Nº 578
17/11/2003
El futuro de Botella y… de Aznar

El poder de Ana Botella ha sido inmenso. Porque aquellos que están en las inmediaciones de quien manda influyen siempre enormemente. Esto es obvio y resultaría de necios discutirlo. Además, y en el caso de la mujer de José María Aznar, ella no ha disimulado jamás su tendencia irrefrenable hacia el protagonismo. Botella no sido sólo consorte pasiva, sino que se ha movido en el interior del partido, y aun del Gobierno, como pez en el agua. Nadie puede negar, por otra parte, que posee dotes naturales para desarrollar su vocación; cualidades que ella administra, sin duda, sabiamente. No se corta un pelo, tiene talento, le sobra desparpajo y no carece precisamente de ambición.

Estar bajo la protección o el amparo de Ana Botella produce los efectos del viejo refrán: “A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. Eso lo vio pronto Pedro Arriola, el permanente gurú de Aznar. Frente a intrigas y envidias palaciegas, “Arriola –escribió hace casi diez años  Raimundo Castro en El sucesor– tiene un as en la manga, añadido a su buen hacer profesional. Se trata de su buena relación con Ana Botella. ‘Arriola –dicen los allegados– ha cultivado divinamente a Ana, come con ella muy a menudo y (...) se le ve más con Ana que con Aznar”.

Pero Aznar está a punto de desaparecer del escenario. ¿Hacia dónde encaminará sus pasos? Se desconoce. La única pista facilitada por él mismo señala que se ha ofrecido a su amigo George W. Bush para echarle una mano –ante los hispanos o chicanos– en la campaña de las presidenciales de noviembre de 2004. Sin embargo, tal destino parece –a primera vista al menos– algo evanescente. ¿Cómo mantendrá, pues, Ana su estatus de zarina todopoderosa? ¿En el Ayuntamiento de Madrid con Ruiz-Gallardón?

No parece fácil. En el mejor de los supuestos, el Ayuntamiento puede suponer su primera etapa hacia metas más altas. Ha sido acogida con boato, miramientos y algunos privilegios. Más parece la señora del presidente que la concejala Botella, según describe el reportaje de Virginia Miranda en estas  páginas. Su sensibilidad social se proyecta más en clave de caridad o de beneficencia que de justicia. La imagen de Botella, a pesar de todo, no es ñoña o carca en su acepción más plena. Se ubica en una cierta modernidad, en todo caso contenida. Pero se le nota demasiado que su medio natural es el barrio de Salamanca o el selecto Pozuelo de las clases acomodadas o emergentes.

Defiende Ana Botella la política fiscal –que tanto revuelo suscitó en su partido– de Ruiz-Gallardón, lo que no deja de ser meritorio. Sus relaciones de puertas a dentro aparecen menos firmes, quizás frías o distantes. Algún día se conocerá si fue ella quien se empeñó en ir en la lista municipal de Gallardón, si fue el ex presidente de la Comunidad de Madrid el que se lo pidió a Aznar o si, probablemente, fue éste que se lo impuso al siempre díscolo Alberto cuando lo hizo alcaldable. Algún día asimismo se comprobará si Botella es capaz de volar por si sola, y con éxito, en la jungla de la política o si va difuminándose cada vez más. Claro que también alumbrará el día en el que se sepa qué quiere ser Aznar cuando sea mayor.

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