecto, cuenta además con el apoyo del abuelo, Manuel Fraga. El fundador del PP -lo que hiciera en compañía de otros relevantes colaboradores de la dictaduraha pasado demasiados años en plan subalterno respecto a José María Aznar, aunque en alguna ocasión le haya propinado algún que otro pescozón dialéctico. Por fin ha tenido la oportunidad de reñirle en público para defender la mayoría de edad del nieto. Encomiable tarea, desde luego, que le habrá producido al viejo patrón satisfacción íntima. No había ocultado Fraga -sotto voce-su irritación cuando Aznar designó a Rajoy heredero sin encomendarse a Dios ni al diablo. Ni siquiera a Fraga. Ni a nadie. Dicen que Fraga comentaba airado: "Yo escuché en Perbes en 1989 a unos y a otros. Yo quería nombrar a Isabel Tocino y acabé aceptando, tras recibir a una comisión de notables, la candidatura de Aznar". Querría Rajoy matarlo y volar por su cuenta, jugar a ser centrista. Pero es su prisionero. El se desmarcó visiblemente del progenitor cuando Aznar pronunció su discurso de la FAES, con más visos de prólogo que de epílogo. No era un testamento, sino un recordatorio. Aquí estoy, y puedo volver en cualquier momento. Su argumentación -contrapuesta en determinados puntos a las más recientes propuestas del delfín- recibió el apoyo inmediato de dos de sus más apreciados mosqueteros: Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, los celadores aznaristas de Rajoy. Pretende Rajoy apoyarse en Ruiz-Gallardón y en Josep Piqué. Le costará -más bien le será imposible emanciparse. Aznar vigila, ojo avizor. Es un padre en plenitud de facultades, atrapado por el afán de venganza. El intentaba salir por la puerta grandes, ovacionado por la multitud, santificado en vida, teledirigiendo los pasos del sucesor, con muchos años todavía por delante por si el destino facilitara su retorno. Ahora no soporta haber sido derrotado -"yo no me presentaba", arguyó torpemente en la entrevista póstuma de Telecinco- contra casi todos los pronósticos. Su furia debe de ser torrencial cuando rebobina sabiendo perfectamente que millones de ciudadanos no votaron tanto contra el PP que también- cuanto sobre todo para echarlo a él. Los trabajos de la comisión del 11-M se han convertido en obuses que le alcanzan en la línea de flotación. Su versión acerca de ETA, y la del fiel Acebes, se desmorona. Pronto empezó a conocerse -conforme han explicado responsable policiales incluso afines al PP o el juez Garzón- que la pista de Al Qaeda no sólo era posible, sino la más probable. La verdad, una vez más, acaba coincidiendo con el sentido común y el olfato o instinto de las gentes de a pie. Sus peones mediáticos más aguerridos se empeñan en reescribir la historia mediante narraciones rocambolescas. Pero la situación no cambia. El PP ha vuelto a quedarse parlamentariamente solo, como un juguete roto, caído en el rincón. Se avecinan tiempos difíciles para una derecha que gozó tanto con el poder reencontrado durante ocho espléndidos años. Pensó Aznar que la guerra de Iraq se convertiría en su acceso a la gloria. Creyó que la foto de las Azores sería el paso previo para su entrada en el paraíso de los hombres inmortales. Y, en cambio, Rajoy desearía verlo muerto políticamente, y su sepultura cerrada con siete llaves. Quiere matar al padre. Pero le puede ocurrir lo contrario: que el padre en este caso mate al hijo. |