Hemeroteca
Esta semana
Lista Al trasluz
Nº 589
9/2/2004

Brindis por Leticia


L a boda del príncipe Felipe con Letizia Ortiz tiene -como mínimo- una vertiente positiva, sumamente necesaria en estos momentos de ofensiva reaccionaria en toda regla. No voy a pronunciarme sobre Letizia, porque en primer lugar no la conozco personalmente, y apenas como periodista, salvo chácharas y habladurías más o menos solventes; con frecuencia, parciales y, en exceso, subjetivas. Y, en segundo término, porque la persona de Letizia ha de interesar sobre todo a su novio. Se trata de una cuestión de privacidad que debiera ser respetada. Cada cual -sea príncipe o vasallo- se enamora de quien quiere. O de quien puede.

Pero otra cosa es el fenómeno social -de gran impacto en la ciudadanía- en el que se convierte cualquier matrimonio regio. Y al respecto parece pertinente subrayar el carácter liberalizador de la boda. Altamente oportuno, por cierto. Letizia simboliza la imagen de la mujer moderna, autónoma, profesional, trabajadora por cuenta ajena, o en el paro, secularizada, divorciada y con variado currículo sentimental (lo mismo en este sentido que el Príncipe).

Letizia sería, pues, una especie de prototipo de eso que la jerarquía católica española -inmersa en su decidido retorno a Trento- describe con farisaico horror como "revolución sexual", origen, según los dirigentes de la clerigalla, de la estremecedora violencia de género. De modo que, sometido de nuevo este país a la asfixia ultramontana, sólo atenuada -que ya es mucho- por los resortes democráticos en vigor y por el sabio pasotismo de la mayoría social, el enlace canónico entre Felipe y Letizia representa una bocanada de aire fresco en medio del tufo espeso a incienso, confesionario y sacristía rancia.
Oficiarán la ceremonia en La Almudena cuatro arzobispos, exhibición de casullas ilustres, renovada apoteosis de confesionalidad de un Estado constitucionalmente laico. ¡Qué sarcasmo! ¡Qué reencarnación, a la vista de los opíparos negocios paralelos que se están montando en torno a la boda, de los mercaderes del templo! ¿Dónde está Jesucristo para echarlos? Lo sepultaron. Constituía un peligro. Su doctrina de fondo -no la rigorista, que tanto agrada a los escribas- lo sigue siendo.
Tienden los monseñores a apropiarse de la Monarquía -con el consentimiento de ésta, por supuesto-, siguiendo una tradición de siglos únicamente quebrada a ráfagas. ¿Lograrán apropiarse también de Letizia, cuyos fervores religiosos son, hasta el momento, desconocidos? Tampoco ha proyectado -salvo error de apreciación general- una imagen de católico puntilloso el príncipe Felipe.

El Príncipe, al parecer, está evolucionando visiblemente en cuanto a salidas, cines, teatros, paseos callejeros; vida más mesocrática, por tanto, menos aristocrática. También frecuenta el Príncipe nuevas amistades, no sé si al estilo de aquellas que dieron título a la espléndida novela (1959) del desaparecido Juan García Hortelano. El heredero de la Corona está recorriendo el tramo que separa a los pijos madrileños del mundo más cotidiano, más próximo a Letizia.

Alardeaba el bisabuelo de Felipe, Alfonso XIII, de que "mientras yo viva, la Monarquía no corre ningún peligro". Así se lo transmitió a Miguel Maura -consta en su libro de memorias-, cuando éste fue a comunicarle que se había pasado "al campo republicano". Erró Alfonso XIII en el vaticinio. En la conversación con el hijo de Antonio Maura, ironizó incluso: "Après moi, le déluge!". También se equivocó en este punto, aunque el diluvio de sangre y de oprobio fascista llegara seis años más tarde.
Resulta plausible que el rey Juan Carlos desee garantizar la sucesión alejando todo riesgo de inestabilidad dinástica. Brindemos por el Príncipe. Y por Letizia.

Hemeroteca
Esta semana
Lista Al trasluz