Brindis
por Leticia
L a boda
del príncipe Felipe con Letizia Ortiz tiene -como mínimo-
una vertiente positiva, sumamente necesaria en estos momentos de ofensiva
reaccionaria en toda regla. No voy a pronunciarme sobre Letizia, porque
en primer lugar no la conozco personalmente, y apenas como periodista,
salvo chácharas y habladurías más o menos solventes;
con frecuencia, parciales y, en exceso, subjetivas. Y, en segundo término,
porque la persona de Letizia ha de interesar sobre todo a su novio.
Se trata de una cuestión de privacidad que debiera ser respetada.
Cada cual -sea príncipe o vasallo- se enamora de quien quiere.
O de quien puede.
Pero otra cosa es el fenómeno social -de gran impacto en la ciudadanía-
en el que se convierte cualquier matrimonio regio. Y al respecto parece
pertinente subrayar el carácter liberalizador de la boda.
Altamente oportuno, por cierto. Letizia simboliza la imagen de la mujer
moderna, autónoma, profesional, trabajadora por cuenta ajena,
o en el paro, secularizada, divorciada y con variado currículo
sentimental (lo mismo en este sentido que el Príncipe).
Letizia sería, pues, una especie de prototipo de eso que la jerarquía
católica española -inmersa en su decidido retorno a Trento-
describe con farisaico horror como "revolución sexual",
origen, según los dirigentes de la clerigalla, de la estremecedora
violencia de género. De modo que, sometido de nuevo este país
a la asfixia ultramontana, sólo atenuada -que ya es mucho- por
los resortes democráticos en vigor y por el sabio pasotismo
de la mayoría social, el enlace canónico entre Felipe
y Letizia representa una bocanada de aire fresco en medio del tufo espeso
a incienso, confesionario y sacristía rancia.
Oficiarán la ceremonia en La Almudena cuatro arzobispos, exhibición
de casullas ilustres, renovada apoteosis de confesionalidad de un Estado
constitucionalmente laico. ¡Qué sarcasmo! ¡Qué
reencarnación, a la vista de los opíparos negocios paralelos
que se están montando en torno a la boda, de los mercaderes del
templo! ¿Dónde está Jesucristo para echarlos? Lo
sepultaron. Constituía un peligro. Su doctrina de fondo -no la
rigorista, que tanto agrada a los escribas- lo sigue siendo.
Tienden los monseñores a apropiarse de la Monarquía -con
el consentimiento de ésta, por supuesto-, siguiendo una tradición
de siglos únicamente quebrada a ráfagas. ¿Lograrán
apropiarse también de Letizia, cuyos fervores religiosos son,
hasta el momento, desconocidos? Tampoco ha proyectado -salvo error de
apreciación general- una imagen de católico puntilloso
el príncipe Felipe.
El Príncipe, al parecer, está evolucionando visiblemente
en cuanto a salidas, cines, teatros, paseos callejeros; vida más
mesocrática, por tanto, menos aristocrática. También
frecuenta el Príncipe nuevas amistades, no sé si al estilo
de aquellas que dieron título a la espléndida novela (1959)
del desaparecido Juan García Hortelano. El heredero de la Corona
está recorriendo el tramo que separa a los pijos madrileños
del mundo más cotidiano, más próximo a Letizia.
Alardeaba el bisabuelo de Felipe, Alfonso XIII, de que "mientras
yo viva, la Monarquía no corre ningún peligro". Así
se lo transmitió a Miguel Maura -consta en su libro de memorias-,
cuando éste fue a comunicarle que se había pasado "al
campo republicano". Erró Alfonso XIII en el vaticinio. En
la conversación con el hijo de Antonio Maura, ironizó
incluso: "Après moi, le déluge!". También
se equivocó en este punto, aunque el diluvio de sangre y de oprobio
fascista llegara seis años más tarde.
Resulta plausible que el rey Juan Carlos desee garantizar la sucesión
alejando todo riesgo de inestabilidad dinástica. Brindemos por
el Príncipe. Y por Letizia.