Nº 560
16/6/2003

Tertulianos ilustres y hasta ‘progres’

El principal mérito  de los diputados felones –o sea, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez– es haber convertido a Ruiz-Gallardón, por si cupiere aún alguna duda, en el político orquesta. Cuando redacto estas líneas, Gallardón ya es alcalde de Madrid, presidente en funciones de la Comunidad de Madrid y  sucesor en alza del presidente del Gobierno, José María Aznar. Prodigioso superman, este Gallardón. Sirve para todo. Como continúe célibe el príncipe Felipe y, por tanto, sin descendencia reconocida oficialmente, Alberto podría en cualquier momento aspirar, como mínimo, a Reina Madre. O a heredero de la Corona. O a ejercer durante algún tiempo de Amadeo de Saboya, que ha sido el mejor rey –aunque por ello  tal vez el más efímero– de cuantos lo han sido en España desde Recadero, predecesor de Witeirico. Con la afortunada excepción, naturalmente, del soberano actual, Juan Carlos I.

Redacté yo en El Siglo –al borde de las elecciones del 25 de mayo– un elogioso comentario sobre Rafael Simancas, quien ha aguantado la traición con enorme dignidad. Tras la actuación miserable de esos parlamentarios, tal artículo lo volvería a suscribir con más convicción todavía. Entonces lo titulé así: ‘Tiburones’, fuera. Me equivoqué de especie. En su lista llevaba Simancas “dos cocodrilos”, como escribía, con alguna sorna, hace días, Raúl del Pozo en El Mundo. Los expertos buscaban cocodrilos en el pantano de Valmayor , pero dos de ellos estaban en la candidatura del PSOE para la Asamblea de Madrid. Cuando Simancas se dio cuenta, era ya tarde: Esperanza Aguirre sonreía con aristocrática euforia. El balcón de Génova –ella se exhibió allí la noche de las elecciones– no se equivoca nunca.

Pretendía Rafael Simancas, que es socialdemócrata –simplemente socialdemócrata, Tamayo, imbécil–, mantener a raya a los tiburones, que tanto han mangoneado en la corte de Gallardón. Cité expresamente a Fefé y a Florentino, que simbolizan en el Madrid del PP a esa legión de emprendedores avispados,  enriquecidos gracias a ciertos pelotazos urbanísticos y otros negocios de fábula. Pobre Simancas. Le han montado un golpe de Estado sin Tejero; es decir, eficaz. No han salido esta vez a la calle ni los tanques ni los milicos. Semejante parafernalia no está de moda. La guerra de Iraq –sin ir más lejos– se ignora a estas alturas si en verdad existió o no; si Saddam sigue vivo o no; si el dictador de Bagdad tenía o no armas de destrucción masiva o relaciones peligrosas con el terrorismo internacional o, sencillamente, local. ¡Qué importa! Aznar rehúye explicarse en el Congreso sobre las armas de Iraq. Y veta, por supuesto, cualquier investigación parlamentaria sobre el accidente militar de la aviación basura.

Pero algunos analistas –progres incluso– se muestran más escandalizados por la presencia en la lista socialista de Tamayo y de su musa muda que por tan gigantesco pucherazo. Es como si a Cristo, para entendernos, se le reprochara haber confiado en Judas y apenas se condenara a cuantos lo crucificaron. Aznar se pasa por el arco de triunfo el Parlamento, se traga las mentiras de la guerra, impide que se esclarezca la verdad sobre el trágico accidente, se aprovecha –en la mejor de las hipótesis para el PP– de dos mangantes infiltrados en la candidatura de Simancas, y muchos ilustres tertulianos discuten sobre si la culpa la tuvo, en realidad, Pepiño Blanco, Rodríguez Zapatero o el general Prim –ya que antes he mencionado a Amadeo de Saboya– antes de ser asesinado, por supuesto.

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