Hemeroteca
Esta semana
Lista Al trasluz
Nº 592
1/3/2004

Aún hay tiempo

El director de El Siglo, José García Abad, ha publicado un libro de enorme trascendencia. La soledad del Rey –que tal es su  título– merece ser leído. Sin caer en la  tentación del periodismo panfletario, o de libelo, tan frecuente en España, García Abad ha escrito negro sobre blanco algunas verdades del barquero referidas al Rey. No lo ha hecho desde ningún resentimiento o llevado por legítimos arrebatos republicanos. “El Rey Juan Carlos –sostiene el autor– ha prestado impagables servicios a este país: ha sido la llave de la Democracia y la ha salvado en momentos de peligro”. Tal opinión responde a la realidad. Mantener lo contrario hubiera sido un desvarío impropio de tan riguroso colega.

La importancia del libro se refuerza precisamente porque su prosa trata de ajustarse a la mejor tradición del periodismo anglosajón. Su fuerza no se basa en el improperio, ni en el insulto, ni en la procacidad  escabrosa, condimentos todos ellos inexistentes en el volumen aludido. Se sustenta, en cambio, sobre hechos contrastados. Nada de cuanto se explica ha podido ser rectificado, y han transcurrido ya bastantes semanas desde que el libro viera la luz, por cierto, sin estruendo alguno, de forma discreta, casi clandestina, aunque los indicadores de ventas estén arrojando resultados altamente positivos. Y es que el boca/oreja –aparte de la atención que le han dispensado diversos medios de acreditado impacto– sigue funcionando en esta España todavía de demasiados silencios.

Uno de los capítulos se llama Manuel Prado y Colón de Carvajal. El pícaro del Rey.  No es  el único personaje escasamente ejemplar del entorno de la Corona. Advierte García Abad: “A las imprudencias financieras del Monarca, a la deficiente elección de sus amigos, muchos de los cuales han terminado en la cárcel o están en camino (entre ellos José María Ruiz-Mateos, Manuel Prado y Colón de Carvajal, Javier de la Rosa, Mario Conde, los Albertos, Zourab Tchkotoua y últimamente Mario Caprile) hay que añadir otras relajaciones que han trocado la imagen de sobriedad con la que inició su reinado en una apariencia de lujo y frivolidad”.

En la edición de El Príncipe de 1994, adaptada a un lenguaje moderno, el prólogo fue escrito por Sabino Fernández Campo, respetable jefe de la Casa Real durante años, que cayó en desgracia a causa de la maniobras torticeras efectuadas contra él por Mario Conde, cuando el banquero farsante se movía en la Zarzuela como Pedro por su casa. “Sé positivamente –asegura Maquiavelo– cómo a todos les parecería elogiable que un Príncipe pudiera reunir todas esas cualidades (...) que se consideran buenas, pero (...) esto no es posible, pues la naturaleza humana no lo permite”.

No sólo no lo permite la naturaleza humana, sino que lo propicia la ausencia de transparencia informativa que ha conseguido situar a la monarquía española en una especie de cuento de hadas. Pero las amarras han empezado a romperse. No creo exagerar diciendo que nada va a seguir siendo igual para la Corona tras la publicación del libro. Hora es, pues, que el Rey y sus familiares más próximos –atención al caso Urdangarín, fugazmente aireado estos días– reflexionen sobre el prólogo de Fernández Campo, su antiguo servidor, fiel y eficaz: “Vivimos momentos en que necesitamos encontrar la verdad, perfeccionar la democracia, desterrar la inmoralidad, resucitar la ética y no perder la esperanza”. La esperanza de que continúe la monarquía pasa probablemente, y entre otros factores, por desterrar de la Zarzuela y de sus aledaños determinados hábitos. Aún hay tiempo.

Hemeroteca
Esta semana
Lista Al trasluz