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Nº 599
22/4/2004
Algún tímido entusiasmo

A lgunos consideran a José Enrique Serrano de la vieja guardia, un superviviente del felipismo. ¡Menudo pecado! Y María Teresa Fernández de la Vega se estrenó en el poder de la mano de Fernando Ledesma, ministro de Justicia en la primera época también de González. ¿Más, pues, de lo mismo? Pero ¿qué creían? Zapatero ocupó su escaño en 1986, diez años antes de que Aznar derrotara por la mínima a Felipe González. Es cierto que en los inicios de su mandato como secretario general del PSOE, Zapatero trató de arroparse fortificándose con sus gentes más próximas. Incluso mantuvo en lontananza a muchos veteranos, con la excepción -plenamente acertada- de Pérez Rubalcaba y pocos más.

En los últimos tiempos, Zapatero ha venido apostando por nombres conocidos. Y asimismo desconocidos, como Carmen Cafarel, la próxima directora general de RTVE. En este sentido -hay que reconocerlo- imita a José María Aznar, que inauguró su mandato designando a Mónica Ridruejo, toda una sorpresa. Ridruejo pasaba por experta en gestión, pero duró poco en Prado del Rey. Veremos qué ocurre con Cafarel, catedrática de cierto relieve académico en el ámbito de la comunicación, aunque -hasta el momento- de escasa proyección pública. Su nombramiento, por lo demás, tiene características de provisionalidad, mientras se forja la nueva ley reguladora de una RTVE más independiente o profesionalmente más autónoma respecto del Gobierno. Pero la directora general puede ser revalidada luego en tan delicado puesto. Sería señal inequívoca de éxito; síntoma excelente para el audiovisual del Estado.

En cuanto a Fernández de la Vega, que es política de coraje y de raza -y de convicciones progresistas profundas-, su principal reto consiste en quebrar la racha de desencuentros habidos hasta la fecha entre el presidente de turno y el vicepresidente de confianza. La historia fatídica arrancó con Adolfo Suárez y Fernando Abril Martorell, uña y carne, amigos del alma, pero no amigos para siempre. Se enemistaron y el idilio acabó como el rosario de la aurora. Lo pagó caro Suárez. Como muy caro pagó González su divorcio de Alfonso Guerra. ¿González o el PSOE en su conjunto? Narcís Serra fue otra cosa y lamentablemente -e injustamente- tuvo que hacer mutis por el foro. Aznar terminó tarifando con Álvarez-Cascos, cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos -los propios y los extraños- pensaban que ambos eran las dos caras de la misma moneda.

Quizás Zapatero -que se está volviendo cada día que pasa más cauto y probablemente más sabio- ha querido eludir el síndrome de la riña presidencial nombrando a Jesús Caldera simplemente ministro. Las relaciones de Zapatero con Fernández de la Vega deben de ser buenas y hasta fluidas, pero esta mujer -valerosa y jurídicamente de valía- no estaba incluida, al parecer, en el sanedrín de los elegidos. Ahora ha pasado a ser la número dos del Gobierno, al lado del poderoso titular de Economía, el bienvenido Pedro Solbes -que es el número tres-, un clásico.

José Enrique Serrano ejercerá de jefe de Gabinete del presidente. Lo fue de Felipe González y de Narcís Serra. Fue la mano derecha de Joaquín Almunia en Ferraz y, más tarde, ha estado muy cerca de Manuel Chaves. Sin ser viejo, sabe más por viejo que por diablo. Entiende Zapatero que Serrano es sinónimo de garantía y de sentido común. O de eficacia silenciosa. Todos los nombramientos de Zapatero han sido acogidos -de momento-- sin apenas críticas ni escándalos y hasta con algún tímido entusiasmo, que ya es mucho. La película comienza. Atentos a la pantalla.

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