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La monarquía republicana Con motivo del 25 aniversario de la Constitución, el Rey subrayó que nadie debe apropiársela. A buen entendedor con pocas palabras basta, reza el refrán. No parece, pues, una osadía irresponsable interpretar esta advertencia del Jefe del Estado en clave de implícita desautorización al PP. Ha sido Aznar quien ha tratado de monopolizar la Constitución, presentándose como el gran paladín de la misma. Ello, aparte de ser una exhibición de sectarismo, no deja de ser un sarcasmo. ¿Cómo no recordar que ni el PP de la época entonces Alianza Popular ni personalmente Aznar se distinguieron por sus fervores constitucionales, como cabría demostrar documentalmente? A los efectos del monarca, el dato referido no resulta insignificante. Corrobora que el Rey no está dispuesto a difuminarse, a perder su papel precisamente constitucional, según el cual la Corona arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones. La pretensión de situar al Rey en el rincón de la Historia remedando una de las metáforas preferidas del presidente del Gobierno ha sido constante desde la llegada de la derecha a la Moncloa. Pero, además, el Rey ha de ir haciendo frente a su propia sucesión. El futuro de la monarquía, de su estabilidad, pasará dentro de algún tiempo por el acceso del príncipe Felipe al trono. He reiterado en El Siglo que el heredero de la Corona tiene que ganarse a pulso el inmenso caudal de respeto y de simpatía que, entre la mayoría de los ciudadanos e incluso entre la mayoría de los republicanos convencidos, suscita su padre. Conviene evocar, una vez más, que Juan Carlos de Borbón nombrado por el dedo supremo del denominado Caudillo goza de tamaña confianza popular porque: 1) rompió hábilmente con la dictadura; 2) no sólo no se opuso, sino que impulsó con valor, la plenitud democrática que garantiza la Constitución, y 3) frenó el ominoso golpe de Estado del 23-F cuyo objetivo era devolvernos al viejo régimen de odio, de represión y de rencor. Al Príncipe beneficia, sin duda, cualquier gesto de su progenitor en el sentido de no aparecer como un rehén del PP, sino como el verdadero Rey de todos los españoles. En este contexto, ha de saludarse con satisfacción más o menos intensa la estrategia bien diseñada hasta el momento y llevada a la práctica en los últimos meses de procurar que el sucesor sea también una especie de Rey republicano, auténtico primum inter pares, cercano no tanto a las élites de los privilegios y de los grandes negocios, sino al conjunto del pueblo, de los currantes, vaya. Respecto a Letizia Ortiz, el cabreo más que sordo de la nobleza rancia y de la aristocracia caduca, así como la hostilidad a flor de piel en los sectores más conservadores de la sociedad, incluidas las reticencias tridentinas de ciertos jerarcas de la Iglesia, tienden a corroborar que más allá de sentimientos o pasiones esta boda puede acabar siendo un acierto. Hay riesgo, pero nada relevante se alcanza sin riesgo. Las sonrisas y los aplausos del Príncipe en el acto de entrega del premio Cuco Cerecedo a Iñaki Gabilondo, tras escuchar el impecable discurso de éste denunciando los abusos del poder sobre la prensa, o su presencia en un acto de sindicalistas, flanqueado por José María Fidalgo y Cándido Méndez que son circunstancias recientes y significativas; todo esto avala que la sucesión empieza a estar correctamente orientada. Y es que, en la España de las libertades, la monarquía será republicana o no será. |