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Algún
tímido entusiasmo
A
lgunos consideran
a José Enrique Serrano de la vieja guardia, un superviviente del
felipismo. ¡Menudo pecado! Y María Teresa Fernández
de la Vega se estrenó en el poder de la mano de Fernando Ledesma,
ministro de Justicia en la primera época también de González.
¿Más, pues, de lo mismo? Pero ¿qué creían?
Zapatero ocupó su escaño en 1986, diez años antes
de que Aznar derrotara por la mínima a Felipe González.
Es cierto que en los inicios de su mandato como secretario general del
PSOE, Zapatero trató de arroparse fortificándose con sus
gentes más próximas. Incluso mantuvo en lontananza a muchos
veteranos, con la excepción -plenamente acertada- de Pérez
Rubalcaba y pocos más.
En los últimos tiempos, Zapatero ha venido apostando por nombres
conocidos. Y asimismo desconocidos, como Carmen Cafarel, la próxima
directora general de RTVE. En este sentido -hay que reconocerlo- imita
a José María Aznar, que inauguró su mandato designando
a Mónica Ridruejo, toda una sorpresa. Ridruejo pasaba por experta
en gestión, pero duró poco en Prado del Rey. Veremos qué
ocurre con Cafarel, catedrática de cierto relieve académico
en el ámbito de la comunicación, aunque -hasta el momento-
de escasa proyección pública. Su nombramiento, por lo demás,
tiene características de provisionalidad, mientras se forja la
nueva ley reguladora de una RTVE más independiente o profesionalmente
más autónoma respecto del Gobierno. Pero la directora general
puede ser revalidada luego en tan delicado puesto. Sería señal
inequívoca de éxito; síntoma excelente para el audiovisual
del Estado.
En cuanto a Fernández de la Vega, que es política de coraje
y de raza -y de convicciones progresistas profundas-, su principal reto
consiste en quebrar la racha de desencuentros habidos hasta la fecha entre
el presidente de turno y el vicepresidente de confianza. La historia fatídica
arrancó con Adolfo Suárez y Fernando Abril Martorell, uña
y carne, amigos del alma, pero no amigos para siempre. Se enemistaron
y el idilio acabó como el rosario de la aurora. Lo pagó
caro Suárez. Como muy caro pagó González su divorcio
de Alfonso Guerra. ¿González o el PSOE en su conjunto? Narcís
Serra fue otra cosa y lamentablemente -e injustamente- tuvo que hacer
mutis por el foro. Aznar terminó tarifando con Álvarez-Cascos,
cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos -los propios y los
extraños- pensaban que ambos eran las dos caras de la misma moneda.
Quizás Zapatero -que se está volviendo cada día que
pasa más cauto y probablemente más sabio- ha querido eludir
el síndrome de la riña presidencial nombrando a Jesús
Caldera simplemente ministro. Las relaciones de Zapatero con Fernández
de la Vega deben de ser buenas y hasta fluidas, pero esta mujer -valerosa
y jurídicamente de valía- no estaba incluida, al parecer,
en el sanedrín de los elegidos. Ahora ha pasado a ser la número
dos del Gobierno, al lado del poderoso titular de Economía, el
bienvenido Pedro Solbes -que es el número tres-, un clásico.
José Enrique Serrano ejercerá de jefe de Gabinete del presidente.
Lo fue de Felipe González y de Narcís Serra. Fue la mano
derecha de Joaquín Almunia en Ferraz y, más tarde, ha estado
muy cerca de Manuel Chaves. Sin ser viejo, sabe más por viejo que
por diablo. Entiende Zapatero que Serrano es sinónimo de garantía
y de sentido común. O de eficacia silenciosa. Todos los nombramientos
de Zapatero han sido acogidos -de momento-- sin apenas críticas
ni escándalos y hasta con algún tímido entusiasmo,
que ya es mucho. La película comienza. Atentos a la pantalla.
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