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Inquietante, como mínimo Qué habría pasado el 14-M -aparte de los efectos colaterales derivados del día 11-, si en Cataluña no se hubiera constituido el Gobierno autonómico tripartito presidido por Pasqual Maragall? Esta pregunta jamás tendrá respuesta, aunque al respecto sí cabe especular con fundamento a partir de algunos datos decisivos. En primer término, conviene tener en cuenta que el triunfo socialista en las municipales de 2003 estuvo muy por debajo de las expectativas creadas, sin olvidar, no obstante, que ésta fue la primera victoria de[ PSOE en nada menos que diez años. Ganaron por fin los socialistas, pero por algo más de cien mil votos y sin conquistar su ansiada joya de la corona, que era Madrid. Tuvo Rodríguez Zapatero que contentarse con la Comunidad madrileña, asimismo relevante. Luego, sin embargo, ocurrió lo que ocurrió y en octubre -en insólita segunda vuelta- triunfó Esperanza Aguirre. Los resultados de Cataluña, además, no fueron tampoco brillantes, Volvieron a errar las encuestas y aunque Maragall superara en votos a Artur Mas, el sucesor de Jordi Pujol consiguió varios diputados más que el PSC, convirtiéndose CiU, formalmente -y una vez más- en la primera fuerza política. Con la particularidad de que la llave de la gobernabilidad le correspondió con asombrosa exactitud aritmética a ERC. Tal fue el escenario escogido por los electores, más allá de gustos o de preferencias subjetivas. Carod-Rovira pudo, pues, hacer presidente a Mas o a Maragall. La mayoría de los analistas y observadores cualificados entendió la misma noche electoral que la tentación de formar en Cataluña un Gobierno de carácter nacionalista al modo de Euskadise haría irresistible para ERC. ¿Qué habría sucedido -es pertinente insistir-, si Carod-Rovira hubiera pactado con CiU, cuyos dirigentes estaban dispuestos, por otra parte, a casi todo a cambio de mantenerse en el poder? A poco más de tres meses de las generales, el socialismo habría sufrido otro duro golpe, precisamente en Cataluña, donde el PSC ha vencido siempre en las generales -¡incluidas las de 2000!-, ha vencido siempre asimismo en las municipales y había sido el segundo partido en la Generalitat. Una serie de circunstancias -menos fortuitas de lo que algunos creen- permitieron en todo caso que, contra los vaticinios iniciales, el PSC hiciera realidad su sueño imposible. Hombre clave en las complejas negociaciones con ERC fue José Montilla, secretario general del partido y número dos del mismo. Sin la prudencia y la habilidad de este político -que tiende a transformar su contumaz silencio en eficacia- quizás el desenlace hubiera sido distinto. Montilla también desempeñó un papel preponderante -de puente necesario- a raíz de las tempestades desencadenadas por el encuentro de Carod-Rovira con ETA desde la vertiente de las relaciones entre PSOE y PSC. ¿Cómo, por tanto, fue posible que alguien decidiera en Ferraz o en La Moncloa que Montilla sería excluido de la Ejecutiva del PSOE? Se ignora, pero Montilla estuvo desde luego en un tris de quedarse fuera. No habría sido ni siquiera un crimen, sino un error colosal, que a veces es más grave. El engranaje entre el PSOE y el PSC -éste con un estatus jurídico distinto al de las federaciones territoriales del PSOE- puede ser complicado y provocar episodios enojosos. Pero la singularidad del PSC ha contribuido a que en Cataluña -donde el PSOE había sido secundario incluso durante la II República- los socialistas sean holgadamente hegemónicos. Y que proporcionen al PSOE suculentos réditos en cada convocatoria electoral de ámbito estatal. No entender esto es, como mínimo, inquietante. |