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Nº 590
16/2/2004

No está nada mal

Advierte en La Razón Miguel Ángel Rodríguez que “Aragonés no se fía”. ¿Pero de qué no se fía Carlos Aragonés, jefe de Gabinete de José María Aznar? No se fía de que el PP obtenga mayoría absoluta, “único camino posible para gobernar”, señala Rodríguez. El ex portavoz de Aznar –de la más absoluta confianza del presidente– coincide con Aragonés: Rajoy debe arremeter con más fuerza contra el PSOE. “Una campaña plana –pronostica Rodríguez– no garantiza la mayoría absoluta al PP”.

 Incertidumbre en el cuartel general de la derecha. El análisis de Rodríguez parece verosímil, no exento de clarividencia. Parte de datos como éstos: “El PP no crece en Cataluña ni en Andalucía; no puede crecer más de lo que tiene en el resto de España; Izquierda Unida se hunde en todas las provincias y mucho más en Andalucía. ¿Resultado final? El PP ganará las elecciones, pero tiene muy difícil la mayoría absoluta”.

En el PP “nadie (...) –sentencia Rodríguez– debería estar satisfecho de estar sólo rozando la mayoría absoluta después del caso Carod”. El lamentable encuentro de Carod-Rovira con la cúpula de ETA desató, una vez más, la euforia entre dirigentes, militantes y simpatizantes conservadores. Su coro mediático entonó de nuevo entonces el réquiem por Rodríguez Zapatero. Dies irae, dies irae cantaban al unísono, despojados de la solemnidad de Giuseppe Verdi, gozosos por la hecatombe socialista presagiada.

Habían entonado también el réquiem por Zapatero cuando empezó a circular con fundamento, a finales de noviembre, que en Cataluña habría Gobierno tripartito. Como en la película titulada precisamente Dies irae, dies irae, estrenada en 1943, del director Carl Theodor Dreyer, creyeron los augures del PP que un Zapatero desesperado se dirigiría a Maragall con estas palabras extraídas del citado film: “Ann, (o sea, Pasqual) ¿dónde acabaremos?” “Donde nos lleve la corriente”. En el abismo o en el fondo del mar.

Convencidos como casi siempre de que el fin de la izquierda estaba cerca e iba a ser irreversible, entonaron otro réquiem cuatro meses antes, cuando los dos diputados felones del PSOE madrileño llevaron a cabo su repugnante trabajo en favor de Esperanza. En la segunda vuelta se desplomará la izquierda, se desmoronarán los socialistas, el traspiés de Simancas se llevará por delante a Zapatero, ironizaban carcajeándose. No ocurrió tal cosa. Esperanza venció por un diputado, in extremis.

¿Y si ahora ocurre algo parecido?   ¿Y si tiene razón Zapatero cuando recuerda que las elecciones municipales –aunque no por goleada, ciertamente– las ganó el PSOE y que pudo ese día de mayo cambiar el clima? Quizás acierten Aragonés y Rodríguez, el binomio aznarista de piñón fijo. Sin embargo, un Rajoy, tonante, jupiterino, en permanente estado de cabreo, podría acabar siendo patético. O hasta ridículo. Charo Zarzalejos, cronista de reconocida solvencia, apunta en ABC que “las encuestas que maneja el PP aconsejan que lo mejor que puede hacer Rajoy es no equivocarse. Una de las claves es no movilizar a los ajenos”.

Cabe, no obstante, que Rajoy ni siquiera movilice a los propios. Charo Zarzalejos se hace eco, por otra parte, de una predicción “compartida por todos los hombres de Zapatero”. Es ésta: “El PP no tiene la mayoría absoluta ni de broma (...) Responde al cambio profundo que está experimentando la sociedad y eso lo vamos a ver en Madrid, donde el PP va a perder dos o tres escaños”. ¿Empieza a haber más nervios de los previstos?  Pues, rebus sic stantibus, no está nada mal.

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