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Nº 610
5/7/2004

En el carrusel

Cuando, hace más de dos años, ni el más enfervorizado militante socialista era capaz, estando en su sano juicio, de apostar un céntimo por el futuro de José Luís Rodríguez Zapatero, José Blanco compareció una mañana ante los micrófonos de la cadena SER. El secretario de Organización del PSOE lanzó ese día una perorata repleta de optimismo con frases que ni siquiera hubiera suscrito el entrenador del Alcoyano F.C., empeñado -como es bien sabido- en exigir prórroga al árbitro, porque argumentaba que aún era posible la remontada con un 11 a 0 en contra. La entrevista produjo estupor en Iñaki Gabilondo, suscitó críticas envenenadas de algún ilustre tertuliano y generó en la audiencía de signo progresista una sensación de vértigo, mezclada con un estado general de frustración y desolación sin límites.

Blanco no sólo negó que el PSOE atravesara momentos difíciles, sino que sostuvo que el PP estaba a punto de hundirse, que él percibía en la ciudadanía un estado creciente de cabreo antigubernamental y que, en fin, Aznar se hallaba atrapado por su deficiente gestión y sus contradicciones. No llegó a decir que al Gobierno de la resplandeciente mayoría absoluta le quedaban con suerte dos cortes de pelo, pero lo insinuó sin que la voz le temblara lo más mínimo. Hace unos días, Blanco volvió a la SER y tanto él como Gabilondo evocaron, con ironía y satisfacción por parte del augur, aquella inolvidable mañana, en medio de un túnel que a muchos se les antojaba inacabable. Lo que parecía imposible se había convertido en verdad.

Ahora Blanco y Zapatero, su jefe inmediato superior, se han instalado en la gloria. Se encuentran -y tienen sobradas razones para sentirse así- en una especie de maravilloso carrusel como el que da nombre al primero de los tres arcos de triunfo que pueden admirarse en París, y que fue ra construido por Napoleón para conmemorar sus victorias. El PSOE de Zapatero ha abandonado en menos de cuatro años el purgatorio de la derrota y retoza gozoso en las praderas del paraíso. En el verano de 2000, el Congreso del PSOE -tras la dimisión éticamente encomiable de Joaquín Almunia- hacía presagiar un desenlace preagónico. Algunos oráculos socialistas pronosticaron a periodistas amigos -con la condición de anonimato obligado- que "este joven Zapatero está condenado a ser nuestro Mancha".

Ha de saber, sin embargo, Zapatero que nada hay más engañoso y mutable que la política. Es más cambiante que la metereología. Hoy todos lo jalean, lo ovacionan, apenas quedan cicatrices y el PSOE -con ciertas salvedades quizás inevitables- aparece más unido que nunca. Vencer une, perder separa. No hay recetas que sean infalibles para superar los obstáculos que, antes o después, se le cruzará n en el camino. Pero su suerte ha ido unida, hasta el presente, a su imagen de persona fiable, que hace -o lo intenta con perseverancia- cuanto se ha comprometido a hacer. No presume de milagros, sino de hacer posible en la realidad lo que es posible en algunos sueños. Si en las manifestaciones multitudinarias contra la guerra de Iraq se hubiera realizado una en- cuesta preguntando a los asistentes si creían que España retiraría las tropas de allí, el "no" habría barrido al "sí".

¡Ah!, y como dijo Zapatero para justificar la retirada de la medalla concedida a José Bono, conviene que rectifique antes de que sea tarde. En ciertos asuntos hasta empieza a ser urgente.

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